Las flores de Icorath

9

La reina Thalia no daba crédito a su esposo.

Rhadamir se había transformado por completo desde que llegó del bosque con la maldita boticaria. Ella lo había visto partir días atrás, demacrado, con los ojos hundidos y esa desesperación silenciosa que le acompañaba desde que Eryon cayó enfermo. Lo había visto regresar hoy mismo, pero no era el mismo hombre.

Había algo en su mirada. Una luz que Thalia no veía desde antes de la tragedia. Un propósito. Una urgencia diferente, no la urgencia del que huye, sino la del que sabe adónde va.

Y todo por culpa de esa muchacha.

Thalia se removió inquieta en su lecho, contemplando la puerta vacía. Las velas llevaban horas consumiéndose, las llamas bailaban arrojando sombras danzantes sobre los tapices de la alcoba real. El sitio de ella estaba vacío. El almohadón de Rhadamir, intacto. Las sábanas, frías.

Esa noche, su esposo tardó más de lo normal en regresar a su alcoba.

Mucho más.

Había mandado a una doncella a buscarle hace un par de horas. La muchacha regresó con evasivas: «Su majestad está en la biblioteca, señora. Dijo que no debían molestarle». Thalia frunció el ceño. ¿La biblioteca? ¿A estas horas? ¿Con qué propósito?

No, no era la biblioteca. Conocía a su esposo. Conocía sus excusas, sus silencios, sus maneras de esquivar conversaciones incómodas. Si Rhadamir no estaba en su alcoba a estas horas, era porque estaba con ella.

Con la boticaria.

Thalia apretó las mandíbulas. No entendía qué veía Rhadamir en esa muchacha. Una curandera de choza, de manos callosas y ropas raídas, que además había sido la causante de todo este desastre. Si no hubiera sido por ella y sus pétalos malditos, Eryon no estaría consumiéndose en su cama, con la piel gris y la respiración entrecortada.

Y sin embargo, su esposo la miraba como si fuera la última esperanza.

Se incorporó en la cama, apoyando la espalda contra el cabecero tallado. El gesto le resultó incómodo, pero la incomodidad era preferible a seguir tumbada dándole vueltas a los mismos pensamientos.

—¿Qué te ha hecho, Rhadamir? —murmuró en la penumbra—. ¿Qué te ha hecho para que confíes en ella de esta manera?

No obtuvo respuesta, claro. Sólo el crepitar de las velas y el rumor lejano del viento contra los ventanales.

Recordaba la primera vez que vio a Myrelle. Fue hace semanas, cuando la muchacha vino al palacio a entregar sus ungüentos a la servidumbre. Thalia la cruzó en un pasillo, una sombra insignificante con un hatillo al hombro, y ni siquiera la miró. No merecía su atención. Era una más de esas campesinas que pululaban por las dependencias secundarias, invisible para los ojos de la realeza.

Cómo había cambiado todo.

Ahora esa misma muchacha ocupaba los pensamientos de su esposo, monopolizaba su tiempo, lo mantenía alejado de su lecho. Y Thalia no podía hacer nada. No podía competir con la urgencia de un hijo moribundo. No podía exigir atención cuando la vida de Eryon pendía de un hilo.

Pero dolía. Dolía sentirse desplazada incluso en su propia alcoba.

Un ruido de pasos en el corredor la sacó de sus cavilaciones. Thalia contuvo el aliento, aguzando el oído. Las pisadas se acercaban. Lentas. Cansadas.

La puerta se abrió.

Rhadamir entró con el rostro surcado de agotamiento, pero con esa luz en los ojos que Thalia ya había aprendido a reconocer. Se detuvo al verla despierta, incorporada, mirándolo fijamente.

—Thalia —dijo, con voz queda—. Pensé que dormirías.

—No puedo dormir cuando mi esposo no está a mi lado.

Él sostuvo su mirada un instante. Luego desvió la vista, culpable.

—Lo siento. Tenía cosas que hacer.

—¿Con ella?

El nombre no hizo falta. Rhadamir suspiró y se sentó en el borde de la cama, de espaldas a ella. La postura de un hombre acorralado.

—Con Myrelle, sí. Estamos preparando el viaje. No hay tiempo que perder.

—¿El viaje? —Thalia arqueó una ceja—. ¿Qué viaje?

Rhadamir se volvió hacia ella. En sus ojos, Thalia vio algo que no supo interpretar: ¿excitación? ¿miedo? ¿esperanza?

—Va a Nivaria —dijo—. A buscar una flor que pueda salvar a Eryon.

Thalia parpadeó, atónita.

—¿Nivaria? ¿Ella sola? ¿Y tú piensas permitirlo?

—No soy yo quien lo permite —respondió Rhadamir con cansancio—. Es ella quien va. Yo solo la ayudaré a llegar hasta la frontera.

La reina negó con la cabeza, incrédula.

—Estás loco. Has perdido el juicio por completo. Esa muchacha ya casi mata a nuestro hijo una vez, ¿y ahora la envías a buscar una cura al norte? ¿En qué cabeza cabe?

Thalia había hablado en voz baja, pero cada palabra golpeaba el silencio de la alcoba como un martillo contra el yunque. Fuera, el viento de la noche silbaba entre las torres del palacio, haciendo temblar los cristales de los ventanales. Dentro, las velas proyectaban sombras alargadas sobre los tapices que narran las gestas de los antiguos reyes de Lythara.




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