Las flores de Icorath

4

Los días posteriores se mantuvieron en silencio mientras volaban hacia el umbral del bosque.

Habían pasado cinco días desde que el rey llegó a su choza. Cinco días en los que apenas tocaron tierra. Cinco días agarrada a las escamas del dragón dorado, con el viento azotando el rostro y el rumor constante de las alas perforando el cielo.

Myrelle perdió la cuenta de las horas. Solo sabía que amanecía, y volaban. El sol alcanzaba su punto más alto, y volaban. La luz menguaba, y volaban. La noche caía, y seguían volando, guiados por la luna y por ese instinto antiguo que los dragones llevaban en la sangre.

No se detenían.

El primer día, Myrelle sintió hambre. El rey le alcanzó un puñado de frutas secas y ella comió con una mano mientras la otra permanecía aferrada al dragón. Bebió agua de un odre que Rhadamir le lanzó con una puntería que delataba años de práctica.

El segundo día, el sueño empezó a pesarle en los párpados. Se sorprendió a sí misma cabeceando, a punto de soltar las escamas. El dragón dorado, como si lo notara, inclinó ligeramente el lomo, creando un pequeño hueco donde ella pudo apoyarse mejor. Durmió a ratos, en fragmentos de minutos, mecida por el vaivén del vuelo.

El tercer día perdió la noción de todo. Del tiempo. Del espacio. De si estaban cerca o lejos. Solo existía el verde interminable bajo ellos, el cielo arriba, y el cuerpo del dragón vibrando con cada batir de alas.

Rhadamir no se quejó ni una sola vez.

Myrelle se extrañó. No venía nadie más. Ni guardias. Ni consejeros. Ni siquiera ese séquito de caballeros que solía escoltar al rey a todas partes. Solo ellos dos, montados en sus dragones, surcando el cielo de Lythara como dos puntos perdidos en la inmensidad.

Miró hacia atrás, por encima del hombro. Las torres del palacio eran ya un recuerdo difuso, algo que pertenecía a otra vida. Delante, Canophya crecía lentamente, una pared de verde oscuro que parecía devorar el cielo.

Conocía ese verde. Había estado en él cien veces, recolectando raíces, cortezas y flores para sus ungüentos. Conocía sus senderos, sus claros, los lugares donde crecían las setas más difíciles de encontrar. Conocía el rumor de sus arroyos y el canto de sus pájaros al atardecer.

Pero nunca había ido con este propósito.

Nunca había entrado en Canophya buscando respuestas. Buscando culpables. Buscando a alguien que pudiera explicarle por qué sus manos habían convertido a un príncipe en un pozo de sombras.

—Majestad —se atrevió a preguntar al cuarto día, levantando la voz por encima del viento—. ¿Cómo van a protegerse si ocurriese algo?

Rhadamir, sobre el dragón verde, giró ligeramente la cabeza. No respondió de inmediato, como si estuviera evaluando qué decir con exactitud.

—Los dragones nos protegen —dijo al fin—. Y Canophya protege a quien debe proteger.

—Pero… —insistió ella—, si algo sale mal…

—Conoces el bosque, Myrelle —la interrumpió el rey—. Me lo dijiste tú misma. Sabes que no son las espadas lo que importa aquí.

Myrelle calló. Era cierto. Lo sabía. Lo había sabido siempre, desde la primera vez que su padre la llevó de la mano a recolectar setas y le dijo: «En este bosque no se entra con miedo, hija. Se entra con respeto. El bosque lo nota».

—Pero usted no lo conoce —dijo ella—. Usted es el rey. Si algo le pasa…

—Si algo me pasa, mi hijo morirá igualmente —Rhadamir la miró, y su rostro era una máscara de cansancio y determinación—. Así que da lo mismo. Prefiero caer en Canophya buscando una respuesta que quedarme en palacio viendo cómo se apaga.

Myrelle no supo qué responder.

—Además —añadió el rey, con un atisbo de ironía—, para eso estás tú. Conoces el bosque. Sabes sus peligros. Sabes sus silencios. Confío en que si algo huele mal, me avisarás.

Ella tragó saliva.

—¿Y si no llego a tiempo?

Rhadamir sonrió. Fue una sonrisa triste, pequeña, pero era una sonrisa al fin.

—Entonces habrá sido un honor volar contigo, boticaria.

Myrelle desvió la mirada. El nudo en su estómago no se deshizo, pero algo cambió en su interior. Ya no era solo miedo. Era... ¿responsabilidad? ¿Orgullo? No lo sabía.

«No lo sabes. Pero tienes que intentarlo». Rezaba para sus adentros buscando que sus intentos de animarse no cayesen en vano. Solo sabía que, por primera vez en siete días, no se sentía completamente sola.

El quinto día, el viento se volvió más húmedo. Los dragones descendieron ligeramente, sus alas ajustando el vuelo con una precisión que delataba siglos de saber antiguo. Abajo, el bosque dejaba de ser una mancha para convertirse en algo tangible: copas de árboles milenarios, claros donde la luz se filtraba como si el sol hubiera decidido posarse sobre la tierra, y un silencio que crecía a medida que se acercaban.

—Ya casi estamos —anunció Rhadamir.

Myrelle asintió, aunque él no podía verla. Sus manos, entumecidas después de cinco días de vuelo, se aferraron a las escamas del dragón dorado.

Los dragones comenzaron a descender. Abajo, el límite del bosque se dibujaba con claridad: una línea donde los árboles se erguían cuales centinelas y la tierra cambia, volviéndose más oscura, más fértil, más antigua.




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