Durante las siguientes horas, una ventisca invernal golpeó toda Nivaria.
Las ventanas golpeaban salvajemente contra sus marcos, sacudidas por ráfagas de viento que aullaban como lobos heridos. La nieve caía sin piedad, acumulándose en los alféizares, cegando los cristales, borrando los caminos. En el valle de Zyrrik, los jóvenes jinetes se refugiaron en las cuevas de cristal, acurrucados junto a sus dragones para entrar en calor. En los acantilados del norte, los grifos árticos se apretujaban en sus nidos, protegiéndose unos a otros con sus cuerpos emplumados. Y en Miravar, la capital, la ciudad entera se recogió en sus casas, esperando que el temporal amainara.
Lyrion observaba la tormenta desde su ventana, con la frente apoyada contra el cristal helado. El frío se colaba por las rendijas, pero él apenas lo notaba. Llevaba así más de una hora, desde que el primer golpe de viento sacudió los muros del palacio.
Algo le inquietaba. No sabía qué. Solo que no podía apartar la mirada de ese blanco infinito que borraba el horizonte.
—Es solo una tormenta —murmuró para sí—. Ha habido cien iguales.
Pero no era solo una tormenta. Lo sabía. Lo sentía en los huesos.
La carta de su padre resonaba en su memoria. La boticaria del sur. La saga de los Calder. La flor que sólo crecía en Zyrrik. Y esa muchacha, Myrelle, que había cruzado medio continente para encontrarse con él.
¿Dónde estaría ahora? ¿Habría logrado llegar a la frontera antes de que la ventisca la alcanzara? ¿Estaría refugiada en algún pueblo, esperando que el tiempo mejorara? ¿O estaría ahí fuera, luchando contra la nieve, empeñada en llegar cuanto antes?
Un golpe en la puerta lo sacó de sus cavilaciones.
—Adelante.
Entró un criado joven, con el rostro enrojecido por el frío y un pergamino en la mano.
—Alteza, ha llegado un mensaje de la frontera.
Lyrion se giró rápidamente.
—¿De la frontera? ¿Con esta tormenta? ¿Cómo?
—Un jinete de los puestos avanzados. Salió antes de que la ventisca se cerrara del todo. Dice que es urgente.
Lyrion tomó el pergamino y lo desplegó con manos temblorosas. No sabía por qué temblaba. Quizá era el frío. Quizá no.
La letra era tosca, de alguien más acostumbrado a empuñar una espada que una pluma:
«A su alteza real, el príncipe Lyrion de Nivaria:
En el puesto fronterizo de Cryndral se presenta una mujer joven que dice llamarse Myrelle Calde, natural de Lythara. Porta una carta con el sello del rey Rhadamir y solicita audiencia con su alteza. Afirma que su misión es urgente y que no puede esperar.
La tormenta nos impide enviarla a Miravar, y ella se niega a buscar refugio en otro lugar. Permanece en el puesto, esperando noticias.
Solicitamos instrucciones.
Capitán Hroar, guarnición de Cryndral».
Lyrion leyó el mensaje dos veces. Luego una tercera.
Estaba ahí. En la frontera. Esperando.
Con esta tormenta, en un puesto perdido entre las montañas, una muchacha del sur que nunca había visto nieve en su vida aguardaba a que él decidiera si podía entrar o no.
—¿Qué hacemos, alteza? —preguntó el criado.
Lyrion miró por la ventana. La ventisca seguía azotando los muros. Los cristales vibraban con cada ráfaga. Salir ahora era imposible. Ni siquiera los dragones más fuertes podrían volar con este tiempo.
Pero ella estaba ahí. Esperando.
—Preparad un mensaje de vuelta —dijo—. Que la dejen entrar en el puesto, que le den comida y abrigo. Que espere.
—¿Nada más, alteza?
Lyrion dudó un instante. Luego tomó una pluma y un pergamino y escribió de su puño y letra:
«Capitán Hroar:
Atended a la viajera como si fuera de la realeza. Dadle todo lo que necesite. Y decidle... decidle que en cuanto la tormenta amaine, iré a recibirla yo mismo.
Lyrion».
Dobló el pergamino, lo selló con su anillo y se lo entregó al criado.
—Que salga ahora mismo. Antes de que la tormenta empeore.
El criado inclinó la cabeza y salió corriendo. Sus pasos se perdieron en el pasillo, ahogados por el aullido del viento que seguía golpeando los muros del palacio. Lyrion se quedó solo otra vez, mirando la nieve caer. En su mente, imaginaba a esa muchacha desconocida acurrucada en un puesto fronterizo, temblando de frío, preguntándose si alguien acudiría a su llamada.
No habían pasado ni diez minutos cuando la puerta volvió a abrirse. Pero esta vez no era un criado.
Su padre entró sin anunciarse, algo que solo él podía hacer. El rey Daerion vestía ropa de estar por casa —una túnica oscura de lana gruesa, sin los adornos ni las pieles que solía lucir en las audiencias—, pero su presencia llenaba la estancia igualmente. Siempre era así. Daerion no necesitaba coronas para parecer un rey.
—He oído que enviaste un mensaje a Cryndral —dijo, sin preámbulos.