Las flores de Icorath

6

Aelthar. El reino del hielo.

Myrelle no asumía nada más de lo que le acababa de contar la anciana. Las palabras de Yenna resonaban en su cabeza como un eco que no terminaba de apagarse: hijos del hielo, el que gobierna los cielos, el que cura con flores, el amanecer final.

—No entiendo —susurró, negando con la cabeza—. Yo nunca he salido de Lythara. Mi lugar está aquí, en los bosques, en mis ungüentos, en...

—Tu lugar está donde los dioses decidan que esté —la interrumpió Yenna con su voz de hojas secas—. Y ahora mismo, los dioses quieren que vayas al norte.

Myrelle la miró como si hubiera enloquecido.

—¿Al norte? ¿A Nivaria? ¿Con ese frío que hiela los huesos y esos cristales que guardan memorias que no me pertenecen? No, yo no...

—El príncipe Eryon se muere —la cortó Yenna, y esta vez su voz fue como un látigo—. Y lo que necesita para vivir no está aquí. Está allí.

La anciana señaló hacia el norte, hacia donde los árboles de Canophya se volvían más escasos y el cielo comenzaba a adquirir un tono grisáceo.

—En el Valle de Cristal de Zyrrik —dijo—. Allí crece la flor de icor que necesitas. Pero no es una flor común. Solo brota donde la sangre de los antiguos cayó sobre hielo y cristal, y solo puede ser recolectada cuando el que gobierna los cielos y el que cura con flores se encuentren.

Myrelle sintió que le faltaba el aire.

—¿El que gobierna los cielos? —repitió—. ¿Un jinete de dragón? ¿Alguien de la realeza?

Yenna asintió lentamente.

—El príncipe Lyrion de Nivaria. Heredero del trono de hielo. Jinete del dragón blanco Aelthar.

El nombre cayó sobre Myrelle como un cubo de agua helada. Aelthar. Hasta ella, una simple boticaria del sur, había oído hablar de ese dragón. Blanco como la nieve, el más veloz de los cielos de Nivaria, compañero inseparable del príncipe heredero.

—¿Y él querrá ayudarme? —preguntó con amargura—. ¿Un príncipe del norte va a hacer caso a una desconocida que llega pidiendo una flor mágica para salvar a otro príncipe?

Yenna sonrió. Era una sonrisa enigmática, de las que guardaban más secretos de los que revelaban.

—Él también te está esperando —dijo—. Aunque todavía no lo sabe.

Myrelle quiso preguntar más, quiso entender cómo era posible que un príncipe del hielo pudiera estar esperando a una boticaria del bosque. Pero Yenna levantó una mano y la calló.

—El ciervo te llevará de vuelta al linde —dijo—. Rhadamir te espera. Y luego... luego tendrás que convencerlo de que te deje ir al norte.

—¿Convencerlo? —Myrelle casi rió—. El rey haría cualquier cosa por salvar a su hijo. Si yo le digo que tengo que ir a Nivaria, me llevará él mismo en su dragón.

Yenna negó con la cabeza.

—No es a Rhadamir a quien tienes que convencer —dijo—. Es al rey Daerion. Y el rey de Nivaria no recibe a cualquiera.

El nombre de Daerion heló el aire del claro. Myrelle había oído historias de ese hombre: frío, calculador, distante. Un rey que gobernaba con puño de hierro sobre un reino de hielo, que consideraba las emociones una debilidad y que anteponía el deber a todo lo demás.

—¿Y cómo se supone que voy a conseguir audiencia con él?

Yenna se inclinó hacia adelante, y por un instante sus ojos parecieron brillar con la luz de mil cristales.

—Hay un baile —dijo—. El Baile del Deshielo. Las casas nobles de Nivaria se reúnen, presentan a sus hijas solteras, negocian alianzas. Es el único momento del año en que el palacio de Miravar abre sus puertas a forasteros.

Myrelle parpadeó.

—¿Quieres que vaya a un baile? ¿Yo?

—Quiero que entres en Nivaria —corrigió Yenna—. El baile es solo la excusa. Una vez allí, tendrás que encontrar al príncipe Lyrion. Y tendrás que hacerlo antes de que los cristales negros de Zyrrik decidan que ya han esperado demasiado.

La anciana se levantó con esfuerzo y se acercó a Myrelle. Con sus manos arrugadas, le agarró las mejillas y la obligó a mirarla a los ojos.

—Escúchame bien, muchacha —dijo en voz baja—. La profecía no miente. Los hijos del hielo y los hijos del bosque deben unirse. El que gobierna los cielos y el que cura con flores deben encontrarse. Si no lo hacen antes del amanecer final, la oscuridad consumirá a los herederos. A Eryon. A Lyrion. A los dos.

Myrelle sintió un escalofrío que le recorrió la espalda entera.

—¿A los dos? —preguntó con un hilo de voz—. ¿El príncipe de Nivaria también corre peligro?

Yenna soltó sus mejillas y dio un paso atrás. Por un instante, su rostro se ensombreció, como si las palabras que estaba a punto de decir pesaran más que todas las que había pronunciado en aquella conversación.

—Todavía no —dijo—. Pero le llegará. La misma oscuridad que ahora consume a Eryon ya está buscando el camino hacia el norte. Los cristales de Nivaria guardan memoria de todo, muchacha, y los cristales negros de Zyrrik llevan semanas susurrando cosas que los mineros no se atreven a repetir. El príncipe Lyrion cree que está a salvo porque su reino es de hielo y su corazón es puro, pero la oscuridad no entiende de fronteras ni de pureza. Solo entiende de hambre.




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