La tormenta amainó tan repentinamente como había llegado. Lyrion frunció el ceño, pues esperaba que esta durase más. Sin embargo, esta vez no le importó despertarse pronto ante la ausencia del viento y el traqueteo de las ramas de los árboles desnudos en su ventana. Sintió el silencio como una paz un tanto extraña. Ese silencio profundo que solo se produce cuando el viento deja de aullar y la nieve deja de golpear los cristales. Se incorporó en la cama, todavía envuelto en las mantas, y escuchó. Nada. Ni un solo golpe contra los ventanales.
Se levantó de un salto, sin esperar a que Sigrid viniera a buscarlo, y se asomó a la ventana.
El mundo era blanco. Blanco hasta donde alcanzaba la vista. Los tejados de Miravar desaparecían bajo un manto espeso, las calles eran canales de nieve, los árboles del jardín real se doblaban bajo el peso del hielo. Pero el cielo, por primera vez en días, comenzaba a despejarse. Entre las nubes grises se colaban algunos rayos de sol, débiles pero esperanzadores.
Sumido en sus pensamientos, salió al pasillo antes de que los criados pudieran atraparlo. Necesitaba vestirse, necesitaba organizar la escolta, necesitaba llegar a Cryndral antes de que Myrelle pensara que la habían olvidado.
—¡Alteza! —la voz de Sigrid lo alcanzó cuando ya doblaba la esquina—. ¿Dónde va? ¡Ni siquiera ha desayunado!
—¡Luego! —gritó sin volverse.
Pero Sigrid era más rápida de lo que aparentaba. Antes de que Lyrion llegara a las escaleras, la mujer se plantó delante de él con los brazos en jarras.
—Ni un paso más, alteza.
—Sigrid, no tengo tiempo para...
—Sí lo tiene —lo cortó ella con firmeza, plantándose delante de él con los brazos cruzados—. Va a presentarse ante una enviada extranjera, ¿y quiere hacerlo con la ropa de dormir? Porque eso es lo que lleva puesto.
Lyrion miró hacia abajo. Su túnica de noche, fina y arrugada. Sus pies descalzos sobre la piedra fría. Su cabello alborotado, lleno de nudos por la noche de insomnio.
—Maldición —murmuró.
—Eso mismo. Ahora, vuelva a sus aposentos. Le vestiré como corresponde, le daré un desayuno rápido y luego podrá ir a buscar a su boticaria. Pero no antes.
Lyrion abrió la boca para protestar, pero Sigrid levantó una ceja con esa expresión que solo una criada que llevaba mucho tiempo en palacio, sabía poner. La misma que le había visto usar con su padre, con los embajadores, incluso con el sumo sacerdote cuando intentó cambiar la fecha de una ceremonia.
Cerró la boca.
Maldiciendo para sus adentros, volvió a su habitación para seguir con el protocolo tan ridículo que a veces sentía. Porque sí, era ridículo. Allí estaba él, príncipe de Nivaria, jinete de Aelthar, heredero del trono de hielo, y no podía salir a recibir a una viajera sin pasar primero por el ritual matutino de Sigrid.
En sus aposentos, la mujer se movió con la eficiencia de un general en batalla. En quince minutos —que a Lyrion se le hicieron eternos—, estuvo bañado, vestido y alimentado. La ropa que eligió para él no era la de gala —no iba a una recepción oficial— pero tampoco era la de diario. Lo vistieron con una túnica oscura de lana fina, ceñida en la cintura por un cinturón de cuero repujado. Pantalones de montar de cuero reforzado, flexibles pero resistentes, perfectos para pasar horas sobre el lomo de un dragón. Una capa forrada de piel gris que le cubría los hombros y caía hasta media espalda, abrigada sin resultar pesada. Botas altas hasta la rodilla, de piel curtida y suela gruesa, capaces de resistir la nieve y el hielo sin resbalar.
Tan práctico para un príncipe, tan práctico para un viaje de urgencia.
Cuando se miró en el espejo, Lyrion tuvo que admitir que Sigrid sabía lo que hacía. No parecía el heredero engalanado para una ceremonia, sino alguien listo para partir, para volar, para enfrentarse al frío y al viento sin perder la compostura.
Justo lo que necesitaba.
—¿Contento? —preguntó Lyrion con sorna mientras Sigrid ajustaba el broche de su capa.
—No —respondió ella sin levantar la vista—. Contento estaré cuando vuelva sano y salvo. Y cuando esa muchacha esté a salvo también. Ahora, vaya. Los jinetes de la escolta lo esperan en la torre desde hace una hora.
—¿Una hora? —Lyrion casi se atragantó—. ¿Y no me lo has dicho antes?
—No servía de nada. Primero lo primero.
Lyrion negó con la cabeza, pero no pudo evitar una sonrisa. Setenta años, canas, arrugas, y todavía más rápida y eficiente que cualquier criado joven. Y con más autoridad que la mitad de los nobles del reino.
—Gracias, Sigrid —dijo, esta vez en serio.
Ella lo miró un instante, y por un momento su expresión se suavizó.
—No me dé las gracias. Tráigase de vuelta a esa muchacha. Y no me la deje morir de frío por el camino.
Lyrion asintió y salió por fin al pasillo, sintiendo el peso de las horas perdidas. Pero en el fondo, sabía que Sigrid tenía razón. Un príncipe no podía presentarse hecho un desastre ante nadie. Ni siquiera ante una boticaria del sur que llevaba días esperando en la frontera.
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