El reloj de pared parecía moverse más lento de lo habitual. Cada tic-tac marcaba segundos que se sentían eternos para los ocho amigos sentados frente al escritorio del director. Nadie decía nada; nadie se movía demasiado. Todo parecía demasiado aburrido para siquiera molestarse en rebelarse.
Chae-won estaba de pie, con los brazos cruzados, mirando al techo con esa expresión de “ya no me importa nada”.
Ye-rin estaba sentada en la esquina de la silla, jugando con la cadena de su llavero, mientras suspiraba cada treinta segundos como si fuera un ritual obligatorio.
Ha-eun revisaba su cuaderno con atención exagerada, como si escribir cada número en perfecta caligrafía fuera lo único que pudiera salvar el momento.
Seo-yeon se recargaba en la pared, dejando que sus ojos vagaran por los posters y calendarios del despacho, sin realmente verlos.
Woo-jin movía los pies con lentitud, arrastrando los zapatos por el piso. Kyung-min apoyaba la espalda en la pared, con la mirada fija en el suelo. Sung-ho rascaba su cabeza, mirando de reojo a todos, mientras Jae-hyun apenas movía los labios, intentando contener una risa que se había convertido en un tic nervioso.
—
Entonces… —dijo el director, rompiendo el silencio—, ¿pueden explicarme otra vez por qué decidieron jugar en el salón durante clase?
Todos bajaron la mirada. Nadie habló. Nadie se movió. Suspiros suaves fueron la única respuesta.
—Bueno… fue un juego —dijo Chae-won al fin, con voz plana, como si dijera un hecho aburrido que nadie quería cuestionar.
—Sí… un juego que terminó con el maestro llorando de la frustración ..—intervino Ye-rin—… Nunca había visto a un adulto llorar..
—Lo viste llorar! Carajo! Por qué no lo vi! —añadió Jae-hyun, mirando la puerta, calculando mentalmente cuántos minutos quedaban para salir de allí.
—Sin un desastre, que harán de sus vidas.. —dijo el director—. Ustedes estarán de limpieza después de clases una semana completa.
—…Ok —susurró Woo-jin, dejando caer los hombros, resignado.
—Una semana… —repitió Sung-ho, como si estuviera calculando el dolor en tiempo real—… interminable.
—Pero… al menos estamos todos juntos —dijo Chae-won, con la voz neutra, sin emoción pero reconociendo que eso al menos tenía un lado positivo.
—Como siempre —dijo Ye-rin, acompañando la resignación con un suspiro largo.
--"El primer lunes de la eterna limpieza"--
El salón estaba silencioso y aburrido. Cada uno de los ocho amigos arrastraba su escoba o trapeador, moviéndose lentamente, como si la tarea fuera un castigo eterno.
Chae-won barría con expresión seria, suspirando con cada movimiento.
—Esto… es interminable —murmuró.
—Y asqueroso—dijo Ye-rin, recogiendo papeles arrugados que ya habían estado ahí desde el viernes pasado.
Ha-eun barría meticulosamente, Seo-yeon miraba por la ventana sin interés, y Kyung-min se apoyaba en la pared, dejando que la escoba arrastrara polvo sin mucha convicción. Sung-ho giraba la cabeza, intentando no pensar demasiado, y Jae-hyun soltaba suspiros dramáticos cada treinta segundos.
Woo-jin, por su parte, sacó un pequeño casete de su mochila y lo puso en el reproductor de la sala. La música comenzó a sonar: rítmica, pegajosa, perfecta para romper el aburrimiento.
—Ese es el nuevo álbum de g.o.d? Cómo lo conseguiste! - grito Jae-hyun, con un brillo en los ojos—…es maravilloso..
—Suena bien..—contestó Chae-won, aunque su hombro se movía al ritmo de la música sin que pudiera evitarlo.
Durante unos minutos, todos barrían y trapeaban en silencio, sincronizados solo por el ritmo de la canción. Todo parecía bajo control… hasta que Ye-rin, intentando ordenar unos papeles, dejó caer una goma de borrar.
Jae-hyun, distraído y con la música subiendo el ánimo, le dio un toque con la escoba. La goma salió disparada y chocó contra una pila de papeles, enviando hojas volando por todos lados. Kyung-min resbaló con el trapeador húmedo, chocando con Woo-jin, quien sostenía el casete con cuidado.
—¡Cuidado! —gritó Chae-won, esquivando un bote de basura que rodaba.
El casete de Woo-jin terminó cayendo al piso, reproduciendo un ruido estridente antes de detenerse. Eso fue suficiente para desatar la locura.
Papeles volaban, trapeadores se movían solos, el agua del trapeador se salía del balde y todos, sin decir palabra, comenzaron a correr, esquivar, lanzar y empujar… riendo como si cada movimiento fuera un juego improvisado.