El sol aún no había salido cuando los criados entraron en sus aposentos.
Lyrion los sintió antes de verlos: el rumor de pasos amortiguados, el chasquido de las cortinas al descorrerse, el tintineo de las bandejas al posarse sobre las mesas. Abrió un ojo, resentido, y se encontró con la silueta de tres doncellas moviéndose con la precisión de un ejército.
—Buenos días, alteza —dijo la mayor de ellas, una mujer de cabello cano llamada Sigrid que llevaba sirviendo desde que tenía uso de razón—. El baño está listo y su padre espera verle en el salón de audiencias dentro de dos horas.
Lyrion gimió y se cubrió la cara con la almohada.
—Son las seis de la mañana.
—Y tiene mucho que hacer, alteza. Venga, levántate.
No hubo réplica posible. Cuando Sigrid usaba ese tono, lo mejor era obedecer.
Se incorporó con la lentitud de quien arrastra el peso de la noche, y las doncellas se abalanzaron sobre él como aves rapaces. En cuestión de minutos lo despojaron de la ropa de dormir, lo condujeron al baño de agua caliente, lo enjabonaron, lo aclararon, lo secaron y lo vistieron con una precisión que rozaba lo militar.
—¿No puedo vestirme solo? —protestó débilmente, mientras Sigrid ajustaba los pliegues de su túnica.
—Puede, alteza. Pero tardaría el doble y llegaría tarde.
Lyrion suspiró. Era cierto. El protocolo de Nivaria era exigente, y las prendas que debía lucir —capas forradas de piel, broches de cristal tallado, botas de cuero repujado— requerían una destreza que él nunca había llegado a dominar.
Cuando por fin estuvo listo, se miró en el espejo de obsidiana pulida que colgaba en un rincón. El reflejo le devolvió la imagen de un príncipe: erguido, ataviado con los colores de su casa, el cabello oscuro peinado hacia atrás. Pero sus ojos... sus ojos decían otra cosa.
—¿Ocurre algo, alteza? —preguntó Sigrid, detectando su expresión.
—No —mintió—. Nada.
Salió de la habitación antes de que pudieran hacer más preguntas.
El pasillo estaba ya lleno de actividad. Los criados iban y venían con bandejas, documentos, jarrones y telas. Los cortesanos comenzaban a desperezarse, asomando sus rostros aún soñolientos por las puertas entreabiertas. Y en el centro de todo, como una araña en su tela, el mayordomo real aguardaba con una lista en la mano.
—Alteza —dijo, inclinándose—. Tengo su agenda para hoy.
Lyrion tragó saliva.
—Dispara.
—A las ocho, reunión con el consejo para ultimar los detalles del baile. A las nueve y media, prueba de vestuario con los sastres de la corte. A las once, almuerzo con la casa Theryn —el mayordomo bajó la voz—. Traen a su hija menor.
Lyrion contuvo un suspiro. La casa Theryn. Una de las más poderosas del reino, con vastas extensiones de tierra en el oeste y una flota de barcos balleneros que controlaba el comercio del norte. Su hija menor, Freydis, era conocida en toda la corte por su belleza y por la ambición de su padre. Según los rumores, llevaba años preparándose para este momento.
—Continúa —dijo Lyrion, con voz neutra.
—A la una, visita a los establos de dragones para supervisar el estado de las monturas de los invitados. A las tres, reunión con el embajador de los clanes del oeste. A las siete, ensayo general del baile en el gran salón. A las nueve...
—Basta —lo interrumpió Lyrion—. Me hago una idea.
El mayordomo inclinó la cabeza y se retiró, dejándolo solo en medio del pasillo.
Lyrion miró el techo un instante, preguntándose por qué los dioses habían decidido que los príncipes no pudieran tener vida propia. Luego enderezó la espalda y se dirigió al salón de audiencias.
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La reunión con el consejo fue tan tediosa como siempre.
Los nobles se sentaban en semicírculo alrededor de la mesa principal, cada uno con su expresión seria y sus documentos listos. Eran doce en total, los hombres y mujeres más poderosos de Nivaria después de la familia real, y todos tenían algo que decir. Y decirlo. Y volverlo a decir, por si acaso no había quedado claro.
El consejero de protocolo, un hombre menudo llamado Orin, fue el primero en tomar la palabra.
—La disposición de las mesas es fundamental —anunció, desplegando un enorme plano sobre la mesa—. La casa Theryn no puede estar cerca de la casa Vaelris, recordarán el incidente del año pasado. Aquella discusión por los derechos de caza en los glaciares del este casi termina en duelo. Pero tampoco pueden estar demasiado lejos, porque entonces se ofenderán. He propuesto situarlas en ángulo, de modo que puedan verse pero no interactuar directamente.
—¿Y eso no resulta... evidente? —preguntó la consejera de finanzas, una mujer de mirada afilada llamada Ludva.
—Es protocolo, querida. Todo es evidente. La cuestión es que parezca accidental.
Lyrion apoyó la mejilla en la mano y trató de parecer interesado. La discusión se prolongó durante cuarenta minutos. Cuarenta minutos sobre ángulos de mesas, distancias entre sillas, orientación de los manteles y color de las flores. Luego pasaron al orden de los bailes, y el debate se volvió más intenso.