La habitación era más grande que toda su choza.
Myrelle no podía dejar de mirar a su alrededor, atónita, mientras una doncella ajustaba las velas y otra colocaba una bandeja con comida sobre una mesa de roble tallado. Las paredes estaban cubiertas de tapices que representaban escenas del bosque: ciervos de pétalo, dragones dorados, flores de icor brillando bajo la luz de la luna. El suelo era de piedra pulida, cubierto en parte por alfombras tan suaves que los pies se hundían en ellas como en musgo. Y la cama... La cama era enorme, con columnas de madera labrada y cortinas de seda que caían desde lo alto como cascadas de colores.
—Su baño está listo, señora —dijo una de las doncellas, señalando una puerta lateral—. Hemos dejado ropa limpia para usted. El rey ha ordenado que tenga todo lo necesario para su descanso.
Myrelle asintió, sin saber muy bien cómo comportarse. ¿Se suponía que debía darles las gracias? ¿Darles una propina? ¿Ignorarlas como hacían los nobles?
Optó por un torpe «gracias» que sonó ridículo hasta en sus propios oídos.
Las doncellas se retiraron con una reverencia, y Myrelle se quedó sola en medio de aquel lujo que no entendía.
El baño fue una experiencia casi abrumadora. Agua caliente, jabones que olían a flores que ella misma había recolectado cien veces pero nunca había podido permitirse, esponjas suaves, toallas de lino que parecían nubes. Se quedó mucho rato sumergida, dejando que el calor le relajara los músculos agarrotados por días de vuelo, intentando procesar todo lo que había vivido en las últimas jornadas.
Cuando salió, encontró la ropa que le habían preparado: una túnica de lana gruesa, adecuada para el frío del norte, unas botas de cuero resistente, y un abrigo forrado de piel que debía valer más de lo que ella ganaba en un año. Lo tocó con reverencia, casi con miedo.
Luego se sentó frente a la bandeja de comida y devoró todo lo que encontró: pan caliente, queso curado, frutas escarchadas, un caldo espeso que le reconfortó el estómago. No había comido así en semanas. No había comido así nunca.
Después, agotada, se tumbó en la cama.
Las sábanas eran tan suaves que casi daba miedo tocarlas. Las almohadas, tan mullidas que la cabeza se hundía en ellas como en una nube. Myrelle cerró los ojos, pensando que quizá, solo quizá, podría dormir unas horas sin pesadillas.
No tuvo tanta suerte.
No había pasado una hora cuando la puerta se abrió de golpe.
Myrelle se incorporó de un salto, el corazón desbocado, la mano buscando instintivamente un cuchillo que no estaba allí. La luz de las velas, que ella había dejado encendidas por miedo a la oscuridad, reveló la silueta de una mujer en el umbral.
La reina Thalia.
Myrelle contuvo el aliento. Había visto a la reina en la distancia, en ceremonias y actos oficiales, siempre como una figura lejana, casi irreal. Pero nunca así. Nunca a pocos pasos, nunca bajo la luz temblorosa de las velas, nunca en la intimidad de una alcoba.
Se dio cuenta de que la reina era hermosa. No con la belleza joven y frágil de las doncellas de la corte, sino con una belleza madura, tallada por los años y la maternidad, por las noches en vela y los días de gobierno. Su cabello, oscuro como la madera de ébano, caía sobre sus hombros en ondas sueltas, como si hubiera interrumpido su descanso para venir hasta allí. Su vestido azul, bordado con hilos de plata que dibujaban diminutas flores de icor, se ceñía a su figura con la elegancia de quien ha llevado seda toda su vida.
Pero lo más sobrecogedor eran sus ojos.
Ojos color del sol.
No dorados como los pétalos de la flor maldita, ni amarillos como el trigo maduro. Eran del color exacto del sol cuando se posa sobre las colinas de Lythara al atardecer: un ámbar cálido, profundo, casi líquido, que parecía contener dentro siglos de historia. Mirarlos era como mirar el cielo en el momento justo en que el día se despide de la tierra. En su interior, diminutas chispas doradas bailaban con cada parpadeo, como si la propia luz de Lythara hubiera decidido anidar en sus pupilas para siempre.
Myrelle había oído historias sobre esos ojos. Se decía que el linaje real de Lythara llevaba siglos marcado por esa señal: los nacidos para gobernar tenían ojos del color del sol, un reflejo de la bendición de los dioses sobre su estirpe. Las ancianas del bosque susurraban que era el icor acumulado en la sangre real, que con cada generación se volvía más puro, más brillante, más cercano a la luz primordial que había dado vida al reino.
Y ahora esos ojos la miraban fijamente.
Thalia dio un paso adelante y la luz de las velas bailó sobre su rostro, revelando las pequeñas arrugas en las comisuras de sus labios —las marcas de las sonrisas dedicadas a su hijo— y las ojeras violáceas que delataban las noches en vela junto a su lecho. A pesar de todo, a pesar del dolor y la rabia que Myrelle sabía que bullían bajo esa superficie serena, la reina irradiaba una dignidad que helaba la sangre.
La boticaria sintió que su corazón dejaba de latir por unos segundos. Su mera presencia imponía incluso más que la del propio rey, aunque siempre quedara relegada a su sombra.
—Majestad —atinó a decir, con la voz entrecortada—. Yo... no esperaba...