Las flores de Icorath

5

Las criaturas del bosque parecía que le estaban dando una bienvenida.

Apenas llevaba unos minutos siguiendo al ciervo de pétalo cuando los espíritus del polen comenzaron a aparecer. Primero fueron dos o tres. Myrelle contemplaba cómo las pequeñas motas doradas flotaban a su alrededor como luciérnagas perezosas. Luego, a medida que se iba adentrando, aparecieron decenas, cientos, hasta que el sendero entero pareció iluminarse con ese brillo cálido y danzante.

Myrelle contuvo el aliento. Los había visto antes, siempre al atardecer, siempre en la distancia, pero nunca así, nunca rodeándola, nunca tan cerca que podía sentir el leve cosquilleo de su presencia en la piel. Su padre le había enseñado que los espíritus del polen traían buena suerte, que aparecían donde crecían flores sagradas o después de una buena cosecha de icor. Pero esto era diferente. Esto era como si el bosque entero se hubiera despertado para recibirla.

El ciervo de pétalo caminaba delante, imperturbable, con sus astas cubiertas de flores brillando con luz propia. Cada paso que daba parecía hacer brotar pequeñas cosas a su alrededor: hongos que no estaban antes, flores que se abrían en cuestión de segundos, mariposas de icor que revoloteaban a su paso con sus alas doradas y translúcidas.

La boticaria recordó entonces lo que decían los manuscritos antiguos: las mariposas de icor eran un símbolo de Lythara, aparecían en banderas y sellos reales, pero también eran mensajeras de sanación. Sus alas, molidas, se usaban en rituales y pócimas. Verlas tan cerca, en tal cantidad, solo podía significar algo bueno.

O eso quería creer.

—Nunca había visto nada igual —murmuró para sí, sin esperar respuesta.

El ciervo siguió caminando.

Profundizaron en el bosque. Los árboles se volvieron más altos y sus troncos cubiertos de musgo y líquenes brillaban con una luz tenue. El aire olía a humedad y a flores, a tierra fértil y a ese algo más que Myrelle ya empezaba a reconocer: el aroma del icor, la esencia misma de la vida en Lythara.

De repente, un destello iridiscente entre las ramas llamó su atención. Se detuvo y miró hacia arriba.

Una serpiente de néctar la observaba desde una rama baja.

Myrelle sintió que el corazón se le detenía. Las serpientes de néctar eran difíciles de encontrar y aún más de capturar. Su veneno podía ser medicina o muerte, todo dependía de la dosis, todo dependía de la mano que lo administra. Su padre le había enseñado a respetarlas, a observarlas desde lejos, a nunca intentar atrapar una sin el conocimiento adecuado.

Pero aquella no parecía tener intención de atacar. Simplemente la miraba, con sus escamas iridiscentes brillando como el rocío, la cabeza ligeramente inclinada, como si también ella estuviera evaluando a la visitante. De pronto, el ciervo de pétalo se detuvo y volvió la cabeza. Miró a la serpiente, luego miró a Myrelle. Y por un instante, Myrelle juraría que el animal sonrió.

—¿Qué quieres decirme? —preguntó en voz baja.

El ciervo no respondió, claro. Simplemente reanudó la marcha.

La serpiente se deslizó por la rama y desapareció entre las hojas. Pero Myrelle tuvo la sensación de que no se había ido, de que seguía allí, observando desde las sombras, esperando.

Continuaron caminando. Los espíritus del polen los seguían como una estela luminosa. Las mariposas de icor danzaban a su alrededor. Y en la distancia, a veces, Myrelle creía ver destellos blancos entre los árboles, otros ciervos de pétalo que observaban desde lejos, que comprobaban que su hermano o su hermana —no sabía cómo funcionaba aquello— estaba cumpliendo bien su cometido.

Llegaron a un claro.

Y allí, en el centro, sentada sobre una roca cubierta de musgo, una anciana la esperaba.

Myrelle lo supo antes de verla con claridad. Lo supo por la forma en que las criaturas del bosque se detuvieron, por la forma en que el ciervo inclinó la cabeza, por la forma en que el aire mismo pareció volverse más denso, más antiguo, más pesado.

La anciana levantó la vista y la miró.

Y Myrelle sintió, por segunda vez en el mismo día, que unos ojos la estaban viendo hasta el fondo del alma.

—Ya era hora —dijo la anciana, con una voz que sonaba a hojas secas y a madera vieja—. Te estaba esperando, muchacha.

Llegaron a un claro.

Y allí, en el centro, sentada sobre una roca cubierta de musgo, una anciana la esperaba.

Myrelle lo supo antes de verla con claridad. Lo supo por la forma en que las criaturas del bosque se detuvieron, por la forma en que el ciervo inclinó la cabeza, por la forma en que el aire mismo pareció volverse más denso, más antiguo, más pesado.

La anciana levantó la vista y la miró.

Y Myrelle sintió, por segunda vez en el mismo día, que unos ojos la estaban viendo hasta el fondo del alma.

—Ya era hora —dijo la anciana, con una voz que sonaba a hojas secas y a madera vieja—. Te estaba esperando, muchacha.

Myrelle dio un paso adelante, pero el ciervo de pétalo se interpuso un instante, como si le recordara que debía hacerlo con respeto. Ella asintió, bajó la cabeza y esperó.




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