Cryndral se encontraba en un enclave imposible.
Myrelle lo vio desde el aire antes de que Haldor anunciara el descenso, y no pudo evitar contener el aliento. El puesto de vigilancia estaba encajado entre dos montañas, justo en el paso que separaba Nivaria de las tierras neutrales del norte. Pero no era solo su ubicación lo que impresionaba; era cómo estaba construido.
Las murallas, de piedra gris oscura, parecían crecer de la propia montaña, como si los constructores hubieran esculpido la roca en lugar de levantarla. Se confundían con el paisaje hasta el punto de que, a primera vista, costaba distinguir dónde terminaba la montaña y dónde empezaba la fortaleza. Las torres de vigilancia se elevaban en puntos estratégicos, sus puestos de observación siempre ocupados por centinelas que escudriñaban el horizonte con mirada entrenada.
—Impresionante, ¿verdad? —dijo Lyrion, notando su asombro.
—Nunca había visto nada igual —admitió Myrelle—. En Lythara, nuestras construcciones se mimetizan con el bosque. Los muros de Glacemor son imponentes, pero esto... esto es diferente. Es como si la hubieran peleado a la montaña.
—Buena forma de decirlo —respondió él—. Porque eso es exactamente lo que hicieron. Mis antepasados tardaron cincuenta años en construir Cryndral. Perdieron a cientos de hombres. Pero desde entonces, ningún ejército ha pasado por este paso.
Myrelle asintió, pensativa. Lythara nunca había necesitado fortalezas así. Su reino se protegía con bosques, con magia, con alianzas. Pero Nivaria era diferente. Aquí la supervivencia se ganaba a golpe de esfuerzo y sangre.
Los dragones iniciaron el descenso. A medida que se acercaban, Myrelle pudo distinguir más detalles: los almacenes, los establos cubiertos, los patios de entrenamiento. Y gente. Mucha gente. Soldados que se movían con propósito, criados que iban y venían, y en las murallas, centinelas que los observaban acercarse con expresiones que iban del respeto a la curiosidad.
—¿Vienen siempre príncipes? —preguntó Myrelle.
—Casi nunca —respondió Lyrion con una sonrisa—. Esto va a ser un acontecimiento. Seguro que algunos de estos soldados llevan años sin ver a nadie de la realeza.
Aterrizaron en el patio principal, un espacio amplio pero no demasiado, claramente diseñado para recibir a grupos pequeños, no a ejércitos. Los dragones apenas cabían, y tuvieron que colocarse en posiciones incómodas para no estorbarse unos a otros. Aelthar ocupó la mayor parte del espacio, su imponente figura blanca contrastando con el gris de la piedra.
Nada más tocar tierra, un hombre se acercó. Era alto, de hombros anchos y barba espesa, con el porte de quien ha pasado toda su vida en el ejército. Su rostro, surcado por cicatrices más antiguas que las de Haldor, mostraba una mezcla de respeto y sorpresa.
—Alteza —dijo, inclinándose—. No esperábamos su visita. Soy el capitán Hroar, al mando de este puesto desde hace doce años.
Lyrion desmontó y estrechó su mano con firmeza.
—Capitán. Necesitamos su ayuda. Buscamos a alguien. Una mujer llamada Astrid. Vive en las afueras, según nuestros informes.
El capitán Hroar arqueó una ceja.
—¿Astrid? ¿La vieja boticaria? ¿Para qué querría el príncipe de Nivaria hablar con ella? Con todo respeto, alteza, esa mujer no recibe visitas. Ni siquiera los soldados heridos se atreven ya a molestarla.
—Es una larga historia —respondió Lyrion—. Pero necesitamos encontrarla. ¿Puede ayudarnos?
Hroar dudó un instante. Miró a los jinetes, a los dragones, y finalmente posó sus ojos en Myrelle. La evaluó con la misma mirada profesional que había usado con todo lo demás.
—Vive a media hora de aquí, en una cabaña al borde del bosque helado. Pero no sé si querrá recibirlos. Es... cómo decirlo... huraña. Muy huraña. Desde que se retiró, no ha querido saber nada de nadie. Ni siquiera cuando el rey Daerion envió a un emisario para ofrecerle una pensión, lo echó a patadas.
—Tendremos que convencerla —dijo Myrelle, dando un paso adelante.
La voz surgió detrás del capitán, y todos se giraron. Un soldado joven, de unos veinticinco años, con el uniforme impecable y una expresión de desconfianza grabada en el rostro, miraba a Myrelle como si fuera un insecto peligroso.
—¿Y ella quién es? —preguntó, sin ocultar su hostilidad.
—Perdona, ¿Finn? —dijo Hroar, girándose hacia él con una ceja arqueada y un tono que dejaba claro que no le gustaban las interrupciones.
—He oído hablar de ella —respondió el soldado, sin apartar la mirada de Myrelle—. Llegan noticias del sur, aunque este puesto esté en el culo del mundo. La boticaria que casi mata al príncipe de Lythara. La que llenó de sombras a un heredero. La misma que el rey Rhadamir tuvo que expulsar de su corte después del desastre.
Myrelle sintió que el estómago le daba un vuelco.
—Eso no es cierto —intervino Lyrion—. Rhadamir no la expulsó. Fue ella quien...
—¿Quién? —lo interrumpió Finn, desafiante—. ¿Quién decidió irse? Porque lo que yo he oído es que la corte de Lythara no quiere verla ni en pintura. Que los nobles piden su cabeza. Que si no fuera porque el rey la protege por alguna razón, ya estaría pudriéndose en una mazmorra.