—Sé que mi padre no es partícipe a verme contigo a solas —continuó Lyrion—. Mas... confío en que sepa que esto es necesario.
Myrelle asintió, sin saber muy bien qué responder. El pasillo se extendía ante ellos, flanqueado por antorchas de fuego azul que crepitaba suavemente. Las sombras bailaban en las paredes de piedra, y el eco de sus pasos se perdía en la distancia.
—¿Por qué no quiere que hable contigo? —preguntó al cabo de un rato.
Lyrion tardó en responder.
—Mi padre desconfía de todo lo que viene del sur. Siempre lo ha hecho. Para él, Lythara es un lugar de magia blanda y costumbres débiles. Gente que prefiere las flores a las espadas. Y tú... —la miró de reojo— tú eres la personificación de todo eso.
—¿Y tú? —preguntó Myrelle—. ¿También desconfías?
Lyrion la sostuvo la mirada un instante. Luego apartó los ojos.
—No lo sé —admitió—. Aún no.
La honestidad de la respuesta sorprendió a Myrelle. No era un «no» rotundo, pero tampoco un «sí» tranquilizador. Era la verdad. Y eso, de alguna manera, le pareció más valioso que cualquier promesa vacía.
—Entonces tendré que ganarme tu confianza —dijo—. Y la de tu padre.
—Suerte con eso —murmuró Lyrion, y aunque sus palabras eran secas, su tono tenía un dejo de ironía que casi parecía humano.
Siguieron caminando en silencio. Pasaron junto a una ventana enorme, y Myrelle no pudo evitar detenerse un instante. La luna iluminaba las montañas nevadas, los tejados de Miravar, las torres del palacio. Todo era blanco, plateado, helado. Tan distinto de los verdes bosques de Lythara.
—Es hermoso —dijo, sin pensar.
Lyrion se detuvo a su lado.
—¿El paisaje? Sí, supongo. Para los que nacen aquí, es solo... frío.
—Para mí es nuevo —repitió Myrelle.
Lyrion la miró un instante. Sus ojos, claros como el hielo, parecían buscar algo en ella. Luego volvió a caminar.
—Vamos —dijo—. Tus habitaciones están cerca. Y yo tengo que ir a ver a mi padre.
Myrelle lo siguió. Cuando llegaron a la puerta de su alcoba, Lyrion se detuvo.
—Descansa —dijo—. Mañana será otro día.
El príncipe inclinó la cabeza y se alejó pasillo abajo para la reunión con su padre, dejándola sola ante la puerta. Myrelle, por su parte, entró en la habitación y se dejó caer sobre la cama, totalmente agotada. La cena, las miradas, Freydis…Había sido demasiado para un sólo día.
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La sala del trono estaba vacía cuando Lyrion entró.
Bueno, no del todo. Su padre estaba allí, de pie junto a la gran chimenea, con las manos entrelazadas a la espalda y la mirada perdida en el fuego. Las llamas danzaban, proyectando sombras bailarinas sobre su rostro severo. Pero no había cortesanos, ni consejeros, ni criados. Solo ellos dos. Lyrion conocía esa táctica. Su padre siempre prefería las conversaciones a solas cuando quería decir algo importante. O desagradable.
—Has tardado —dijo Daerion sin volverse.
—He acompañado a la señorita Calder a sus habitaciones.
—Ya.
El rey se volvió lentamente. Sus ojos de hielo recorrieron a Lyrion de arriba abajo, como si buscara algo fuera de lugar. Luego señaló una silla junto al fuego.
—Siéntate.
Lyrion obedeció. Sabía que cuando su padre usaba ese tono, no había discusión posible.
Daerion se sentó frente a él, al otro lado de la chimenea. El fuego crepitaba entre ellos, lanzando chispas que se perdían en el tiro de la chimenea.
—¿Qué te parece? —preguntó el rey.
—¿La muchacha?
—No, el tiempo. —espetó malhumorado—. Claro que la muchacha.
El príncipe dudó, pues no sabía hacia dónde quería llegar su padre. Tampoco quería tantear en otros terrenos, así que, una vez más, optó por decir lo que realmente pensaba.
—Es... diferente —dijo al fin.
—¿Diferente? Explícate.
—No es lo que esperaba. Cuando leí la carta de Rhadamir, imaginé a alguien más... no sé. Más dura. Más política. Más acostumbrada a esto.
—¿Y en cambio?
—En cambio parece una persona normal. Asustada, incluso. Pero no se achanta. Cuando Freydis intentó provocarla en la cena, respondió con dignidad.
Daerion asintió lentamente.
—Lo vi. Y también vi cómo la mirabas.
Lyrion frunció el ceño.
—¿Cómo la miraba?
—Como si te resultara interesante. Como si fuera algo más que una misión.
El príncipe no supo qué responder. ¿Era cierto? Quizá. La muchacha de ojos verdes despertó algo en él. Curiosidad, desde luego. Y también una extraña sensación de que ambos estaban atrapados en el mismo juego, obligados a cumplir con papeles que no habían elegido.
—No sé de qué hablas —mintió.