El campo se extendía ante nosotras como una página en blanco.
No era perfecto, no era salvaje.
Era real.
El viento movía el pasto con una paciencia antigua, como si el mundo supiera esperar. El cielo no imponía respuestas, pero tampoco guardaba silencio. Todo estaba ahí, disponible, vivo.
Lena caminó unos pasos delante de mí, descalza, probando el suelo como si temiera que desapareciera bajo sus pies. Yo la observé en silencio, sosteniendo aún la figura entre mis manos.
Había cambiado.
No en forma definitiva, no todavía.
Pero ya no temblaba como antes.
—¿Sabes qué es lo más extraño? —dijo ella sin mirarme—. No siento que hayamos salido de algo… siento que entramos.
Sonreí.
—Tal vez porque las salidas verdaderas no siempre se sienten como huida.
Me senté sobre una roca baja y miré el horizonte. A lo lejos, el campo se fundía con colinas suaves. No había muros, ni puertas, ni límites visibles. Solo distancia.
—Cuando era niña —comencé—, creía que el error más grande del hombre había sido desobedecer.
Pero ahora creo que fue algo más simple… y más profundo.
Lena se volvió hacia mí.
—¿Qué cosa?
—Creer que saber era lo mismo que comprender.
Creer que tocar algo prohibido lo haría propio.
Creer que crecer podía hacerse sin proceso.
Guardó silencio, como quien escucha algo que todavía no sabe si aceptar.
—¿Entonces el jardín no era el destino? —preguntó—. ¿Solo… una etapa?
Asentí lentamente.
—Un inicio. Un lugar donde todo estaba dado… pero aún no elegido.
El mundo que viene después —dije señalando el campo— requiere algo distinto. Conciencia. Responsabilidad. Permanecer aun cuando duele.
La figura volvió a vibrar.
No fuerte.
No urgente.
Como un corazón aprendiendo su ritmo.
—¿Crees que alguna vez volveremos a verlo? —preguntó Lena—. Al jardín.
Miré el cielo.
—Creo que nunca se fue.
Solo cambió de forma.
Ahora vive en cada decisión que tomamos cuando nadie nos obliga.
El silencio volvió a acomodarse entre nosotras, cómodo, honesto.
—Caz… —dijo de pronto—. Si creer es caminar así, sin mapas claros… creo que quiero intentarlo.
Aunque tenga miedo.
Me levanté y me acerqué a ella.
—El miedo no invalida la fe —respondí—. La vuelve humana.
Extendí mi mano.
Lena la tomó sin dudar.
Y en ese gesto entendí algo que no estaba en ningún libro, ni en ninguna proyección:
que el verdadero milagro no fue la creación,
ni la expulsión,
ni siquiera la promesa…sino la posibilidad de volver a elegir, una y otra vez, aun después de haber caído.
Comenzamos a caminar.
Cada paso dejaba huella en la tierra.
No profunda, no eterna.
Pero suficiente.
Y mientras el campo se abría ante nosotras, comprendí que aquello que sostenía entre mis manos no necesitaba completarse de inmediato.
Algunas cosas —como la fe, como el amor, como el sentido—
no nacen siendo cruz ni camino,
sino pregunta.
Y quizá, pensé, eso era exactamente lo que debía ser.