La noche se hizo realmente larga. Lyrion tuvo que beber varias copas para poder soportarlo. Notaba cómo el alcohol se iba metiendo en sus venas y su piel iba adquiriendo un tono rosado. Mas no le importó. La noche se hizo realmente larga.
Lyrion tuvo que beber varias copas para poder soportarlo. Notaba cómo el alcohol se iba metiendo en sus venas y su piel iba adquiriendo un tono rosado. Mas no le importó.
—Alteza, ¿me concede este baile? —la voz melosa de Freydis lo sacó de su ensimismamiento.
La rubia estaba frente a él con una sonrisa que pretendía ser encantadora pero que a Lyrion le parecía un cepo disfrazado de mujer. Su vestido era plateado, tan brillante que dolía mirarlo directamente, y llevaba el pelo recogido en un elaborado moño del que colgaban diminutos cristales que tintineaban con cada movimiento. Detrás de ella, lord Theryn observaba la escena con una satisfacción mal disimulada, como si ya estuviera contando los nietos que le darían.
—Por supuesto —mintió Lyrion, tendiéndole la mano.
Bailaron. O más bien, Freydis bailó y Lyrion se dejó llevar, moviendo los pies con la precisión de quien ha recibido demasiadas clases pero ninguna emoción. La rubia se pegaba más de lo necesario, sus dedos se enredaban en las suyas, su risa sonaba cada dos por tres como campanillas de alerta. Olía a un perfume dulzón, empalagoso, que a Lyrion le recordó a las flores del sur que tanto desconfiaba su padre.
—Mi padre dice que pronto hablaremos de alianzas —comentó ella, mientras giraban—. Las cosechas en el oeste han sido buenas este año. Y los caminos comerciales con los clanes del hielo están más seguros que nunca. Sería una pena no aprovechar... ciertas oportunidades.
Lyrion asintió sin escuchar. Sus ojos buscaban a Myrelle entre la multitud. La vio al fondo, sentada junto a Dain, conversando animadamente. Al menos ella estaba bien. Dain parecía hacerle reír, y eso era más de lo que él había conseguido en toda la noche.
—...y por supuesto, la casa Theryn siempre ha sido leal a la corona —continuaba Freydis—. Mi abuelo luchó junto al vuestro en la Guerra de los Glaciares. Perdió una mano por ese hielo, ¿sabía? Pero nunca se quejó. Decía que servir a Nivaria era un honor. Eso debería contar para algo, ¿no cree, alteza?
—Por supuesto —repitió Lyrion, con la misma entonación vacía.
Cuando la canción terminó por fin, se separó de Freydis con una reverencia más rápida de lo protocolario. Ella intentó retenerlo un instante, sus dedos aferrándose a los suyos, pero él se liberó con suavidad pero firmeza.
—Ha sido un placer —dijo, y se escabulló antes de que ella pudiera reclamar otro baile.
No tuvo tanta suerte con la siguiente.
Apenas dio tres pasos cuando una mano firme se posó sobre su hombro. Lyrion se giró y se encontró con lord Vaelris, un hombre de hombros anchos y expresión seria, conocido en toda la corte por su falta de sentido del humor y su devoción por las tradiciones. A su lado, una muchacha de cabello castaño y mirada tímida lo observaba con esperanza y terror a partes iguales.
—Alteza —dijo Vaelris, con voz grave—. Mi hija Brynja lleva toda la noche esperando bailar con usted. Le he dicho que el príncipe no olvida a quienes lo han servido, pero ella es tan tímida...
Brynja. La recordaba del valle. Era una buena jinete, de las que se levantaban después de cada caída, de las que no se quejaban aunque tuvieran la ropa empapada y los dedos entumecidos. Pero en el baile parecía otra persona: rígida, incómoda, atrapada en un vestido verde que no le quedaba del todo bien y que claramente no había elegido ella.
—No se preocupe, hablaré primero con ella —dijo Lyrion, y esta vez no mintió del todo.
El príncipe esbozó una sonrisa mientras se acercaba a Brynja. La joven, además de tímida, era muy torpe y Lyrion aguantó reírse delante de ella.
—Lo siento, alteza —murmuró—. No sé por qué mi padre insiste en esto. Yo no sirvo para bailes. En el valle soy otra persona, pero aquí... Aquí no sé ni dónde poner los pies.
—Yo tampoco —respondió Lyrion, y ella lo miró sorprendida.
—¿Cómo dice?
—Que preferiría estar en el valle. Volando. Entrenando. Cualquier cosa antes que esto.
Brynja sonrió. Fue una sonrisa pequeña, auténtica, la primera que Lyrion veía en toda la noche.
—Yo también —confesó—. Pero mi padre dice que una dama debe saber moverse en sociedad. Que los jinetes están bien para el valle, pero que aquí se necesita otra cosa. Y que usted... bueno, que usted necesita una esposa adecuada.
Lyrion sintió una punzada de fastidio. No contra Brynja, sino contra todos esos padres que veían a sus hijas como mercancía para escalar posiciones.
—¿Y tú qué crees?
Ella dudó. Sus ojos castaños se encontraron con los suyos por primera vez sin timidez.
—Creo que usted necesita a alguien que lo entienda —dijo Brynja, con una voz tan baja que Lyrion casi tuvo que inclinarse para escucharla—. No solo que lo soporte. Alguien que sepa lo que es volar, lo que es sentir el viento en la cara y no querer bajar nunca. Pero no sé si eso existe en ninguna de estas salas.
Lyrion la miró con nuevos ojos. Por lo poco que había hablado con la muchacha, se dio cuenta que Brynja no era como las otras. No tenía la ambición descarada de Freydis, ni la calculada dulzura de las candidatas de las casas menores. Era sincera. Y eso, pensó, era más valioso que todo el oro de Nivaria. Se dio cuenta de que el nuevo vals estaba llegando a su fin, pues las parejas comenzaron a separarse con reverencias y sonrisas muy medidas. El príncipe supo que en breve, otro grupo de nobles se acercaría a él para reclamar su atención, para presentarle a otra hija o para seguir tejiendo esa red de intereses que lo ahogaba.