Lyrion empezaba a dudar si su padre tenía razón.
Durante el vuelo de regreso, mientras los siete dragones surcaban el cielo gris en una perfecta formación, las palabras de Daerion resonaban en su cabeza una y otra vez. ¿Qué clase de boticaria prepara una cura que casi mata a un príncipe y luego es enviada a otro reino como si fuera la única esperanza? ¿Qué clase de rey confía en alguien que ya ha fracasado una vez?
Miró de reojo a la muchacha que volaba junto a él.
Myrelle iba montada en el dragón de Haldor, el jinete más veterano de la escolta. La bestia, una hembra de escamas grises llamada Vira, volaba con suavidad, adaptando su ritmo al de Aelthar. Myrelle iba agarrada a las escamas con una mezcla de terror y fascinación, los ojos muy abiertos, el cabello oscuro azotado por el viento.
Parecía tan frágil. Tan fuera de lugar. ¿Cómo podía ser ella la respuesta a todo? Lyrion espoleó suavemente a Aelthar y se acercó lo suficiente para hablar con la muchacha. A pesar de que estaba rompiendo el protocolo, ahora mismo le importaba poco.
—¿Myrelle?
Ella giró la cabeza con dificultad, aferrada como estaba al lomo del dragón.
—¿Sí?
—¿Puedo preguntarte una cosa?
Ella asintió, aunque su expresión mostraba cierta alarma. Probablemente no era fácil mantener una conversación en esas condiciones.
—El príncipe Eryon. —dijo Lyrion—. El heredero de Lythara. Según la carta de tu rey, lleva así casi dos semanas. ¿Cómo puede un hombre mantenerse con vida tanto tiempo en ese estado?
Myrelle tardó en responder. Sus ojos verdes se perdieron un instante en el horizonte, como si buscara la respuesta en las nubes.
—No lo sé —admitió al fin—. Y eso es lo que más me atormenta.
Lyrion frunció el ceño.
—¿Cómo que no lo sabes? Tú eres la boticaria. Tú preparaste la pócima.
—Preparé la pócima, sí —dijo ella, y su voz se tensó—. Pero lo que ocurrió después... no fue lo que esperaba. La flor reaccionó de una manera que no había visto nunca. El humo negro, las sombras... —se detuvo, como si las palabras le pesaran—. Debería haber muerto esa misma noche. Los médicos de la corte lo dijeron. Los sacerdotes lo dijeron. Todos lo dijeron.
—Pero no murió.
—No —confirmó Myrelle—. No murió. Y nadie sabe por qué.
Lyrion guardó silencio un instante, procesando la información. Un hombre al borde de la muerte que no terminaba de morir. Una profecía que hablaba de hijos del hielo y del bosque. Una boticaria que había fracasado pero que era enviada como única esperanza.
—¿Y si no fuera él? —preguntó de repente.
Myrelle lo miró, confundida.
—¿Cómo?
—Eryon. ¿Y si no fuera él quien...? —Lyrion dudó, sin saber muy bien cómo formular la pregunta—. La profecía habla de herederos, de hijos del hielo y del bosque. El heredero de Lythara es Eryon. El heredero de Nivaria soy yo. ¿Y si todo esto...?
Se interrumpió. Sonaba a locura. A paranoia. A las palabras de su padre metiéndose en su cabeza.
Pero Myrelle lo entendió antes de que terminara.
—¿Crees que la oscuridad podría venir también por ti? —preguntó en voz baja.
Lyrion no respondió. No hacía falta.
Myrelle lo miró largamente. Luego, con una determinación que no le conocía, dijo:
—Por eso estoy aquí. Por eso la profecía habla de nosotros. Por eso tu rey, el rey Daerion, aceptó recibirme. Porque si no llegamos a tiempo, si no encontramos lo que busco en Zyrrik... no será solo Eryon.
El viento helado cortaba el aire. Las montañas de Nivaria se extendían bajo ellos, blancas, infinitas, implacables. Lyrion sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con las bajas temperaturas a las que su cuerpo estaba acostumbrado.
—¿Y qué buscas exactamente en Zyrrik? —preguntó—. La carta de Rhadamir habla de una flor, pero no dice cuál ni dónde.
Myrelle dudó un instante.
—Una flor de icor —dijo—. Pero no una cualquiera. Una que solo crece donde la sangre de los antiguos cayó sobre hielo y cristal. Según... Según las historias que me contaron, en el valle de Zyrrik hay una. Si la encuentro, si preparo bien la pócima esta vez, puedo salvar a Eryon.
Lyrion asintió lentamente. Zyrrik. Su valle. El lugar donde entrenaba a los jóvenes jinetes, donde los cristales brillaban con luz propia, donde había aparecido ese cristal negro que lo inquietaba tanto.
—Te llevaré —dijo—. Pero primero tenemos que llegar a Miravar. Hay una cena esta noche, y mañana el baile.
Myrelle hizo una mueca.
—¿Protocolo? ¿Con todo lo que hay en juego?
—Más te vale acostumbrarte —respondió Lyrion con una media sonrisa—. En Nivaria, el protocolo es casi tan importante como respirar. Mi padre no dejará que vayas a Zyrrik sin antes presentarte en sociedad. Quiere verte, quiere evaluarte y sobre todo, quiere asegurarse de que no eres una amenaza.
—¿Y tú? —preguntó Myrelle, mirándolo fijamente—. ¿Tú también quieres asegurarte de que no soy una amenaza?