Las flores de Icorath

8

Rhadamir no perdió el tiempo cuando llegó al palacio. Apenas los dragones tocaron tierra en la torre, el rey desmontó con una agilidad que no parecía propia de sus años ni de su cansancio. Sus botas golpearon el suelo de piedra antes de que Myrelle pudiera siquiera resbalar del lomo del dragón dorado.

—Ven —dijo, sin mirar atrás—. No hay tiempo que perder.

Myrelle lo siguió como pudo. Las piernas aún le temblaban después de tantas horas de vuelo, pero apretó los dientes y caminó tras él. Atravesaron pasillos, subieron escaleras, cruzaron estancias que ella solo había visto de lejos en sus visitas como vendedora de ungüentos. Cortesanos y sirvientes se apartaban a su paso, sorprendidos de ver al rey en semejante estado: despeinado, con la ropa arrugada, los ojos inyectados en sangre y una determinación feroz grabada en el rostro.

Nadie se atrevió a preguntar.

Llegaron a una puerta de roble macizo, tallada con motivos de dragones y flores de icor. Rhadamir la empujó sin ceremonias y se adentró en la estancia.

La biblioteca real.

Myrelle contuvo el aliento. Nunca había entrado allí. Los libros prohibidos para alguien de su condición, los saberes reservados a la realeza y sus consejeros. Y ahora estaba en el centro, con el rey revolviendo estantes como si buscara un tesoro.

Rhadamir no perdió el tiempo cuando llegó al palacio. Se sumergió directamente en la biblioteca real para escribir la carta con la que avisaría al rey Daerion sobre la llegada de Myrelle y la urgencia de dicha tarea.

—Papel —murmuró para sí, apartando pergaminos—. Tinta. Pluma. ¿Dónde está todo?

—¿Puedo ayudar? —se ofreció Myrelle, aunque no sabía muy bien qué podía hacer.

El rey ni siquiera la miró. Señaló un escritorio al fondo de la sala.

—Siéntate. Necesito concentrarme.

Myrelle obedeció. Desde allí observó cómo Rhadamir reunía los materiales y se sentaba ante una mesa abarrotada de mapas y documentos. Tomó la pluma, la mojó en tinta negra, y se quedó inmóvil durante largos segundos, la punta suspendida sobre el pergamino.

—No sé qué escribir —confesó al fin.

Myrelle parpadeó.

—¿Cómo que no sabe? Usted es el rey. Escribe cartas todo el tiempo.

—Cartas de estado —corrigió él—. Misivas formales, peticiones protocolarias, comunicados oficiales. Esto es diferente. Tengo que convencer a Daerion de que reciba a una desconocida, de que crea en una profecía que ni yo mismo termino de entender, de que permita a su hijo acompañarla a un valle peligroso... y tengo que hacerlo sin parecer un loco o un desesperado.

Myrelle guardó silencio. No sabía qué decir. Ella no entendía de cartas ni de protocolos.

Rhadamir suspiró y apoyó la pluma. Se masajeó las sienes con los dedos, como si le doliera la cabeza.

—Daerion es un hombre frío —dijo—. Calculador. Desconfiado. No se deja llevar por emociones ni súplicas. Si le escribo como un padre desesperado, pensará que soy débil y que esta misión es una locura. Si le escribo como un rey, ocultaré la urgencia real y quizá no le dé importancia.

—¿Y si le escribe las dos cosas? —sugirió Myrelle.

El rey la miró.

—¿Las dos cosas?

—La verdad —dijo ella, encogiéndose de hombros—. Cuéntele que su hijo se muere. Que yo soy su única esperanza. Que la profecía habla del príncipe Lyrion. Que si no nos ayuda, la oscuridad podría extenderse. Sin rodeos. Sin protocolo.

Rhadamir la observó un instante. Luego, para su sorpresa, esbozó una sonrisa cansada.

—Eres más sabia de lo que crees, muchacha.

Tomó la pluma de nuevo y comenzó a escribir.

Myrelle no pudo ver lo que ponía, pero observó cómo su mano se movía con decisión, cómo llenaba el pergamino de palabras sin titubear. De vez en cuando se detenía, releía, y añadía algo más. Cuando terminó, dobló la carta con cuidado y la selló con cera roja, estampando el anillo real de Lythara.

—Ya está —dijo—. Ahora solo falta que llegue.

Salió de la biblioteca con la carta en la mano. Myrelle lo siguió, esta vez con menos esfuerzo. Las piernas ya le respondían mejor.

Atravesaron patios y corredores hasta llegar a una torre más pequeña, alejada del bullicio del palacio. Allí, en una estancia circular llena de pequeñas jaulas de madera y ramas secas, los esperaba un hombre menudo de cabello canoso.

—Kaelen —lo saludó Rhadamir.

El viejo cuidador se inclinó.

—Majestad. ¿Necesita enviar un mensaje?

—A Nivaria. Urgente.

Kaelen arqueó las cejas, pero no hizo preguntas. Se giró hacia las jaulas y emitió un silbido suave, casi inaudible. De entre las ramas, una pequeña ave de plumaje dorado y ojos brillantes descendió hasta su hombro.

Myrelle contuvo el aliento. Nunca había visto un zunzán tan de cerca. Era diminuto, no más grande que su mano, pero sus ojos despedían una inteligencia que resultaba casi inquietante. Sus plumas brillaban con destellos cálidos, como si llevaran polen de icor incrustado en cada una de ellas.




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