Las flores de Icorath

24

Dos días llevaban ya en el aire.

El paisaje había cambiado. Las montañas se habían vuelto más abruptas, los picos más afilados, los valles más profundos. La nieve ya no era ese manto suave y casi amable que rodeaba Miravar; ahora era una capa espesa, cruel, que se acumulaba en las laderas y amenazaba con desprenderse en cualquier momento. El cielo, antes simplemente gris, se había tornado de un blanco cegador en los claros y de un plomizo amenazador cuando las nubes se acumulaban.

Myrelle notaba el cambio en el aire. Cada vez costaba más respirar, cada bocanada quemaba más los pulmones. Pero no se quejaba. Nadie lo hacía.

Los dragones volaban más abajo, siguiendo el curso de un valle encajonado entre montañas. A ambos lados, las paredes rocosas se elevaban como gigantes dormidos, cubiertas de hielo y nieve. El viento se colaba por el estrecho pasillo con una fuerza que obligaba a los jinetes a agarrarse con más fuerza.

—¡Vamos bien! —gritó Haldor desde atrás, su voz apenas audible por encima del viento—. ¡Cryndral está a medio día de vuelo! ¡Si el tiempo aguanta!

Lyrion asintió sin volverse. Myrelle, a su espalda, notó la tensión en sus hombros. Algo le preocupaba, aunque no dijera nada. Llevaban así todo el día volando en silencio, cuando un aullido se elevó desde las montañas.

Los dragones reaccionaron al instante. Aelthar giró la cabeza, alerta. Vira tensó las alas. Incluso Vega, el más joven, dejó escapar un gruñido grave.

—¿Qué ha sido eso? —preguntó Myrelle.

Lyrion señaló hacia una ladera cercana. Allí, recortadas contra la nieve, varias siluetas grises se movían con una elegancia inquietante.

Lobos. Pero no como los que Myrelle conocía. Eran enormes, con pelajes blancos y grises que se confundían con el paisaje. Sus ojos amarillos brillaban en la penumbra, fijos en los dragones que sobrevolaban su territorio.

—Lobos de tormenta —dijo Lyrion, y su voz sonaba tensa—. No suelen atacar a los humanos, pero si están hambrientos…

Uno de los lobos alzó la cabeza y aulló. Los demás respondieron, creando una sinfonía escalofriante que resonó en todo el valle.

—¡Seguid volando! —ordenó Haldor—. ¡No bajéis! ¡Si se quedan en el suelo, no nos seguirán!

Los dragones apretaron el paso. Los lobos los siguieron con la mirada un rato, corriendo por las laderas con una velocidad asombrosa, pero cuando vieron que las bestias aladas no descendían, fueron perdiendo interés. Poco a poco, las siluetas grises se desvanecieron entre la nieve.

Myrelle exhaló el aire que no sabía que estaba conteniendo.

—¿Siempre hay lobos aquí? —preguntó.

—Siempre —respondió Lyrion—. Esta es su tierra. Nosotros solo pasamos.

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Horas después, cuando el sol comenzaba a declinar (o lo que en Nivaria pasaba por declinar, esa luz grisácea que nunca terminaba de irse del todo), Haldor dio la orden de buscar un lugar para pasar la noche.

Encontraron una cueva. No era grande, pero sí lo suficiente para que los jinetes pudieran resguardarse del viento. Los dragones, en cambio, dormirían fuera. Haldor la inspeccionó primero, por supuesto, comprobando que no hubiera ocupantes previos. Cuando dio el visto bueno, todos desmontaron con el alivio de quien lleva demasiadas horas en el aire.

—Hoy no hay dos horas de descanso —dijo Haldor—. Pasaremos la noche aquí. Los dragones necesitan un descanso de verdad, y nosotros también. Saldremos al amanecer.

Nadie discutió. Dain se dejó caer contra la pared de la cueva. Ylva comenzó a revisar a Brisa. Torvin, más acostumbrado ya, ayudó a Vega a acomodarse sin necesidad de que nadie se lo pidiera. Myrelle se sentó cerca de la entrada, observando el exterior. La luz se apagaba lentamente, y con ella, el paisaje se volvía aún más intimidante. Sombras que se movían, siluetas que podían ser rocas o podían ser cualquier otra cosa.

Lyrion se sentó a su lado.

—¿Sigues pensando en los lobos? —preguntó.

—En los lobos, en el frío, en lo lejos que estamos de todo. En lo mucho que queda.

Lyrion guardó silencio un instante. Luego, con una voz más baja, dijo:

—Myrelle... hay algo que no te he contado.

Ella lo miró, alerta.

—¿Qué?

—El último mensaje. El que llegó antes de partir. No estoy seguro de que sea del todo cierto.

Myrelle frunció el ceño.

—¿Cómo que no es cierto? Llevaba el sello de Rhadamir. Lo vi.

—El sello era real. Pero el contenido... no sé. Algo en mi interior me dice que Eryon puede aguantar más de lo que ese mensaje dice.

—¿Por qué?

Lyrion tardó en responder.

—Porque los reyes, cuando están desesperados, a veces exageran. O mienten. Para acelerar las cosas. Para asegurarse de que no nos detenemos. No digo que Rhadamir sea mentiroso, pero... es un padre que va a perder a su hijo. Haría cualquier cosa.

Myrelle lo miró largamente. Quería enfadarse, quería decirle que no podía jugar con eso, que la vida de Eryon no era una excusa para especulaciones. Pero algo en los ojos de Lyrion le dijo que no hablaba a la ligera.




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