Éramos ocho, y en ese momento nadie pensaba en finales. No porque no existieran, sino porque la vida, cuando empieza a sentirse real, se comporta como si fuera infinita. Teníamos la costumbre de reunirnos sin motivo, de llegar tarde a todo menos a las conversaciones importantes, de reírnos en lugares donde no hacía falta reír.
Éramos ocho y eso parecía suficiente para sostener el mundo.
Nos conocíamos de memoria y, aun así, seguíamos sorprendiéndonos. Había quien hablaba demasiado para no pensar, quien escuchaba como si guardara secretos ajenos, quien hacía planes imposibles y quien fingía no creer en nada mientras creía en todos nosotros. Cada uno llevaba su propio caos, pero juntos éramos un ruido constante, una presencia que llenaba calles, salones, noches largas y mañanas sin dormir.
No sabíamos aún que esos días serían recordados con una nostalgia casi dolorosa. Para nosotros solo eran martes, viernes, cualquier día que terminara en risas y promesas vagas. La vida no se acababa; apenas estaba empezando. Y así, sin darnos cuenta, escribíamos una historia que no necesitaba un gran inicio, porque ya estaba viva desde el primer momento en que decidimos no soltarnos.