La cabeza le daba vueltas. Myrelle se sentía en un laberinto sin salida y ahora mismo no confiaba ni en su propia sombra.
El ciervo la miraba con una mezcla de pena y ternura, mas no podía hacer nada más por ella. Sus ojos profundos y antiguos la observaban en silencio mientras caminaban, pero no ofrecían respuestas. Solo compañía.
Myrelle apretó el paso, aunque no sabía muy bien si era por la urgencia de llegar o por la necesidad de dejar atrás todo lo que había escuchado. Las piernas se movían solas, arrastrándola bosque afuera mientras la cabeza le hervía con cada palabra de Yenna. Las frases de la anciana resonaban en su mente como campanas que no dejaban de repiquetear, golpeando una y otra vez contra los muros que antes sostenían sus certezas.
Pero no era la profecía lo que más dolía. No era la amenaza sobre Nivaria ni el viaje imposible que le esperaba.
Era el ocultismo.
Sentir que, de pronto, su vida había sido una mentira, la había desubicado por completo. Veinte años. Veinte años de silencio. Su padre, el hombre que le había enseñado a distinguir el néctar del veneno, que la había arropado en las noches de tormenta y le había contado historias junto al fuego, había guardado este secreto durante veinte años. Había crecido creyendo que su vida era sencilla, que su destino era ser una buena boticaria como las tres generaciones que la precedieron, y resultaba que todo era mentira. O no mentira, pero sí un velo. Una verdad a medias. Una preparación disfrazada de infancia.
Sin apenas darse cuenta, clavó las uñas en las palmas de las manos. Se estaba haciendo daño, pero eso ahora mismo poco le importaba.
No sabía si estaba enfadada, triste o simplemente vacía. Quizá las tres cosas. Solo sabía que necesitaba llegar al linde, necesitaba ver a Rhadamir, necesitaba poner orden en el torbellino que le hervía dentro antes de que la consumiera.
Un nudo se instaló en su garganta. Las lágrimas querían salir de la impotencia que sentía, pero las contuvo. Ahora no podía permitirse llorar. Quedaba demasiado por hacer.
¿Qué iba a hacer ahora con Rhadamir?
La pregunta la golpeó con la fuerza de un puñetazo. El rey la esperaba en el linde del bosque, con sus dragones y su paciencia de padre desesperado. ¿Le iba a contar todo? ¿La profecía, la marca, Nivaria, el príncipe Lyrion?
¿Y si él también lo sabía? ¿Y si todo esto era una conspiración, un plan trazado hace años en el que ella era solo una pieza más?
Negó con la cabeza, tratando de ahuyentar esos pensamientos. No. Rhadamir estaba a punto de perder a su hijo; no tendría tiempo para esos tejemanejes. Lo había visto consumirse por la oscuridad. Su dolor era real, lo había visto en sus ojos hundidos, en sus manos temblorosas, en la forma en que pronunciaba el nombre de Eryon como si fuera una oración.
Pero entonces, ¿por qué no le había dicho nada? ¿Por qué la había dejado entrar a Canophya sin advertirle de lo que podía encontrar? ¿Por qué había permitido que se adentrara sola, sin ninguna pista, sin ninguna advertencia, como quien suelta un cordero en un bosque lleno de sombras?
Myrelle sintió que la rabia le ardía en el pecho. Quería creer que había una explicación. Necesitaba creerlo.
Porque no lo sabía, se dijo, apretando los puños mientras caminaba. Porque Yenna había dicho que los reyes conocían el pacto con el bosque, que sabían invocar a los guardianes, pero no la profecía entera. Rhadamir sabía que Canophya era sagrado, sabía que las criaturas juzgaban, sabía que ella podía encontrar respuestas, pero no sabía que esas respuestas cambiarían todo lo que creía sobre sí misma. No sabía lo de la marca. No sabía lo de Nivaria. No sabía que su destino estaba escrito antes de nacer.
Porque Rhadamir era un padre desesperado, no un conspirador.
Myrelle repitió esas palabras en su mente como un mantra, como una tabla de salvación en medio del naufragio. Lo había visto sufrir. Lo había visto romperse en la choza, con los ojos hundidos y la voz quebrada. Lo había visto abrazar el cuerpo inerte de su hijo, lo había visto caer de rodillas ante ella, lo había visto invocar al ciervo con esas palabras antiguas que no entendía pero que salían de lo más hondo de su ser.
Ese hombre no podía estar mintiendo. Ese hombre no podía ser parte de nada oscuro.
Necesitaba creer eso. Necesitaba creer que alguien en este mundo era de fiar. Porque si no podía confiar en Rhadamir, si todo este tiempo él también había estado ocultándole cosas, manipulándola, usándola como pieza de un tablero que ella no alcanzaba a ver... entonces no le quedaba nada. Entonces estaba completamente sola.
Y no podía permitirse eso. No ahora. No cuando le esperaba un viaje a un reino de hielo, un encuentro con un príncipe que no sabía que la necesitaba, y una flor que crecía en un valle de cristales donde la oscuridad estaba despertando.
Así que eligió creer.
Eligió confiar, a pesar de todo.
Aunque una pequeña parte de ella, esa que siempre dudaba, esa que su padre le había enseñado a escuchar en los momentos de peligro, le susurraba que tuviera cuidado. Que no se entregara del todo. Que observara, que esperara, que comprobara antes de dar nada por sentado.
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