Las flores de Icorath

23

El amanecer los encontró ya en el aire.

Los dragones volaban en formación, sus alas batiendo al unísono como si llevaran toda la vida haciéndolo juntos. Aelthar iba al frente, marcando el ritmo, su imponente silueta blanca recortada contra el cielo gris. Detrás, en formación perfecta, Vira con Haldor, Velo con Dain, Brisa con Ylva, y Vega con Torvin, cerrando la formación con esa mezcla de orgullo y concentración de quien aún está aprendiendo pero se niega a quedarse atrás.

El viento helado cortaba el aire, pero Myrelle ya empezaba a acostumbrarse. Iba agarrada a las escamas de Aelthar con menos miedo que la primera vez, el cuerpo adaptándose al ritmo del dragón, a sus ascensos y descensos, a la forma en que el aire se arremolinaba a su alrededor. Ya no se aferraba con desesperación; sus manos descansaban sobre las escamas con la confianza de quien sabe que la bestia no lo dejará caer. El frío le azotaba el rostro, pero ya no le molestaba. Era como si se hubiera convertido en parte de ella, en un recordatorio constante de que estaba viva, de que se movía, de que avanzaba hacia algún lugar.

A veces cerraba los ojos y simplemente sentía: el viento, el movimiento, el latido profundo del dragón bajo sus manos. Era casi como volar ella misma. Casi como ser libre.

Desde su posición, podía ver a los otros jinetes. Dain, con su expresión concentrada pero serena, hablando de vez en cuando con Velo como si el dragón pudiera entender cada palabra. Ylva, imperturbable, con la mirada fija en el horizonte, sin perder detalle. Torvin, esforzándose por mantener la formación, mordiéndose el labio cada vez que Vega se desviaba unos metros. Y Haldor, el viejo lobo, que de vez en cuando giraba la cabeza para controlar que todos siguieran vivos.

Llevaban horas volando cuando Haldor espoleó suavemente a Vira y se acercó a Aelthar. El viento era fuerte, pero su voz de trueno se impuso:

—¡Tenemos que bajar! ¡Los dragones necesitan descansar! ¡Y los jinetes también, aunque no quieran reconocerlo!

Lyrion asintió y observó el paisaje. Abajo, las montañas se extendían interminables, pero en la distancia distinguió una zona más llana, un claro entre los picos donde la nieve parecía menos profunda y unas formaciones rocosas ofrecían algo de resguardo contra el viento.

—¡Allí! —señaló, y Aelthar viró ligeramente.

Los demás dragones siguieron el movimiento con la precisión de quien ha entrenado para esto. En formación, comenzaron el descenso.

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El lugar era pequeño, pero suficiente.

Una especie de altiplano rodeado de picos nevados, con una pared rocosa que protegía del viento y un suelo de piedra y nieve que los dragones podrían pisar sin problemas. Había espacio para todos, aunque justo, y el resguardo natural prometía un descanso más llevadero.

Los dragones se posaron uno a uno con la suavidad de quien ha hecho eso miles de veces. Aelthar fue el primero, tocando tierra apenas sin levantar nieve. Luego Vira, con la experiencia de los años. Velo, con la elegancia de los jóvenes. Brisa, con la precisión de su jinete. Y por último Vega, que aterrizó un poco más brusco de lo recomendable y levantó una nube de nieve que cubrió a Torvin por completo.

—¡Vega! —protestó el muchacho, escupiendo nieve—. ¡Podías avisar!

El dragón cobrizo giró la cabeza y lo miró con una expresión que, en cualquier otra criatura, se habría considerado inocente. En un dragón, era simplemente su forma de decir «no ha sido culpa mía».

Dain soltó una carcajada. Incluso Ylva esbozó algo parecido a una sonrisa.

Haldor fue el primero en desmontar. Lo hizo con una agilidad que no parecía corresponder a sus años y a las cicatrices que cruzaban su rostro. En cuanto tocó suelo, se acercó a Vira y comenzó a repasar su estado con la eficiencia de quien ha hecho esto miles de veces. La dragona gris resopló, satisfecha, y apoyó la enorme cabeza en el hombro de su jinete.

—Buena chica —murmuró Haldor, acariciando sus escamas—. Has volado bien. Ahora descansa.

Dain desmontó de Velo con movimientos más elásticos, estirando brazos y piernas mientras su dragón azul se sacudía sacudiendo las alas con un movimiento que levantó una pequeña ráfaga. Se miraron un instante, cómplices, y Dain le dio una palmada en el cuello.

—Buen vuelo, amigo —le dijo—. Luego vendrá lo peor, pero por ahora, a descansar.

Velo resopló, como si entendiera perfectamente, y se acurrucó contra una roca, cerrando los ojos con satisfacción.

Ylva fue más meticulosa. Apenas tocó suelo, comenzó a revisar a Brisa de arriba abajo, comprobando cada escama, cada pliegue, cada posible señal de fatiga o lesión. Su dragón verde se dejaba hacer con paciencia, moviendo la cola con suavidad. Ella no decía nada, pero su expresión lo decía todo: Brisa era lo más importante, y mientras ella estuviera bien, todo lo demás podía esperar.

Torvin, en cambio, tuvo más problemas. Apenas puso un pie en el suelo, sus piernas flaquearon y cayó de rodillas sobre la nieve. Vega, preocupado, se acercó a lamerle la cara con su enorme lengua, cubriéndolo de babas.

—No puedo más —gimió Torvin, sonrojado, apartando la lengua del dragón sin éxito—. Llevo horas con las piernas agarrotadas. Creo que ya no las siento.




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