El caos se había adueñado de nuevo del palacio. El príncipe heredero, Eryon, yacía entre convulsiones mientras los criados corrían de un lado a otro con cubos y paños calientes. Pero el rey Rhadamir no apartaba la mirada de la entrada: esperaba a Myrelle. Apenas recibió el mensaje, la joven boticaria salió disparada de su laboratorio, dejando atrás tubos de ensayo burbujeantes y el aroma metálico del icor. El traqueteo de sus botas resonaban contra el mármol mientras sentía que volaba de la velocidad que había adquirido en cuestión de segundos.
Los sirvientes apartaban cortinas y tapices, eliminando cualquier atisbo de distracción que pudiera entorpecer la llegada de la boticaria mientras murmuraban plegarias que nadie escuchaba salvo ellos con la fe de que llegasen a sus dioses. Myrelle, por el contrario, podía sentir la tensión en el aire. Cuando divisó la figura imponente del rey Rhadamir, se dio el lujo de poder respirar, pero no cesó hasta ponerse a su altura. Abrió de golpe las puertas de la cámara del príncipe. La joven se estremeció al percatarse de su rostro: era un mapa de líneas nuevas marcadas por el estrés y la desesperación propias de un padre que se encontraba tanteando el abismo.
—¡He venido lo más rápido posible, majestad! —dijo Myrelle, jadeante, sosteniendo un frasco pequeño y delicado—. Aquí tengo la nueva pócima. No puedo garantizar… pero confío en que pueda apaciguar los males de Eryon.
Le cedió el paso y, con un temblor que le recorría el cuerpo, se acercó a la cama del príncipe. Notaba las palmas de las manos húmedas y resbaladizas; un desliz ahora sería fatal. Sin apartar la vista del rostro dormido delante de ella, se las secó con brusquedad en los pantalones deshilachados que usaba para trabajar en el laboratorio. Luego, con una delicadeza infinita, destapó el frasco.
De pronto, los aromas se fundieron en la penumbra de la alcoba: el néctar y el hielo se enredaron con el familiar incienso de los rituales palaciegos, pero ya no eran solo olores. La presencia helada y el dulce se volvieron uno, como si se hubieran convertido en una entidad invisible que lo impregnaba todo: los cortinajes, la piel, el aire que respiraban. Parecía que la propia habitación se convirtiera en un ente vivo, que en estos momentos, se encontraba conteniendo el aliento.
El corazón de Myrelle golpeaba sus costillas cual animal encerrado, un frenesí que no cedió ni siquiera cuando los pétalos dorados comenzaron a brotar del frasco. Se desplegaron con una lentitud hipnótica. Habían permanecido plegados sobre sí mismos desde el momento de su recolecta, acurrucados a la fuerza y soñando con este instante que parecía que no iba llegar nunca. Ahora, por fin, podían estirarse hacia la penumbra y liberar su esencia.
Entonces, lo sintió.
Myrelle sintió un pulso ajeno, grave y profundo, que llegó desde el fulgor de los pétalos. Un latido que no nacía de su pecho, sino de la luz misma, una resonancia que nació en el aire y se clavó en los huesos. El resplandor áureo y etéreo de la flor palpitaba con una vida propia, independiente, y Myrelle comprendió, con un escalofrío que le heló la nuca, que no era ella quien marcaba el ritmo. Era la flor.
Por un momento, el tiempo pareció detenerse en la penumbra de la habitación. La boticaria, inmóvil, hipnotizada, ya no escuchaba los latidos de su propio corazón. Sólo existía aquel pulso de luz, aquel latido ajeno que la gobernaba desde fuera, llenando el silencio con su presencia.
Eryon gimió débilmente, los ojos apenas entreabiertos, seguía pálido como el mármol que lo rodeaba. Myrelle extendió el brazo, tembloroso pero firme, consiguió vertir los pétalos sobre su pecho. El fulgor iluminó los rostros expectantes: sirvientes inmóviles, nobles con la boca abierta y el propio rey, que se aferraba a la esperanza con sus uñas arañando el borde de la cama.
Parecía que todo empezaba a calmarse. Sin embargo, Myrelle todavía no quería darse por satisfecha. Contempló al joven príncipe en unos segundos de terror. Sus músculos, antes tensos como cuerdas de arpa, se relajaron. Su respiración, antes entrecortada y superficial, se volvió más uniforme, casi serena. Observó aquel cambio con los ojos muy abiertos, sin atreverse a creerlo. Contuvo el aire un momento más, como si cualquier movimiento pudiera romper el hechizo. Luego, cuando vio que el príncipe permanecía tranquilo, dejó escapar un suspiro que llevaba siglos atrapado en su pecho y cerró los ojos.
«Igual lo hemos logrado…», se atrevió a pensar.
No obstante, antes de terminar de formular esos pensamientos, un crujido seco resonó en el aire.
Myrelle abrió los ojos de golpe. El fulgor dorado que momentos antes latía con vida propia se estaba apagando. En apenas un latido, el resplandor se tornó carbón, ceniza, noche. Y del frasco que todavía sostenía la joven comenzó a brotar un humo denso y extraño, un vapor que empezó a oler a quemado y podredumbre. El manto oscuro se extendió sobre la cama con una rapidez voraz, engullendo las sábanas, trepando por el cuerpo inerte del príncipe. Eryon tosió. Una tos seca, violenta, que sacudió todo su torso. Sus ojos se abrieron de par en par, desorbitados. Un grito ahogado escapó de su garganta.
—¡Fuera todo el mundo! —rugió el rey, su voz partiendo el aire como un látigo, mientras se abalanzaba hacia la cama.
—¡No, majestad! —vociferó, aunque su voz sonó lejana, como si perteneciera a otra persona. No sabía si gritaba para proteger al rey del humo, o para protegerlo de lo que ella misma había hecho.