La cena transcurrió con una tensión impropia del lugar.
Myrelle no sabía qué hacer. Sus manos descansaban sobre el regazo, aferradas una a la otra como si temieran salir huyendo. Frente a ella, la mesa se extendía interminable: manteles de lino blanco, vajilla de plata, copas de cristal tallado que reflejaban la luz de las velas como pequeños soles. Olía a carne asada, a especias que no reconocía, a riqueza.
En Lythara, ella siempre estaba a la sombra. Lo había estado toda su vida. Iba al palacio a entregar sus ungüentos, sí, pero entraba por las puertas de servicio, cruzaba los pasillos secundarios, trataba con criados y doncellas. Nadie la miraba. Nadie reparaba en ella. Solamente se encargaba de su trabajo y volvía a su choza para seguir trabajando al día siguiente.
Aquello no era su mundo.
Y sin embargo, allí estaba.
Sentada a la misma mesa que el rey Daerion, que el príncipe Lyrion, que los nobles más poderosos de Nivaria. Todos la observaban. Todos esperaban algo de ella. Y ella no tenía ni idea de qué.
—¿No come, señorita Calder? —la voz del rey la sobresaltó.
Myrelle levantó la vista y se encontró con los ojos de hielo de Daerion clavados en ella. Fríos. Evaluadores. Como si estuviera diseccionándola con la mirada.
—Sí, majestad —atinó a decir—. Es decir, no. Quiero decir... sí, comeré. Ahora.
Cogió los cubiertos con torpeza y pinchó un trozo de carne que ni siquiera recordaba haber puesto en su plato. Notaba las manos temblorosas, la mirada de todos los presentes pesando sobre sus hombros.
A su izquierda, Lyrion inclinó ligeramente la cabeza hacia ella.
—Tranquila —murmuró, casi sin mover los labios—. Solo come. No hace falta que hables.
Myrelle asintió, agradecida, y se concentró en la comida. Pero era difícil ignorar las miradas. Especialmente la de la muchacha rubia sentada unos puestos más allá, que no apartaba los ojos de Lyrion ni un instante.
Freydis, de la casa Theryn. La candidata. Myrelle lo supo antes de que nadie se lo dijera. Había algo en la forma en que miraba al príncipe, en la sonrisa medida que le dedicaba, en la manera en que sus dedos acariciaban el borde de la copa como si acariciaran otra cosa.
—La casa Theryn —susurró Lyrion, confirmando sus sospechas—. No la mires mucho. Se lo tomaría como una invitación.
Myrelle apartó la vista rápidamente.
El rey Daerion carraspeó.
—Señorita Calder —dijo, alzando la voz para que todos escucharan—. Mi hijo me ha contado que viene usted de Lythara con una misión muy importante. Algo sobre una flor, según tengo entendido.
El silencio se hizo más profundo. Todos los comensales dejaron de fingir que no escuchaban.
Myrelle tragó saliva.
—Sí, majestad. Una flor de icor que crece en el valle de Zyrrik. Si la encuentro, puedo preparar una cura para el príncipe Eryon.
—¿El príncipe de Lythara? —preguntó Freydis, con una voz melosa que no engañaba a nadie—. He oído que está muy enfermo. Qué tristeza.
Myrelle asintió, sin saber qué añadir.
—Y usted —continuó Freydis, inclinándose ligeramente hacia ella— es la boticaria que lo atendió, ¿verdad? La que preparó la pócima que...
—Freydis —la cortó Lyrion, con un tono cortante que Myrelle no había escuchado antes.
La rubia sonrió, dulce como el veneno.
—Solo preguntaba, alteza. Curiosidad.
El ambiente se tensó aún más. Myrelle sintió que le faltaba el aire. Todos aquellos rostros, todas aquellas miradas, todos aquellos susurros que imaginaba pero no alcanzaba a oír.
«La que casi mata a un príncipe. La forastera. La intrusa».
—Lo que hizo mi señorita Calder en Lythara —dijo Daerion, retomando la palabra con autoridad— es asunto de Lythara. Lo que nos ocupa aquí es otra cosa. Ella viene con una carta del rey Rhadamir, con una petición formal, y ha sido recibida como invitada de la corona. Cualquier comentario que sugiera lo contrario será considerado una ofensa a esta casa.
Las palabras del rey cayeron como un jarro de agua fría. Freydis bajó la vista, aunque su sonrisa no desapareció del todo. Los demás comensales asintieron con gravedad, como si aquella advertencia fuera para todos, como si todos hubieran estado a punto de cruzar esa línea.
«Esto es tan diferente a Lythara», pensó la boticaria.
Su mente la transportó a las primeras horas cuando pisó el palacio. Apenas hacía unas horas, aunque le parecía una eternidad. Recordó el momento en que los dragones habían aterrizado en la torre principal, con ese rumor de alas que parecía sacudir el aire. Recordó a Lyrion ayudándola a desmontar, sus manos firmes sujetándola cuando las piernas le flaquearon después de tantas horas de vuelo.
Luego, los sirvientes correteando a su alrededor como hormigas asustadas. Voces que no entendía, órdenes que se gritaban en ese idioma áspero del norte, puertas que se abrían y cerraban sin cesar. La habían conducido a una habitación —otra habitación enorme, otra cama gigantesca, otras paredes que no conocía— y allí la habían dejado, pero solo por unos minutos.