Las Estrellas que no se tocaron

Capitulo 1

—A veces no sabemos que estamos
a un instante de alterar por completo el orden de todo lo que creímos que sería así durante mucho tiempo.

Ese primer día que la vi llegar a ese trabajo, no tenía ni idea de todo lo que mi vida iba a cambiar... ¿A quién? Sé que se lo preguntan. Pues a ELLA. Porque mientras aún no escuchara su nombre, seguiría siendo simplemente ella.

El amanecer todavía estaba gris y frío; un día nublado, de mis favoritos. Yo estaba parado en la esquina, apoyado en la pared cerca de mi negocio con un café en la mano, viendo cómo se iban y llegaban los camiones. En eso, la vi. Iba caminando a paso firme, con los brazos un poco encogidos, supongo que para protegerse del frío. Desde donde yo estaba, a unos cuantos metros, me quedé mirándola sin que se diera cuenta. No tenía idea de quién era, así que en mi mente solo era una chica cualquiera acercándose al negocio de Tom. Lo extraño es que iba directo al área donde llegaba gran parte de la mercancía. ¿Será una compradora? ¿Viene por un pedido? Porque dudaba mucho que fuera una proveedora.

Caminaba mirando fijo hacia el frente, sin voltear a los lados, como si ignorar a todo el mundo se le diera de maravilla. Cuando entró al local, la luz del mostrador se encendió y su silueta quedó marcada contra el vidrio de la puerta. Desde lejos se notaba lo seria y arisca que estaba mientras ordenaba unos papeles y un cuaderno que traía, ignorando casi por completo a los trabajadores de esa área.

»Es una nueva trabajadora«, pensé.

Tenía la mirada de la típica chica antipática que no quiere que nadie le dirija la palabra. Le di un trago a mi café, mirándola desde lejos mientras ella, totalmente ajena a mí, se instalaba en su sitio de trabajo. Sonreí de lado. Parecía tan amargada. Lo primero que me pregunté fue:

-¿De dónde ha sacado Tom a esa chica tan antipática?

Y sí, esa fue mi primera impresión de ella. Pese a que se veía tímida y con miedo de hablarle a alguien -como si hacer la más mínima pregunta pudiera hacer que el mundo se acabara-, no podía evitar pensar que era una odiosa más. Pero, a simple vista, era tan reservada... La vi colocarse detrás del mostrador y observé cómo ordenaba sus cosas. Como todavía estaba oscuro afuera, la luz del lugar jugaba con su reflejo y con esa seriedad que mantenía, la cual parecía ser su mayor virtud.

»¿Y tú? Explica qué haces ahí, pareces un acosador«, me dirán.

Pero mi presencia constante allí tenía una razón bastante lógica. Yo me dedico a la venta y distribución de mercancía a supermercados, y los negocios de Tom eran parte de mi ruta diaria. Sin embargo, ella no estaba en el frente del mini supermercado atendiendo al público; a mí me tocaba revisar las cuentas y cobrarle a otra persona completamente distinta. Tom, al parecer, la había contratado específicamente para llevar la administración. El mini supermercado y este local eran espacios distintos: donde ella estaba era un sitio utilizado exclusivamente para el control de la mercancía que iba llegando.

Mi propio negocio, mi punto para organizar todo, quedaba prácticamente a unos cuantos pasos, justo en la esquina, muy cerca del local donde ella se encontraba. Aunque nuestras tareas eran independientes, la distribución del lugar jugaba a mi favor: para ir a cualquier sitio del almacén cercado, coordinar con los transportistas o simplemente salir, tenía que pasar por obligación justo frente a la entrada de donde ella estaba instalada.

Así que, de manera INEVITABLE -¡y quiero aclararlo!-, pasé el resto del día buscándola con la mirada cada vez que cruzaba por ahí.
Ya a media mañana volví a pasar. Seguía seria, concentrada en sus tareas y con esa misma expresión arisca que me había hecho dudar al principio. Sin embargo, al verla más de cerca, empecé a notar los detalles de su timidez: la forma en que evitaba levantar la vista cuando los camiones se detenían, o cómo se tensaba un poco si tenía que responder alguna duda sobre el conteo de las cajas o el inventario. Era un contraste extraño: parecía odiosa, pero en el fondo intuía que estaba luchando con el miedo del primer día, asumiendo una gran responsabilidad en un lugar totalmente desconocido.

Para la tarde, mi mentalidad ya estaba cambiando... solo un poco. Volví a pasar por el frente y la observé de reojo una vez más. Y aunque seguía pareciendo una amargada -incluso creo que era peor que las que ya conocía-, me causaba una curiosidad inmensa esa personalidad tan rígida que se había puesto como escudo para aquel entorno; un área donde casi todo el tiempo se lidiaba con proveedores hombres y carga pesada.

Me sorprendí a mí mismo sonriendo al imaginar qué tipo de cosas lograrían quitarle esa seriedad, qué cara pondría el día que fuera yo quien le llevara un reporte o le preguntara algo, o si podría decirle alguna tontería para alborotarle esa calma.
Cuando dieron las tres de la tarde, mi jornada laboral terminó y me tocó marcharme. Pasé por última vez. Ella recogía sus carpetas y el cuaderno de notas con la misma cara con la que había empezado el día, completamente ajena a mi existencia y a los pensamientos que había provocado en mí durante horas.

En ese momento no lo sabía, pero esa chica amargada estaba a punto de cambiar muchas cosas.




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