Las flores de Icorath

22

Las siguientes horas en el palacio Glacemor fueron, ante todo, trepidantes.

Apenas Lyrion se separó de Haldor, el palacio entró en una especie de frenesí controlado. Los preparativos para la expedición a Zyrrik se pusieron en marcha con la eficiencia militar que caracterizaba a Nivaria. Criados iban y venían por los pasillos con suministros, los herreros ajustaban arreos y monturas, y en los establos, los cuidadores seleccionaban a los dragones más resistentes para el viaje.

Pero lo que más impresionaba a Myrelle era el despliegue militar.

Desde su ventana, veía cómo los jinetes de dragón realizaban vuelos de reconocimiento alrededor del palacio, una muestra de poder que parecía innecesaria pero que, según le explicaron, era rutinaria antes de cualquier expedición importante. En los patios inferiores, soldados con armaduras relucientes se alineaban en formación, recibiendo órdenes de oficiales de voz grave. Las murallas estaban más vigiladas que nunca, y en las torres, los vigías escudriñaban el horizonte con una atención que rayaba en la obsesión.

—¿Siempre es así? —preguntó Myrelle a un criado que pasaba.

—Solo cuando el príncipe sale del palacio, señorita —respondió el hombre—. El rey Daerion no se toma a la ligera la seguridad de su heredero.

Myrelle asintió, impresionada. En Lythara, las cosas eran más relajadas. Los guardias protegían el palacio, sí, pero no con esta intensidad. Aquí, cada movimiento parecía calculado, cada persona tenía un propósito, cada detalle estaba controlado.

«Esto es un ejército», pensó. «No solo un reino».

Bajó a los establos para comprobar que su hatillo estaba listo y se encontró con un espectáculo aún más imponente. Los dragones de la expedición estaban siendo preparados con esmero: Aelthar, el imponente dragón blanco de Lyrion; Vira, la hembra gris de Haldor; y otros tres que Myrelle no conocía, de escamas azules y verdes, todos ellos con jinetes jóvenes que ajustaban sus monturas con la precisión de relojeros.

—Son hermosos —murmuró.

—Y letales —dijo una voz a su espalda.

Se giró y se encontró con Dain, que sonreía con esa mezcla de orgullo y humildad que ya empezaba a conocer.

—Los dragones de Nivaria no solo sirven para volar —explicó—. Son nuestra principal arma. En combate, no hay ejército que pueda con ellos.

—¿Habéis tenido muchas guerras?

Dain se encogió de hombros.

—No muchas, pero las suficientes. Los clanes del oeste se rebelan de vez en cuando. Y los reinos del sur... bueno, siempre miran con envidia nuestras montañas.

—Lythara no quiere guerras —dijo Myrelle, casi a la defensiva.

—Lo sé —respondió Dain con calma—. Pero el rey Daerion no confía en nadie. Por eso nos preparamos siempre. Por si acaso.

Myrelle observó a los soldados que seguían desplegándose en los patios. Lanzas, espadas, armaduras que brillaban bajo el sol gris. Todo un espectáculo de poder que, de alguna manera, la hacía sentirse más segura y más vulnerable al mismo tiempo.

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Esa noche, cuando ya todo estaba preparado, lo último que esperaban ver era otro zunzán.

Pero llegó.

Un criado irrumpió en las habitaciones de Lyrion sin siquiera llamar, algo que jamás habría hecho en circunstancias normales. Venía sin aliento, con el rostro encendido por la carrera y los ojos desorbitados.

—Alteza —jadeó—. Ha llegado un mensaje. De Lythara. Urgente.

Lyrion tomó el pergamino que el criado le tendía con manos temblorosas. Reconoció el sello de Rhadamir, el dragón dorado de Lythara estampado en la cera roja, y supo que no eran buenas noticias. Los mensajes urgentes nunca traían buenas noticias. Y este era el segundo en pocos días.

Desenrolló el pergamino con dedos que no querían cooperar y leyó:

«Príncipe Lyrion:

El tiempo se agota. Eryon empeora por momentos. Los médicos dicen que no llegará a fin de semana. Hemos probado todos los remedios conocidos, hemos rezado a todos los dioses, hemos velado su lecho noches enteras. Nada funciona. Su piel es gris, su respiración apenas se escucha, y las sombras que lo consumen se extienden cada día un poco más.

Por lo que más quieras, acelera lo que tengas que acelerar. Myrelle es nuestra única esperanza. Si ella no encuentra esa flor, si no regresa a tiempo...

No quiero ni pensar en ello.

Rhadamir, rey de Lythara».

Lyrion sintió que el corazón se le helaba. El pergamino temblaba en sus manos, o quizá eran sus manos las que temblaban. No lo sabía. Solo sabía que el tiempo se había acabado.

No perdió un segundo. Salió corriendo de sus habitaciones, atravesó los pasillos del palacio con la velocidad de quien sabe que cada minuto cuenta. Los criados se apartaban a su paso, sorprendidos de ver al príncipe en ese estado, con el pelo alborotado y la mirada fija. Los guardias se cuadraban al verlo pasar, pero él ni siquiera los veía.

Llegó a la habitación de Myrelle y llamó con los nudillos, impaciente, una, dos, tres veces. La puerta se abrió casi de inmediato.




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