Finn
—No quiero que vuelvas a decir eso enfrente de ella.
—Necesita superarlo.
—No lo entiendes —afirmé—. Ella quiere dejar de parecerse a él.
—Ya pasaron 5 años, es hora de que deje de dramatizar —aclaró arrugando la frente—. Tienes 20 años, ya está grande, su madre está muerta, su hermana podría morir.
No quiero verla sufrir, no otra vez, no quiero verla llorar, no quiero que reviva ese infierno por mi abuela, de verdad. Si la vuelvo a ver así, no dudaré en defenderla e irme de la casa por ella. Me lleve una mano en la cara, respiré agitadamente del todo coraje acumulado; entonces mi madre apareció, tenía la expresión serena, como si ya se hubiera acostumbrado.
—Finn —comentó desviando la vista de mi abuela hacia mi—. Kamih está aquí, no quiero que los escuches, cuando termine la cena, podrán hablar.
Se retiró sin más que decir, mi madre siempre ha sido serena, al contrario de mi padre. Nos quedamos a solas, desde aquí se escucha el ruido de la mesa, de seguro Kamih ya estará ahí, esperándome a que aparezca. Mi abuela y yo nos dirigimos al comedor, al cual todos nos esperaban; no le he dicho que Kamih y yo somos “novios”. Kamih está platicando con mi hermana menor Elin, que por cierto espero que no haya escuchado la plática.
—Hermano, ¿como hiciste para conseguir una mujer muy bonita? —cuestionó Elin señalando a Kamih, que estaba a su lado—. Que mal gusto tienes, Kam.
—Elin, deja de ser metiche. —la reprendo, poniendo una mano en la rodilla de Kamih.
Noto que su cuerpo se tensa por un momento, no me gusta la idea de tocarla sin su consentimiento, aunque sea la rodilla. Pero el plan es engañar a mi abuela.
—No digas eso, Elin —agregó ella dedicándome una sonrisa por encima del hombro—. Tu hermano no es de mal gusto, además a mi me parece que es un caballero.
—Por favor. —interviene Hanna.
—Bueno, menos bla, bla, y mejor vamos a comer antes de que se enfríe.
Durante la comida noto como sus hombros se tensan, la conozco con perfección, se el porque; Kamih es la única que no toca su comida. Lo que yo y mi abuela lo notamos al instante.
—¿Y que tal tu hermana, Kamih? —levanta la vista de su plato para mirarla bien— ¿Sigues pensando que va a despertar?
Agacha la mirada con el labio inferior mordido.
Hay algo mal, algo debe estar pasando, así que por instinto pongo una mano encima de la suya, no se si eso la tranquiliza o se tensa, al momento que nuestras manos entran en contacto sus hombros parecen relajarse un poco; al parecer si fue una buena idea. Nuestros ojos se conectan, pero sus ojos demuestran algo al cual nunca lo he visto, es la primera vez que los noto hinchados y a punto de llorar.
Mierda.
Mierda.
Mierda.
¿Cómo hago que no llore?
¿Cómo la tranquilizo?
No lo sé, no quiero verla, no de esa manera. Siento como mi corazón se apachurra con tan solo verla, no entiendo como nadie lo ha notado, ni siquiera Hanna.
—¿Estás bien? —musité acercándome.
No dijo nada, si hay algo al que detesto, es que cuando necesito una respuesta, no me lo dan. La mayor parte lo dejo pasar, pero con Kamih no, necesito que esté bien, que no me mienta.
—Si quieres la respuesta… —tartamudeo—. Necesito privacidad, necesito estar lejos de la gente. Solo por un momento.
—Te la daré solo si me prometes ser sincero. Como a
siempre te lo he pedido.
Asiente rápidamente, así que ambos nos levantamos de inmediato, toda la mesa nos mira por unos minutos, al que para nosotros parecen horas. Kamih aprieta mi mano con más fuerza, no la suelto, no le aflojo, a cambio.
Le devuelvo la presión del agarre; por nada del mundo la voy a soltar, no ahora, no nunca.
—Kamih y yo vamos a tomar aire fresco. —anuncio dándonos la vuelta—. Abuela, no te preocupes por ella. La acompañaré hasta su casa.
—Kam, cuídate y me saludas a tu…
Mi hermano Jarvin le advierte con la mirada, por lo que no completa la palabra. Supongo que iba a mandarle saludos a su padre. Cuando cierro la puerta por completo, se voltea. No me mira los ojos, tiene la cabeza agachada.
—Puedo ir yo sola, vas a tener que quedarte un rato afuera —habla ajustándose el suéter— ¿Vamos a mantener la propuesta en pie?
—Supongo que sí. —afirmó.
—Bien, hasta mañana.
—¿Estás segura de ir sola?
—Está a una cuadra, necesito estar sola.
Asiento, guardamos unos minutos en silencio hasta que Kamih se da la vuelta y se va, la pierdo hasta que dobla la esquina. Creo que me arrepiento de haberla dejado sola.
Editado: 15.08.2026