El príncipe Lyrion volaba sobre Nivaria para vigilar cómo se encontraba la ciudad. Había decidido salir temprano desde palacio porque hoy no tenía tantas actividades que hacer y se podía dar ese lujo de vez en cuando. Cuando embarcó el vuelo, el viento helado le azotaba el rostro, pero Lyrion apenas lo sentía. Sus años de entrenamiento habían curtido su piel y la sangre de los reyes del norte corría por sus venas calentándolo desde dentro.
Sobre el lomo de Aelthar, con las escamas blancas del dragón brillando bajo el sol pálido de la mañana, se sentía más libre que en ninguna sala del trono.
—Más despacio, amigo —murmuró, acariciando el cuello de la bestia—. Quiero ver bien.
Aelthar respondió con un ronroneo y ajustó el vuelo. Desde esa altura, Miravar se extendía bajo ellos como un tapiz de hielo y piedra: las torres del palacio, los tejados de las casas, las calles nevadas por donde los ciudadanos comenzaban a moverse. Las plazas despertaban con los primeros comerciantes, los niños correteaban entre la nieve recién caída, y el humo de las chimeneas se elevaba en columnas perezosas hacia el cielo gris.
Todo parecía en orden. Todo tranquilo.
Como siempre.
Lyrion suspiró. Llevaba semanas sintiendo que algo faltaba. O quizá no era que faltara, sino que sobraba: las obligaciones, las lecciones, los entrenamientos, las reuniones con su padre. El rey Daerion no era un hombre cruel, pero sí exigente. Y Lyrion, como heredero, debía estar a la altura. A veces esas expectativas lo abrumaba más de lo debido.
—Hoy no tenemos prisa —dijo en voz alta, más para sí mismo que para el dragón—. Volvamos sobre el valle antes de regresar.
Aelthar batió las alas con fuerza y viró hacia el norte.
El Valle de Cristal de Zyrrik apareció ante ellos como un sueño. Los cristales gigantes que brotaban del suelo como árboles de hielo reflejaban la luz del sol en mil destellos azules, verdes, dorados. Algunos eran tan altos como torres, otros pequeños como arbustos, pero todos vibraban con una energía propia, un zumbido apenas perceptible que los jinetes aprendían a reconocer desde niños.
Lyrion descendió un poco para observar mejor.
El valle bullía de actividad.
En la zona norte, un grupo de los más jóvenes —apenas niños de diez u once años— aprendía a cepillar a sus dragones. Las crías, del tamaño de caballos grandes, se dejaban hacer con paciencia mientras sus jinetes repasaban cada escama con cepillos de cerdas suaves. Uno de ellos, un chico de pelo oscuro y expresión concentrada, limpiaba con tanto esmero a su dragona verde que parecía estar puliendo una joya.
—¡Edrik, que no es de cristal! —le gritó otro desde lejos—. ¡No hace falta que la dejes brillante!
El tal Edrik levantó la vista, sonrojado, pero siguió cepillando con el mismo cuidado. Su dragona, una hembra de escamas esmeralda, cerró los ojos con placer.
Lyrion sonrió con cierta nostalgia. Él también había sido así a esa edad: obsesivo, perfeccionista, siempre empeñado en que Aelthar fuera el dragón más limpio, más fuerte y más rápido de todo Nivaria. Ahora sabía que había algo más importante que la perfección.
Dirigió la mirada al centro del campo y vio al grupo practicando el despegue. Probablemente era una de las actividades más difíciles; un mal cálculo podría enviarte directo al suelo, con la boca llena de nieve y un doloroso recordatorio de tus límites.
Sus ojos se detuvieron en una chica de trenzas rubias que lo intentaba por tercera vez. Las dos primeras, concluyeron con ella de bruces en la nieve. En el tercer intento, logró aferrarse al lomo de su dragón gris, aunque apenas. Quedó colgando de lado, pataleando en el aire mientras la bestia tomaba impulso y despegaba, lanzando un rugido que parecía desafiar al cielo mismo.
—¡Brynja, sujétate con las piernas! —le gritó el instructor desde abajo—. ¡Las piernas, no los brazos!
La chica ajustó la postura y logró enderezarse justo antes de que el dragón iniciara un giro. Desde arriba, Lyrion pudo ver su sonrisa de triunfo.
—Buena chica —murmuró.
Aelthar gruñó, como si estuviera de acuerdo.
Siguieron sobrevolando. En la zona este, los más avanzados —jóvenes de quince y dieciséis años— practicaban formación de vuelo. Cinco dragones volaban en perfecta sincronía, girando al unísono, ascendiendo y descendiendo como si fueran uno solo. Lyrion reconoció al líder: un chico llamado Dain, de expresión seria y movimientos precisos. Su dragón, un macho de escamas azul profundo, era uno de los más prometedores de su generación.
—Bien —aprobó Lyrion en voz baja—. Muy bien.
Aelthar emitió un sonido que podía interpretarse como orgullo. Él había entrenado a muchos de esos dragones cuando eran crías. Los conocía a todos por sus nombres, por sus colores, por sus personalidades. Era el patriarca del valle, el dragón más viejo y sabio de todos.
—Vamos abajo —dijo Lyrion—. Quiero verlos de cerca.
Aelthar inició el descenso con la suavidad de quien ha hecho ese movimiento miles de veces. Aterrizaron en el claro principal, donde la nieve estaba pisoteada por cientos de huellas y el suelo mostraba las marcas de los despegues y aterrizajes. Nada más posarse, varios de los jóvenes se giraron. Sus ojos se abrieron como platos al reconocer al príncipe y a su dragón.