Las flores de Icorath

3

Nadie objetó el último deseo del rey de acompañar a Myrelle a Canophya. Había algo en su mirada, en la forma en que pronunció aquellas palabras, que dejaba claro que no admitiría discusión. Los consejeros intercambiaron miradas breves, incómodas, pero ninguno abrió la boca. Los guardias sellaron sus labios con un respeto marcial. Incluso el mayordomo, conocido por cuestionar hasta las órdenes más triviales, permaneció en silencio.

Myrelle lo observó todo desde un rincón, envuelta en su capa raída, sintiéndose más intrusa que nunca. Allí estaba ella, una boticaria de choza, rodeada de sedas y armaduras, a punto de adentrarse en Canophya acompañada por el mismísimo rey.

—Majestad —intervino el capitán de la guardia, acercándose con pasos firmes—, los dragones de bosque los esperan en la torre. El viejo cuidador dice que las criaturas están inquietas, como si presintieran algo.

Rhadamir asintió sin apartar la vista de Myrelle.

—Que así sea. Nos iremos ahora mismo.

—Majestad —el capitán dudó un instante—, los dragones... solo han aceptado a dos jinetes. El cuidador dice que es un honor sin precedentes. Normalmente no permiten que nadie los monte, pero hoy... hoy inclinaron el lomo ante vuestro nombre y ante el de la joven.

Myrelle sintió un escalofrío. Los dragones de bosque eran criaturas sagradas, mensajeras de los dioses, no bestias de carga. Que la aceptaran a ella, una desconocida, una fracasada, una asesina a ojos de muchos... no podía ser casualidad.

—Los dioses nos miran —murmuró, sin darse cuenta de que hablaba en voz alta.

Rhadamir la oyó. Giró la cabeza y sus ojos se encontraron.

—Ojalá tengas razón —respondió en voz baja—. Porque si nos miran, quizá también quieran ayudarnos.

Salieron del salón entre susurros. Los cortesanos se apartaban a su paso, inclinando la cabeza ante el rey, pero clavando los ojos en Myrelle con una mezcla de curiosidad, recelo y algo que ella no supo identificar. ¿Lástima? ¿Desprecio? ¿O era simplemente el asombro de ver a una plebeya caminando al lado del monarca?

El camino hacia la torre los llevó primero a través de los jardines traseros del palacio, esos que Myrelle solo había visto de lejos, cuando venía a vender sus ungüentos a la servidumbre. Nunca había pisado la hierba perfectamente cortada, nunca había respirado el aroma de las flores exóticas que crecían solo para deleite de la realeza. Todo le parecía irreal, un sueño del que temía despertar en cualquier momento.

Luego vinieron las escaleras de piedra, talladas en la roca viva del acantilado sobre el que se asentaba el castillo. Cien escalones, quizá más. Myrelle los subió sin sentir el esfuerzo, hipnotizada por lo que la esperaba arriba.

Llegaron a la torre. Esta, estaba construida en el punto más alto de la fortaleza, su base era ancha como la de un torreón de asedio, pero sus muros se abrían en enormes ventanales sin vidrio, arcos que miraban al cielo como bocas abiertas. El interior era una espiral de piedra y madera, una rampa que ascendía pegada a las paredes, diseñada no para personas, sino para bestias aladas.

Los dragones del bosque estaban allí, esperando. Myrelle contempló a las dos siluetas totalmente inmóviles en la penumbra del amanecer. El primero, de escamas verde esmeralda que brillaban con la luz que entraba por los arcos, como si estuvieran cubiertas de rocío. El segundo, más pequeño, de un dorado cobrizo que recordaba a las hojas de otoño. Sus ojos, grandes y verticales, los observaron con una inteligencia antigua, una sabiduría que no pertenecía al mundo de los hombres.

La joven boticaria contuvo el aliento.

Nunca había visto uno tan de cerca. En las fiestas populares, a veces, los dragones sobrevolaban las aldeas, y los niños corrían a señalarlos con el dedo, pero siempre eran manchas lejanas, siluetas difusas contra el cielo. Allí, a pocos pasos, podía ver cada escama, cada vibración de sus cuerpos al respirar, cada destello de luz en sus pupilas.

El dragón dorado inclinó la cabeza hacia ella.

—Acércate —susurró Rhadamir.

—No sé si...

—Acércate, Myrelle. Te está eligiendo.

Ella tragó saliva. Dio un paso. Luego otro. El dragón no se movió, no mostró ningún signo de agresión. Simplemente la observaba, como si pudiera ver más allá de su piel, más allá de sus huesos, más allá de la culpa que la carcomía por dentro. Cuando estuvo a su lado, el dragón bajó aún más la cabeza, hasta que su enorme hocico quedó a la altura del rostro de Myrelle. Ella sintió su aliento: olía a bosque después de la lluvia, a flores recién abiertas, a algo dulce y profundo que le recordó al néctar de los pétalos dorados.

—Lo siento —susurró ella, sin saber por qué pedía perdón a una criatura que seguramente no podía entenderla.

El dragón parpadeó lentamente. Luego, con un movimiento suave, frotó su cabeza contra el hombro de Myrelle, como un gato buscando caricias. Detrás de ella, alguien contuvo una exclamación. El viejo cuidador, un hombre arrugado como una pasa, la miraba con los ojos como platos desde la entrada de la torre.

—Nunca —murmuró Kaelen—. Nunca había visto a un dragón hacer eso con alguien que no perteneciera a la casa real.

El viejo cuidador negaba con la cabeza, los ojos todavía desorbitados, como si hubiera presenciado un milagro que no terminaba de creerse. Sus manos arrugadas sostenían un cayado del que colgaban pequeñas campanillas que tintineaban con cada mínimo movimiento.




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