Las casas nobles empezaron a llegar poco a poco a mitad de la tarde para el gran Baile del Invierno. Myrelle lo observaba todo desde la ventana de su alcoba, con la frente apoyada contra el cristal helado. Abajo, en la entrada principal del palacio, un desfile interminable de carruajes avanzaba con lentitud. Cada uno era más ostentoso que el anterior: lacados en colores oscuros, tirados por caballos de crines espesas mientras eran escoltados por jinetes con libreas bordadas en plata y oro.
Los nobles descendían con parsimonia, como si el frío no les afectara. Las mujeres, envueltas en pieles y sedas, levantaban la vista hacia las torres de Miravar con expresiones que iban del asombro a la posesión. Los hombres, erguidos como estacas, intercambiaban saludos breves mientras sus criados descargaban baúles y cofres.
«Parecen hormigas», pensó Myrelle.
Llevaba así más de una hora, observando. No podía evitarlo. Era la primera vez que veía algo así. En Lythara, las celebraciones eran más sencillas, más íntimas. Aquello era un despliegue de poder, de riqueza, de alianzas que se tejían y se rompían con cada sonrisa.
Un golpe en la puerta la sobresaltó.
—Adelante.
Entró una doncella que no había visto antes. Joven, de cabello rubio recogido en un moño severo, con el uniforme impecable de la servidumbre de palacio.
—Señorita Calder —dijo con una reverencia—. Los sastres han enviado su vestido para esta noche. ¿Desea probárselo?
Myrelle tragó saliva.
—¿Ya? Quiero decir... ¿ahora?
—El baile comienza en tres horas, señorita. Es mejor asegurarse de que todo está en orden.
Tres horas. Solo tres horas para prepararse para la noche más importante de su vida.
—Está bien —dijo—. Traedlo.
Asintió y desapareció. Un minuto después, regresó acompañada de dos criados que portaban una funda de tela blanca, larga y delicada. La colocaron sobre la cama con sumo cuidado y se retiraron.
—La señorita necesita ayuda para vestirse —dijo la doncella—. Me quedaré.
Myrelle asintió, aunque por dentro temblaba. Se acercó a la cama y, con manos temblorosas, abrió la funda.
El vestido era... increíble.
De un azul profundo, casi negro, como el cielo de Nivaria en las noches más claras. Estaba bordado con hilos de plata que dibujaban copos de nieve y estrellas diminutas, cientos de ellas, que brillaban con cada movimiento. El corpiño, ajustado, se adornaba con pequeñas piedras que parecían auténticos cristales de hielo. La falda caía en pliegues suaves hasta el suelo, amplia pero no exagerada, con una cola moderada que apenas rozaría el mármol.
Y junto al vestido, unos guantes largos del mismo tono azul, una capa corta forrada de piel blanca, y unas zapatillas de baile de satén, tan delicadas que Myrelle temió romperlas solo con mirarlas.
—Es precioso —susurró.
—Los sastres de la corte trabajan rápido —recalcó la criada con un deje de orgullo en sus palabras—. Y bien. ¿Necesita algo más, señorita? ¿Agua caliente para un baño? ¿Algo de comer antes de vestirse?
Myrelle negó con la cabeza. El estómago le daba vueltas solo de pensar en la noche que le esperaba.
—No —dijo—. Solo... solo ayúdame a vestirme.
La criada asintió y comenzó a prepararlo todo.
°❀⋆.ೃ࿔*:・°❀⋆.ೃ࿔*:・
Dos horas después, Myrelle estaba lista.
Se miró en el espejo de cuerpo entero que ocupaba una esquina de la habitación y casi no se reconoció. La mujer que la miraba desde el cristal tenía el cabello recogido en un elaborado moño, con pequeños broches de plata incrustados entre los mechones oscuros. Llevaba el vestido azul, los guantes, la capa de piel. Y en el cuello, el collar de plata y piedra azul que le habían puesto al llegar, el mismo que había querido quitarse pero que ahora entendía que formaba parte del uniforme.
Parecía una princesa.
Pero no lo era.
—Está hermosa, señorita —dijo la doncella, con una sinceridad que sorprendió a Myrelle—. El príncipe no podrá apartar los ojos de usted.
Myrelle se sonrojó.
—No es eso. No es... no es lo que piensas.
—Por supuesto, señorita —respondió la doncella, pero su sonrisa decía otra cosa.
Otro golpe en la puerta. Esta vez más firme.
—Adelante.
La puerta se abrió y apareció Lyrion.
También él iba vestido para la ocasión. Llevaba el traje azul glaciar que los sastres le habían preparado, el que mejor le sentaba, con bordados de plata que dibujaban dragones en vuelo. La piel blanca en los hombros le daba un aire imponente, y su cabello oscuro, peinado hacia atrás, dejaba al descubierto sus ojos claros.
Por un instante, ambos se miraron sin decir nada.
—Guau —dijo Lyrion al fin.
Lyrion sonrió.
—Estás... quiero decir, el vestido... te queda bien.
—Gracias. Tú también.