Un mal presentimiento se instaló en el príncipe en pleno vuelo de regreso. Su dragón rugió, como si él también lo hubiese notado. Lyrion acarició el cuello de Aelthar con mano firme, sintiendo la tensión en sus músculos, la forma en que sus alas batían con más fuerza de lo necesario.
—Tranquilo —murmuró—. Ya lo sé. Yo también lo siento.
No obstante, no quería preocuparse en demasía. O, al menos, intentarlo. Los presentimientos no gobernaban su vida. Las decisiones, sí. Y había tomado la decisión de no dejarse llevar por el miedo. Aelthar gruñó de nuevo, más suave esta vez, como si aceptara las palabras de su jinete aunque no las compartiera del todo.
El viaje de vuelta transcurrió en silencio. Lyrion observó el paisaje desde las alturas y de nuevo, la misma sensación de tranquilidad en Nivaria lo inundó, a pesar de su regocijo interior.
Cuando el palacio de Glacemor apareció en el horizonte, sintió el peso de las obligaciones cayendo sobre sus hombros como una capa de plomo. Las torres de hielo tallado, los ventanales que reflejaban la luz mortecina, los centinelas en las murallas... todo le hablaba de deber, de protocolo, de la vida que le había tocado y no había elegido. El dragón aterrizó en la torre principal con la suavidad de siempre. Lyrion desmontó y acarició el hocico de su dragón antes de separarse de él.
—Descansa —dijo.
Aelthar parpadeó lentamente, un gesto que Lyrion interpretó como un «cuídate», y se dejó llevar por los cuidadores que ya se acercaban con cepillos y cubos de agua. Lyrion se dirigió a sus aposentos. El pasillo era largo, flanqueado por antorchas de fuego azulado y tapices que narran las gestas de sus antepasados. Reyes y reinas de Nivaria, jinetes de dragón, conquistadores de glaciares. Todos lo miraban desde sus hilos bordados con ojos severos.
Bajó la vista. No necesitaba más presión.
En su habitación, el silencio era absoluto. Se dejó caer en una silla junto a la ventana y miró hacia el norte, hacia el valle que ya no podía ver pero que sabía que estaba allí, con sus cristales, sus jóvenes jinetes y su entrenamiento diario. En mitad de sus cavilaciones, un golpe en la puerta lo arrancó de ellas.
—Adelante.
Entró un criado joven, de esos que siempre parecían nerviosos en su presencia.
—Alteza, su padre le espera en la sala del trono. Ha llegado un mensaje.
Lyrion frunció el ceño.
—¿De quién?
—Del sur, alteza. De Lythara.
El corazón le dio un vuelco. Lythara. El reino de los bosques, de las flores, de la magia orgánica. El reino con el que mantenían una alianza frágil, basada más en la distancia que en la voluntad. ¿Qué querían ahora? Se levantó y siguió al criado por los pasillos. Notó al palacio más silencioso de lo habitual, como si todos estuvieran conteniendo el aliento. Oró para sí mismo, deseando que solamente fuera su imaginación.
Cuando entró en la sala del trono, su padre estaba de pie junto al trono, con un pergamino en la mano. El rey Daerion era un hombre imponente: alto, de hombros anchos, cabello cano y los ojos del color del hielo antiguo. Al ver a Lyrion, levantó la vista.
—¿Sabes lo que es esto? —preguntó, sin preámbulos.
Lyrion negó con la cabeza.
—Una carta del rey Rhadamir de Lythara —dijo Daerion, y su voz tenía un tono que Lyrion no supo interpretar—. Pide audiencia para una enviada. Una boticaria.
—¿Una boticaria? —repitió Lyrion, desconcertado—. ¿Para qué?
Daerion lo miró fijamente. Sus ojos de hielo antiguo parecían atravesarlo, buscar en lo más hondo de su ser una reacción que Lyrion ni siquiera sabía si iba a tener.
—Para verte a ti —dijo el rey, con voz grave—. Pertenece a la saga de los Calder.
El silencio se instaló en la sala como una losa. Lyrion sintió que el suelo se movía bajo sus pies.
Los Calder. Conocía ese nombre. Lo había escuchado en las historias que los ancianos contaban junto al fuego, en las leyendas que los cuidadores de dragones susurraban a los jóvenes jinetes. Una saga de boticarios del sur, vinculada a Lythara desde hacía generaciones. Se decía que conocían secretos de las flores de icor que ni los propios reyes del sur dominaban. Se decía que habían curado a reyes, que habían salvado linajes enteros, que habían visto cosas que nadie más había visto.
Y ahora una de ellos venía a Nivaria.
—¿A mí? —preguntó Lyrion, con la voz más temblorosa de lo que le habría gustado—. ¿Por qué?
Daerion sostuvo su mirada sin pestañear.
—No lo dice. Solo pide que la recibas. Que la escuchas.
Lyrion arqueó una ceja, incrédulo.
—¿Desde cuándo...? —empezó, pero su padre no le dejó terminar.
—El príncipe Eryon se encuentra entre la vida y la muerte, hijo.
La frase cayó como un puñetazo en el estómago de Lyrion. Eryon. El príncipe heredero de Lythara. Un muchacho de su edad, según decían las crónicas, de sonrisa fácil y trato amable. Nunca se habían visto, apenas cruzaban cartas protocolarias en los solsticios, pero su nombre era conocido en la corte del norte. Se decía que su madre, la reina Thalia, lo adoraba por encima de todo. Se decía que su pueblo lo quería como a un hijo.