Las flores de Icorath

26

Se adentraron en el sendero que se alejaba de Cryndral.

La fortaleza quedó atrás, imponente pero silenciosa, custodiando el paso entre las montañas como un perro dormido pero siempre alerta. Myrelle se giró un instante para observar desde la distancia: sus muros grises fundiéndose con la roca, las torres recortadas contra el cielo plomizo, los centinelas como puntos diminutos en las almenas. Una construcción hecha para durar, para resistir, para recordar a cualquier enemigo que Nivaria no se rendía fácilmente.

—Es la primera vez que veo Cryndral desde fuera —comentó Dain, caminando a su lado—. Siempre he volado sobre ella, pero nunca me había detenido a mirarla.

—Impresiona —dijo Myrelle.

—Impresiona —confirmó Ylva, con su habitual parquedad.

Torvin, unos pasos detrás, miraba a todas partes con los ojos muy abiertos, como si temiera que algo fuera a saltar de entre los árboles en cualquier momento.

El camino se internaba en un bosque que nada tenía que ver con los de Lythara. Los árboles eran oscuros, de troncos retorcidos y ramas cubiertas de agujas heladas. No había hojas, no había verdor, solo ese verde profundo y casi negro de las coníferas del norte. La nieve lo cubría todo, amortiguando los pasos, creando un silencio que pesaba más que cualquier ruido.

—Esto es el bosque helado —dijo Lyrion, que encabezaba el grupo—. No es muy grande, pero sí antiguo. Se dice que estos árboles ya estaban aquí antes de que los primeros reyes construyeran Cryndral.

—¿Hay criaturas? —preguntó Torvin, sin disimular su nerviosismo.

—Sí —respondió Lyrion—. Pero no te preocupes. Las que viven aquí saben que no deben acercarse a los humanos. O eso espero.

Torvin tragó saliva y apretó el paso.

Myrelle observaba todo con atención. No era solo el paisaje lo que le llamaba la atención, sino los pequeños detalles: marcas en los árboles que parecían señales, montones de piedras colocadas con intención, restos de hogueras antiguas. Alguien vivía aquí. Alguien conocía este bosque como la palma de su mano.

—¿Son de Astrid? —preguntó, señalando una de las marcas.

Lyrion se acercó a examinar.

—Parecen marcas de cazadores —dijo—. Pero también podrían ser de ella. Lleva tantos años aquí que seguramente conoce cada árbol, cada sendero, cada escondite.

Siguieron caminando. El sendero se volvía más estrecho, más tortuoso, como si el bosque quisiera poner a prueba a quienes se adentraron en él. La nieve era más profunda aquí, y los pies se hundían hasta el tobillo. Myrelle empezaba a entender por qué Hroar había dicho que media hora a pie podía hacerse larga.

—¿Cómo es Astrid? —preguntó de repente.

Lyrion se encogió de hombros.

—Nunca la he visto. Solo sé lo que me contó mi padre: que fue boticaria del ejército durante años, que salvó a cientos de soldados, que se retiró después de... bueno, después de algo que no quiso contarme.

—Algo malo —intervino Haldor, que caminaba en silencio desde que salieron de Cryndral—. Algo que la marcó. Por eso vive aquí sola.

—¿Tú la conociste? —preguntó Myrelle.

Haldor tardó en responder.

—Una vez. Hace muchos años. Vino al valle a buscar hierbas que solo crecen en zonas altas. No habló con nadie, no pidió ayuda, no aceptó compañía. Pero yo la vi. Y vi sus ojos.

—¿Qué tenían sus ojos?

—Vacío —dijo Haldor—. El mismo vacío que he visto en soldados que han perdido demasiado. El mismo que tú tienes a veces, muchacha.

Myrelle no supo qué responder. Porque era cierto. A veces, cuando miraba el reflejo del agua, veía ese vacío. El recuerdo de Eryon consumiéndose, de las sombras, del humo negro.

Siguieron caminando en silencio.

Media hora después, cuando ya las piernas empezaban a quejarse y el frío calaba hasta los huesos, Torvin señaló hacia adelante.

—Allí —dijo—. Hay una cabaña.

Todos se detuvieron.

El silencio se hizo más profundo, como si el bosque contuviera el aliento. Myrelle sintió que el corazón se aceleraba. Después de tantos días de viaje, después de tantas horas de vuelo y de frío y de dudas, por fin habían llegado.

La cabaña era pequeña, de madera oscura y tejado de pizarra, encajada entre dos enormes abetos como si hubiera crecido allí, como si formara parte del bosque desde siempre. Las maderas, ennegrecidas por los años y la intemperie, mostraban vetas plateadas allí donde la nieve se acumulaba en las grietas. El tejado, inclinado para que el hielo resbalara, sostenía una capa gruesa de nieve que parecía a punto de desprenderse. De la chimenea de piedra, encajada en un lateral, salía un hilo de humo tenue pero constante, una señal de vida en medio de tanta quietud.

Alrededor de la cabaña, el terreno estaba despejado de nieve en un radio de varios metros, como si alguien se esforzara cada día por mantenerlo limpio, por tener un espacio donde moverse sin hundirse hasta las rodillas. Se veían huellas recientes, pequeñas, de alguien que había salido esa misma mañana. Un hacha clavada en un tocón. Un montón de leña cuidadosamente apilada contra la pared. Y en una esquina, protegido por un tejadillo de madera, un pequeño cobertizo donde se adivinaban herramientas, recipientes y algo que parecían jaulas vacías.




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