Myrelle no podía quitarse de la cabeza lo ocurrido la semana pasada.
La imagen de Eryon, con los ojos convertidos en pozos negros, la visitaba cada noche cuando cerraba los suyos. El eco de aquel grito resonaba en sus oídos siempre que el silencio de su pequeña choza se volvía demasiado denso. Y el susurro, ese susurro que había brotado del frasco cuando todo terminó, se repetía una y otra vez en su memoria, convertido en una herida que no terminaba de cerrarse.
Intentaba repasar el proceso paso a paso, pero no conseguía dilucidar dónde estaba su fallo.
Una y otra vez, como un rosario de culpa. La recolección en luna menguante, el secado a la sombra durante tres días exactos, la maceración en aceite de oliva virgen, los siete minutos de hervor a fuego lento, el reposo hasta que el líquido adquiría ese tono dorado característico. Todo había sido exacto. Todo, según lo que los antiguos boticarios le habían enseñado, según los manuscritos que su padre le legara, según la tradición de tres generaciones de curanderos.
Y, aun así… el desastre.
«¿Fue la anciana?», se preguntó por centésima vez. «¿Me engañó? ¿Eran falsos los pétalos?».
Pero no. Ella los había examinado antes de comprarlos, los había olido, los había tocado. Tenían el brillo característico, el aroma a néctar y hielo, los bordes que parecían latir. Eran auténticos. Tenían que serlo.
«Entonces fui yo. Algo hice mal. Algo que no veo, algo que no…».
De pronto, un golpe en la puerta.
La joven boticaria dio un respingo. Eran más de las diez de la noche. Nadie llamaba a esas horas. Nadie llamaba ya a su puerta a ninguna hora, desde lo del palacio.
Se tensó. De un salto se levantó, ignorando el breve mareo que le nubló la visión un instante. Había comido poco en los últimos días y su cuerpo empezaba a pasarle factura, pero no le importó. Agarró el cuchillo de desollar que descansaba sobre la mesa, lo escondió bajo la manga de su camisón y se acercó a la puerta con pasos silenciosos, conteniendo la respiración.
—¿Quién…? —articuló con dificultad, temiendo que fueran los guardias, que hubieran cambiado de opinión y vinieran a buscarla para encerrarla al fin.
—Abre, Myrelle.
La voz era grave, cansada, pero inconfundible. La piel se le erizó al instante, aunque no de miedo. O no solo de miedo. Cuando reconoció aquel tono, cuando supo que no eran los guardias, una parte de ella se relajó. Otra, más profunda, se tensó todavía más.
Abrió la puerta lentamente, revelando en las sombras a Rhadamir. Contuvo el aliento. Sus ojos estaban hundidos y rojos, como si no hubiera dormido en siete noches. La piel colgaba pálida sobre sus pómulos, más blanca que el mármol de las estatuas del palacio. Las arrugas que el dolor le había tallado en el rostro parecían más profundas a la luz de la luna. Un escalofrío le recorrió la espalda hasta clavársele en la nuca. Supo, con certeza helada, que esta visita en mitad de la noche no podía significar nada bueno.
—Majestad —murmuró, apretando instintivamente el cuchillo que aún escondía bajo la manga, aunque sabía que jamás se atrevería a usarlo contra él—. No esperaba…
Su voz se apagó, incapaz de encontrar las palabras adecuadas. ¿Cómo se recibe a un rey a estas horas, en una humilde choza, cuando una ha matado a su hijo?
—No he venido a reprocharte —interrumpió Rhadamir, con la voz cargada de cansancio—. Pero necesitamos hablar de Eryon.
Ella asintió, con la garganta seca. Lo había visto apenas un par de veces desde la tragedia del frasco: débil, pálido, respirando con dificultad. Incluso los médicos de la corte parecían resignados. Le cedió el paso y él entró. Los escoltas se quedaron fuera, aguardando.
—Está peor —dijo Rhadamir al fin, con un hilo de voz—. Mucho peor que cuando intentaste la pócima.
Myrelle tragó saliva y miró sus manos temblorosas. La flor quemada pesaba sobre su conciencia como una losa imposible de levantar.
—Pero… —empezó, con un hilo de esperanza—, si recolecto otra… si preparo la pócima de nuevo…
—No hay tiempo para conjeturas —la cortó Rhadamir, dando un paso dentro de la habitación—. Su vida se agota con cada segundo que pasa.
—¿Cómo han podido mantenerlo con vida estos días? —preguntó ella, sin comprender.
Rhadamir la miró fijamente. Y en sus ojos, por un instante, algo brilló que no era dolor. Era miedo.
—No lo hemos mantenido nosotros —respondió en voz baja—. Es él. No termina de morir. Algo… lo retiene aquí.
—Los dioses han escuchado sus súplicas, majestad —dijo, buscando una explicación que sonara piadosa, que aliviara el tormento que veía en aquellos ojos hundidos.
Rhadamir negó con la cabeza, un movimiento lento, cansado.
—No he sido solamente yo —susurró, y su voz quebró apenas—. Los sirvientes… se turnan junto a su cama. Rezan. Velan. Le llevan flores frescas cada mañana, aunque él no pueda verlas. La cocinera prepara sus platos favoritos y los deja en la mesilla, como si esperara que de un momento a otro despertara con hambre. Los guardias, cuando pasan frente a sus habitaciones, bajan la voz y hacen el signo de la antigua fe.