El interior de la cabaña era más pequeño de lo que pensaban, estaba abarrotado y olía de una forma que Myrelle reconoció al instante. Por un momento, se sintió estar en casa de nuevo. Pero no se dio el lujo de disfrutar poco más de lo debido.
El espacio era una sola habitación, dividida por la función más que por paredes. En una esquina, un catre estrecho cubierto de mantas de lana. En otra, una chimenea de piedra donde un fuego crepitaba con alegría, lanzando sombras danzantes por las paredes. Pero el resto... El resto era un taller de boticaria.
Había estantes de madera cubrían cada pared y se encontraban cargados de frascos de cristal, de barro y de metal. Algunos contenían líquidos de colores imposibles, otros polvos finos como arena, otros raíces y cortezas y hojas secas. En una mesa central, desordenada pero no caótica, se acumulaban morteros, cucharas de madera, cuchillos de distintos tamaños, y un cuaderno abierto con anotaciones en una caligrafía diminuta y apretada. Del techo colgaban manojos de hierbas secas, docenas de ellos, creando un techo vegetal que mecía sus sombras con el calor del fuego.
Era el caos. Pero era un caos con propósito. Myrelle lo reconocía porque su propia choza en Lythara había sido así: un desorden que solo su dueña entendía.
—No os quedéis ahí como estatuas —gruñó Astrid desde algún lugar entre los estantes—. Entrad y sentaos. Si es que encontráis sitio.
Lyrion y Myrelle avanzaron con cuidado, esquivando montones de hierbas, pilas de libros, y un gato enorme y negro que los miró con desprecio desde lo alto de una estantería. Encontraron dos taburetes bajos cerca de la chimenea y se sentaron, agradeciendo el calor.
Astrid apareció desde detrás de un estante, dejando sobre la mesa un cuenco humeante. Olía a algo caliente, a algo reconfortante. Algo con cuerpo, con sustancia, con ese aroma que solo tienen los caldos que llevan horas cociéndose y que prometen entrar en el cuerpo como un abrazo. Luego se sentó en un sillón desvencijado frente a ellos, con el cucharón aún en la mano y el cuchillo ya clavado en una tabla de cortar cercana, a menos de un palmo de su mano derecha. Un mensaje claro: podía cocinar, pero también podía cortar.
—Bueno —dijo, mirándolos con esos ojos afilados como cuchillos—. Hablad. Y no me vengáis con rodeos. Decid lo que queréis y por qué he de ayudaros.
«Qué amable», pensó Myrelle para sus adentros, intentando evitar no poner los ojos en blanco. Pero no dijo nada. Sabía que en momentos como este, tanto las palabras como los gestos podían ser un arma de doble filo.
—Tenemos una orden del reino de Lythara —empezó Lyrion sin esperar más, con esa voz de príncipe que había usado tantas veces en audiencias y recepciones—. Debemos encontrar una flor que solamente nace en el Valle de Zyrrik. El joven príncipe muere debido a una enfermedad contraída.
Astrid lo miró sin pestañear. Sus ojos se desplazaron de Lyrion a Myrelle, evaluando, pesando, midiendo. Luego soltó un bufido que podría haber sido una risa o podría haber sido un desprecio.
—Una orden del reino de Lythara —repitió, imitando el tono formal de Lyrion con una mueca—. Un príncipe que se muere. Una flor que solo nace en Zyrrik. Y tú, príncipe de Nivaria, vienes a mi puerta con tus jinetes y tu escolta y tu dragón blanco para pedirme ayuda.
—Sí —dijo Lyrion.
—No —dijo Astrid.
El silencio se instaló en la cabaña. El fuego crepitó. El gato negro, desde su estantería, maulló con desgana.
—¿No? —repitió Lyrion, sin ocultar su sorpresa.
—Has oído bien. No. Y ahora, si no te importa, tengo cosas que hacer. El caldo se enfría, las hierbas no se secan solas, y vosotros ocupáis sitio.
Lyrion abrió la boca para responder, pero Myrelle se le adelantó.
—No es una orden —dijo.
Astrid arqueó una ceja.
—¿Perdona?
—Lo que ha dicho el príncipe... no es una orden. No venimos de parte de ningún reino a exigir nada. Venimos a pedir. Y no es cualquier flor. Es una flor de icor. La única que puede salvar a Eryon, el príncipe de Lythara.
Astrid la miró largamente. Sus ojos oscuros se clavaron en los de Myrelle con una intensidad que helaba la sangre.
—Una flor de icor —repitió despacio—. ¿Y tú quién eres para saber de esas cosas?
—Soy Myrelle Calder. Boticaria de Lythara. Hija de boticario. Nieta de boticario. Y fui yo quien preparó la pócima que lo puso al borde de la muerte.
El silencio que siguió fue aún más pesado. Astrid se recostó en su sillón, el cucharón olvidado en su regazo, los ojos entrecerrados. El fuego crepitaba, lanzando sombras danzantes sobre su rostro arrugado, acentuando las líneas profundas que los años y el dolor habían tallado en su piel.
—Ah —dijo—. Eres esa Myrelle. La de las sombras. Me resulta extraño que todavía los Calder sigan con vida.
Myrelle se quedó blanca como la nieve.
Sintió que la sangre se le helaba en las venas. Las palabras de Astrid no eran una acusación cualquiera. Eran algo más. Algo más profundo. Algo que hablaba de un conocimiento que ella no tenía, de una historia que su padre nunca le había contado.