La sala dorada no se transformó del todo.
Al menos no de la forma en que lo había hecho antes.
Había algo distinto, una vibración apenas perceptible, como cuando una habitación permanece igual pero el aire cambia. Todo seguía brillando con la misma luz cálida, los muros conservaban su tono dorado y el silencio seguía siendo profundo, pero ya no era estático. Era un silencio expectante, como si el lugar respirara con nosotras.
El suelo comenzó a elevarse apenas, con un movimiento suave y casi orgánico, como si tuviera un pulso propio. Frente a nosotras, el vacío se abrió sin violencia, sin grietas ni estruendos. No fue una ruptura, sino una invitación.
Piedras comenzaron a surgir desde la nada.
Primero pequeñas, irregulares, casi tímidas. Luego crecieron, se deformaron, se acomodaron unas con otras, como si alguien invisible estuviera trazando un camino con paciencia infinita.
Desde ese vacío nacían los peldaños.
Uno.
Luego otro.
Después muchos más.
Era una escalera inmensa.
Subía tanto que se perdía en una claridad imposible de medir, una luz que no cegaba pero que tampoco dejaba ver su final. Y al mismo tiempo, hacia el lado opuesto, nacía otra escalera. Esta descendía. No la veíamos del todo, pero su presencia era innegable: firme, profunda, real. Podíamos escuchar su nacimiento, un eco lejano que se repetía cada vez más abajo, como si la tierra misma la estuviera recibiendo.
Lena se acercó lentamente, observando ambas direcciones.
—¿Cuál es la salida? —preguntó en voz baja—. No me digas que es esa escalera gigante. Ay no… ya estoy cansada de solo pensar en subir tanto escalón.
La miré y sonreí, con ternura.
—Creo que no nos queda de otra, mi Lena —respondí—. Y no es solo una. Son dos escaleras. Una de subida y, por el ruido, otra de bajada.
Ambas nos llevarán justo hacia dónde queremos ir: la salida de la sala dorada.
Ella asintió levemente, como quien no está del todo convencida, pero acepta.
Sin dudarlo más, avanzamos.
Al acercarnos a los escalones, notamos que no eran tantos como parecían desde lejos, pero sí más largos de lo habitual. Cada peldaño exigía más de cuatro pasos para completarse, como si no bastara con subir: había que recorrerlos.
Cada paso que dábamos hacía que la escalera se afirmara bajo nuestros pies. Era como si solo existiera mientras alguien se atreviera a pisarla. El aire era distinto allí arriba: no pesaba ni ahogaba, pero exigía presencia, atención, conciencia de cada movimiento.
—¿Sabes algo, Caz? —murmuró Lena mientras avanzábamos—. Esto… se parece a algo que conozco. Quizá algo que tú o tus padres me contaron alguna vez. No sé de dónde lo sé, pero lo siento.
¿No te pasó como si esto ya lo hubiésemos leído?
Asentí sin dudar.
—A mí también me pasó —dije—. Mientras veía todo… pensé en mi libro antiguo, ese que leímos antes. Pero no lo sentí como una historia ni como un déjà vu. Fue más bien como un espejo.
Como si estuviésemos viendo lo del libro… pero en vivo. Un live action.
—¿Un qué? —dijo ella, frunciendo el ceño—. ¿Cómo que live action? Explícate, Cazimerita.
Sonreí.
—Live action es el término que usan mis hermanos para describir una historia que primero fue un dibujo o un libro y luego se hace real, con actores, con movimiento, con vida.
¿Recuerdas esa película antigua de Cenicienta? Primero vimos los dibujitos y después la versión con personas reales. Esa versión es el live action.
—Ah… ya —dijo, pensativa—. Entonces sí. Definitivamente fue eso. No fue como leerlo ni imaginarlo… lo vimos de verdad.
—Exacto —respondí—. Y ahora la pregunta es: ¿cuál era la historia?
¿Tú la recuerdas?
Subimos otro tramo.
—¿La del jardín? —preguntó—. ¿El jardín del Evren?
Me detuve un segundo, apoyando el pie en el borde del peldaño.
—Sí —dije—. Aunque en el libro se le llama el jardín del Edén.
Y sabes… nunca lo había entendido así. Antes lo veía como un castigo perpetuo, algo duro, incluso injusto. Pero ahora… ahora creo que no fue eso.
Lena me miró, intrigada.
—¿Entonces no los echaron? Pero vimos que la puerta se cerró. Fue literal.
—No exactamente —respondí—. Se fueron porque ya no podían quedarse siendo los mismos. Su pureza se había difuminado. Y en un lugar así, solo podían coexistir quienes conservaran esa conciencia limpia.
Seguimos avanzando.
—Pero… —insistió—. ¿Por qué crear algo tan perfecto si sabías que iba a romperse?
Sonreí apenas, sin alegría.
—Tal vez porque lo perfecto sin elección no es amor —respondí—. Es control.
La escalera crujió suavemente bajo nuestros pies, como si escuchara.
—¿Y el dolor? —preguntó—. ¿Y la pérdida?