Las flores de Icorath

21

La mañana siguiente al baile amaneció gris y helada, como si el cielo también quisiera recuperarse de la noche anterior.

Lyrion no había dormido bien. Su mente viajaba de recuerdo en recuerdo sin encontrar descanso: las horas en el balcón con Brynja, la conversación con Myrelle, las copas de vino, las sonrisas falsas, las miradas evaluadoras. Todo le daba vueltas en la cabeza mientras intentaba encontrar postura en la cama. Cuando por fin el sueño llegó, ya casi amanecía.

Y ahora estaba ahí, de pie en la torre de los dragones, con Aelthar frotando su enorme cabeza contra su hombro como si llevara años sin verlo.

—Lo sé, lo sé —murmuró Lyrion, acariciando las escamas blancas—. Ayer no pudo ser. Demasiado baile, demasiada gente, demasiado todo.

El dragón resopló, una nube de vaho helado que envolvió al príncipe por completo. Era su forma de decir «te perdono, pero no lo vuelvas a hacer».

—¿Me acompañarás a Zyrrik? —preguntó Lyrion en voz baja—. Vamos a necesitarte.

Aelthar parpadeó lentamente. Un sí, en su idioma.

—Bien. Porque no sé muy bien lo que nos espera allí.

Pasó un buen rato cepillando a su dragón, repasando cada escama con movimientos lentos y precisos. Era su momento de paz, el único del día en que nadie le pedía nada. Sin embargo, hoy los pensamientos no le dejaban respirar. Se arremolinaban en su cabeza como una tormenta, empujándolo en todas direcciones sin dejarle un instante de calma.

Necesitaba hablar con alguien. Alguien que no fuera su padre, que no fuera Myrelle, que no fuera ninguna de las candidatas.

«Haldor», pensó de pronto. Se despidió de su dragón, prometiéndole que volvería pronto, y bajó las escaleras de la torre con paso decidido.

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Lo encontró en la zona de entrenamiento de los jinetes jóvenes, observando a un grupo de muchachos que intentaban que sus dragones ejecutaran un giro cerrado. Haldor tenía los brazos cruzados y el ceño fruncido, su expresión habitual cuando las cosas no salían como él quería.

—¡Torvin, más suave! —gruñó—. Que no es una batalla, es un giro. Si lo fuerzas, se desestabiliza. El dragón no es una espada, es tu compañero. ¿O acaso quieres que desconfíe de ti?

El muchacho, un chico pelirrojo de unos trece años, asintió sonrojado y volvió a intentarlo. Esta vez el giro salió más limpio, aunque aún lejano de la perfección.

—Haldor —lo llamó Lyrion desde atrás.

El jinete veterano se giró. Al ver al príncipe, su expresión cambió ligeramente. No era una sonrisa, claro —Haldor no sonreía—, pero sí un reconocimiento. Ese pequeño gesto que solo reservaba para quienes respetaba.

—Alteza. ¿No debería estar descansando después de anoche?

—Debería —admitió Lyrion—. Pero necesito hablar contigo.

Haldor lo miró un instante. Luego, sin decir nada, se giró hacia los jóvenes.

—¡Descanso! Diez minutos. Si alguien toca a su dragón sin permiso, lo castigo sin vuelo una semana. Y ya saben que no es una amenaza vacía.

Los muchachos asintieron, aliviados, y se dispersaron hacia las zonas de sombra. Haldor señaló un banco de piedra apartado, cerca de los establos, donde el ruido llegaba amortiguado.

—Siéntese, alteza. Esto pinta largo.

Se sentaron. El frío de la piedra se coló a través de la ropa, pero Lyrion apenas lo notó. Llevaba toda la noche helado por dentro.

—¿Qué le pasa? —preguntó Haldor sin rodeos—. Tiene cara de no haber pegado ojo.

—No he pegado ojo, efectivamente.

—¿La muchacha del sur?

—Ella, y otras cosas. El baile, las candidatas, mi padre, la misión... todo.

Haldor asintió lentamente, como si ya lo esperara. Como si hubiera visto a cien jóvenes príncipes pasar por lo mismo antes que él.

—Hable.

Y Lyrion habló.

Le contó lo de Brynja, lo del balcón, esa conversación sincera en medio de tanta falsedad. Le contó lo de las otras candidatas, las sonrisas medidas, las conversaciones vacías, la sensación de ser evaluado como un semental en una feria de ganado. Le contó la presión de su padre, esa losa invisible que siempre llevaba sobre los hombros, la necesidad de parecer interesado en alianzas que no le importaban, de sonreír a personas que no soportaba. Le contó sus dudas sobre Myrelle, sobre si la profecía sería cierta o solo un cuento de una anciana del bosque. Le contó sus miedos sobre los cristales negros, sobre lo que podrían significar, sobre si todo aquello tenía algún sentido o era solo el capricho de los dioses jugando con sus vidas.

Haldor lo escuchó en silencio, sin interrumpir, con esa paciencia de quien ha visto demasiadas cosas como para sorprenderse por nada. De vez en cuando asentía, o gruñía, o simplemente mantenía esa expresión neutra que animaba a seguir hablando.

Cuando Lyrion terminó, el jinete se quedó un rato callado. El viento soplaba entre los establos, trayendo el olor de los dragones y el rumor lejano de los jóvenes que reían durante su descanso.

Luego, con su voz de trueno, dijo:




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