Las flores de la mariposa

Las flores de la mariposa

El campo estaba impregnado con la rica fragancia de las nopaleras, y cuando una brisa veraniega sopló, esparció el aroma fresco de las flores purpúreas, o el más dulzón perfume de los frutos de los perones que se deshacían sobre la tierra amarilla.

Cerca de un grupo de magueyes, entre telas de araña tendidas en las pencas, volaba una mariposa con alas que brillaban de azul plateado cuando los rayos del Sol impactaban sobre ellas. Se posó en una espina y trató de captar cómo las moscas desovaban en los frutos caídos, de los que nacían sus larvas, y cómo los gorriones que sobrevolaban el cielo color granate caían en picada para devorarlas. La armonía del lugar le trajo sosiego; había abandonado, en un lejano bosque de oyameles, a una flor de aretillo.

—¡No soy la flor que deseas! —se quejaba la planta antes de ser abandonada.

—No lo eres y jamás lo serás —le aseveró la mariposa—. Tu néctar me empalaga tanto que necesito escupirlo.

El insecto cerró sus alas, y al reverso de estas, aparecieron manchas amarillas y oscuras.

—No soy aquella lis que conociste. Vuelves a mí, pero tu pisar y tu trompa siguen en los tépalos de ella.

—Por un lado, amo estar contigo, y por el otro, me da miedo quedarme entre tus ramas.

—Cuando te vi por primera vez vagando a orillas del pequeño estanque en el que me hallo —decía con voz ahogada el aretillo—, de entre todos los insectos que veía pasar y volar, fuiste tú quien me hechizó. Y ahora, eres tan miserable. Me hiciste creer que plegarías tus alas y que yo era todo lo que querías. Eres una mentira, eso es lo que eres: una mentira.

—No lo niego, lo siento —el bicho se alejó.

Durante el octubre pasado, la mariposa había levantado el vuelo de la misma forma, y de igual manera, bajo los rayos de la Luna, filtrados entre las trémulas ramas de los pinos, los pétalos color fucsia de la flor se volvían como la hojarasca seca.

Después, en noviembre, el insecto ya se hallaba besando los tépalos de aquella flor de lis. La había conocido al pie del árbol de capulín más viejo de un prado. Al principio, a ninguna de las dos la dominaba la atracción que embrutece a los sentidos con una simple primera mirada. Sin embargo, durante una noche nubosa, la mariposa sintió lo que era estar cubierta con el blanquecino polen de la roja lis; pese a su victoria, se sintió pútrida como una larva de mosca.

—Tu nombre anuncia tu colorido ser —le recitaba a la flor, con palabras casi idénticas como las que le había dicho al aretillo en pleno verano—, similar al arrebol del cielo en la tarde en que te conocí. Eres la melodía que el viento trae consigo y que esparce en mi respirar tu seductor aroma a agua limpia de arroyo, provocándome a que pruebe más del sabor de tus húmedos besos.

La lis recibía los halagos, le encantaba la sensación de ser admirada. No le impresionaban del todo las azuladas alas de la mariposa, por lo que apenas le entreabría el borde de sus tépalos.

Las alas y los tépalos eran uno mismo en la estación de las hojas castañas, y no sintieron frío en la estación de las gélidas lloviznas. Pero en la estación en que nacen los nuevos brotes, ambas se volvieron como la escarcha.

—Buscas mi polen como lo haría cualquier zángano —reprochaba la planta, mientras se escuchaban los hoscos zumbidos de las abejas que revoloteaban sobre los jóvenes floripondios—, y yo exijo por días que tu vuelo siempre sea para mí.

—¡Te he dado más de mis días que a ninguna otra flor! —replicó su compañera sobre un fruto seco de capulín.

—Pero miras al horizonte y te vas en su dirección. Cuando no estás, le he preguntado a las catarinas que hay allí, y me dicen que por allá existe un bosque repleto de flores. Además, ¡no me gusta que me lastimes! Tratas a mis estambres con crueldad.

—Te trato como me tratas —contestó la mariposa, aunque habría querido añadir “pequeña desgraciada”—. Eres arrogante, crees que tu color es superior al mío. Hay días en que menosprecias mis caricias. Me demuestras que eres apenas un botón estéril y caprichoso que no sabe devolver el cariño ni la gratitud.

La flor se replegó sobre sí misma y el insecto deseó elevarse, pero algo inexplicable retuvo su cuerpo.

—No eres sencilla de tratar y mucho menos común de hallar —dijo con suavidad la mariposa—; pero, tal vez me has ya poseído y por eso no me quiero alejar de ti ahora.

La lis no contestó.

Por días la flor no vio a la mariposa, se había ido al lejano horizonte de nuevo. Cuando regresó, sus alas tenían rastros de un polen más oscuro que el suyo, y le hablaba de aretillos que, según el insecto, no tenían nada de especial a comparación de ella.

En un atardecer de abril, la planta observó que a lo lejos se aproximaba un manto de nubes tempestuosas, entonces decidió aprovecharlas para resolver su más agria que dulce situación: abrió de golpe sus tépalos y liberó un perfume embriagador que entorpeció el batir de las alas de la mariposa; esta supuso que por fin iba a ser amada como merecía. En el instante que las gotas de lluvia cayeron violentamente sobre sus alas, intentó despegar, pero ya era tarde para hacerlo y trató de cubrirse con los tépalos de su flor. Ella no los abrió.

A la luz de un relámpago, seguido de un trueno, la flor palideció al ver que el agua se había convertido en granizo, mas su orgullo le impedía abrirse. De repente, una ventisca sopló y se llevó a su insecto. Cuánto deseó la flor que las cosas no hubieran terminado así.



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En el texto hay: cuento, romance, poema

Editado: 29.08.2026

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