Las estrellas que encontramos en Finlandia

Capítulo 4

Kamih

Una vez que llego a casa, lo primero que me encuentro es a Mark, dormido en el sillón mientras la televisión reproduce un documental de como inicio la 2da guerra mundial. Una época que Mark ama, recuerdo la primera vez que le puse un documental por accidente, tenía solo 9 años.

En una pelea de mi padre y de Olivia, su madre al cual la sigo considerando madrastra sin importar cuántos años pasaron. No quería que escuchara los gritos y como los platos se rompían así que para evitar puse lo primero que apareció en la tele y desapareci, para que mi padre no regañara a Helen. Por haber ido al cementerio sin permiso, éramos menores de edad así que ni ella ni Kaelen podían visitar a mamá desde aquel entonces; un dolor en mi planta del pie me hace tocar el piso en los pies, me quito con brusquedad los zapatos y ocultarlos en lo más pequeño del cajón para que ni papá ni Olivia los vea, una vez que tengo los pies descalzos camino firmemente hacia Mark, ya no puedo cargarlo como cuando era niño, asi que busco una cobija y se lo pongo encima, no quiero interrumpir su sueño. Apago la televisión hasta que escucho un ruido desde el pasillo, mi cuerpo se paraliza.
¿Y si es Olivia?
¿Y si es papá?
¿Y si es Kaelen?
¿O algún ratero?
Aunque lo de ratero es lo poco probable, pues en Finlandia no es muy común los robos como en otros países.
—Kam. —La voz proviene a mis espaldas.
Reconozco la voz, es de Kaelen. Por lo que ya no puedo esconderme, sin más opción me doy la vuelta.
—¿Lo volviste a hacer? —reclamó arrugando las cejas—. Nos prometiste que no lo harías de nuevo.
—¿Qué haces despierta? —Cambia el tema como si no le afectará.

—No me cambies el tema —lo confronto—. Deja de fumar, deja el cigarro. Tíralo y vuelve a dormir.
—Soy mayor que tú, así que te estoy preguntando —frunce el ceño antes de dar una calada—. Quería saber si Mark se durmió o no.
—Pues ahora lo ves, está dormido.
Me duele ver así a mi hermano, a mi familia. Pensé que había dejado la adicción, que estaba yendo a terapia, pero me he equivocado; miró al cigarro que todavía lo tiene en la mano con desagrado, como una simple cosita puede acabar la vida de miles e incluso a una familia. Y lo peor es que es una realidad de muchos, por ejemplo, como la mía.
—¿Cuándo vas a despertar? —aplasta el cigarro contra la mesa.
—¿Te refieres a lo de Helen? —no dudo que a eso se refiere.
—Ella ya no va a despertar, la mejor opción sería desconectarla.
—No sobre mi cadáver.
El silencio se alarga por unos minutos cuando escuchamos que Mark bosteza. Me doy la vuelta para mirarlo, acaba de despertar.
—¿Otra vez? —pregunta incorporándose.
—Vete a tu cuarto y duérmete —replica Kaelen señalando con la barbilla al pasillo—. No vuelvas a quedarte viendo esos documentos de pesadillas.
Mark no responde, solo pone los ojos en blanco pero no se va a su cuarto, se queda sentado sin dejar de mirarlo. Su cabello oscuro está hecho un desastre, tiene la camisa desgastada y holgada de tantas lavadas.
—¿Qué esperas?
—Deja de fumar y hablamos. —responde él tapándose con la cobija.
Kaelen gruñe dándose la vuelta dejándome votada como si nada, y pensar que este tipo tiene novia.
—Hay que mandar a que le cheque su vista—habla Mark con voz pesada—. Esto si es un verdadero Redflag.
Me siento de golpe en el sillón, observando al vacío. Cuando Kaelen cumplió 17 años, empezó a tomar sustancias, Helen y yo nunca dejamos de decirle que parara y que pidiera ayuda pero nunca nos hizo caso. Menos a mí, solo una vez cuando Helen tuvo el accidente pero duró solo 4 meses; tiró la cabeza hacia atrás contemplando el techo con pintura un poco desgastada, se suponía que el la pintaría cuando compre la pintura con mis propios ahorros, con lo de la matrícula, no sabes cuantos días tuve que dejar de comer solo por que una vez la pintura se empezó a despedazarse por la sala, al punto de dejar a Tina con migajas de pintura seca.
Cuando apenas cierro los ojos siento como un bulto está en mi regazo, abro un ojo y veo que es Tina, mi coneja. Tiene un pelaje blanco como la nieve en Rovaniemi, no es ni grande ni pequeña pero la adoro, es una de las pocas compañías que tengo desde la muerte de mamá.
—Tina… —susurró acariciando—. Viniste a tiempo.

Se acurruca en mis piernas, sus orejas se mueven con entusiasmo lo que me saca una leve sonrisa pero sincera. Por primera vez de todo el día, sabía que mañana todo seguiría en su lugar, Kaelen desapareciendo desde las 5 de la mañana, Mark yendo al colegio, Olivia vendiendo sus cremas “sanadoras” y papá trabajando en la oficina. Yo seguiría con el trato entre Finn, visitaría a Helen, le haría la comida a Mark, hablaría con las chicas. Nada cambiaría, sin importar si llueve, si hay tormenta de vientos o de nieve, si está nublado, si está despejado. No cambiará.
Mi móvil timbra sobre mi bolso que ni me esforcé en quitármela, es Shizu.
Joder… tengo 3 llamadas perdidas y 10 mensajes, le prometí que hoy sería su lectora beta. Apenas entro a contestar me llama otra vez, esto me duele, dejar solo a Mark, Tina no la acompañará. Me levanto sin más y caminó silenciosamente a mi habitación, le pongo seguro y enciendo las lámparas.

—¡Tía! ¿Qué hacías que no me respondías? —me regaña Shizu en la pantalla.

Su cabello morado está recogido en la misma coleta de siempre, tiene a su gato a un lado y noto que también tiene un cuaderno encima del móvil.

—Lo de Finn. —me limité en contarle todo.

—¿Y convenciste a la señora esa?

La señal se pierde un poco, pero nada como subirse al tejado, aunque los vecinos pensaran que perdí la cabeza de una buena vez por todas. Shizu se acomoda un poco y saca un bolígrafo y su cuaderno.

—Siendote sincera, es como si me hubieran apuñalado detrás de mí.

—Auch. Eso si que duele —vaciló—. Te envié el capítulo, tu checas.

Asiento mientras leo todo el capítulo, lo bueno es que soy lectora de este tipo de género y no se me dificulta, lo malo, es que mi opinión se pasa de sincera. No soy como: «Este libro me encantó porque…».
NO.
Es más, creo que lo que yo digo no se podría considerar opinión. Soy más:«No me gustó/me gustó/Me encantó». Y ya, solo eso.




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