Las gemas malditas

Capitulo 1: Un destino inevitable

La luna se encontraba en el punto más alto del cielo nocturno, alumbrando con su típico resplandor artificial. A su alrededor, las estrellas le hacían compañía, como un puñado de polvo estelar esparcido por todos los rincones, reluciendo con su fulminante belleza en medio de aquel silencio "muerto" que se extendía por el denso bosque bajo la atmósfera. Las criaturas que vivían allí se preparaban —al menos— para poder descansar. Mientras tanto, los animales nocturnos ya andaban sueltos por los senderos en busca de alguna presa, revoloteando sus alas o saltando de un lugar a otro sin emitir sonido alguno. Los grillos eran una de las pocas cosas que cortaban el silencio del ambiente.

En la lejanía, envuelto por la inmensidad del bosque y la quietud de la noche, se alzaba un pequeño y decadente reino cuyo resplandor anaranjado rompía la oscuridad. Desde la distancia podían distinguirse las luces agitadas de las antorchas y un incesante murmullo de gritos que se extendía por sus estrechas calles, como si todo el pueblo hubiera despertado al mismo tiempo.

El lugar era un reflejo del abandono. La suciedad y la mugre cubrían cada rincón, mientras las ratas correteaban entre los tejados y desaparecían por los callejones más oscuros. Las viviendas, desgastadas por el paso de los años, apenas se mantenían en pie, amenazando con derrumbarse en cualquier momento, y un penetrante olor a humedad, podredumbre y muerte impregnaba el aire hasta volverlo difícil de soportar. Claro, era un lugar tan miserable como repulsivo.

Sin embargo, aquella noche nadie permaneció encerrado en su hogar.

Ancianos, adultos y jóvenes avanzaban por las calles con pasos decididos, sosteniendo antorchas y tridentes con tanta fuerza que los nudillos se les marcaban bajo la piel. Sus respiraciones agitadas se confundían con los gritos de rabia que estallaban por todas partes, mientras las lágrimas descendían por algunos rostros al mismo tiempo que, en otros, comenzaban a dibujarse extrañas sonrisas de satisfacción, deformando sus expresiones con una mezcla inquietante de odio y entusiasmo.

—Al fin... Todo terminará. Años de dolor y sufrimiento llegarán a su fin. Nuestros seres queridos... todas aquellas almas en pena... por fin podrán descansar en paz —murmuró un anciano frente a la multitud. Su voz ronca y quebrada apenas conseguía imponerse al bullicio, mientras el temblor de sus manos delataba el peso de aquellas palabras...

—Ese pecador por fin pagará por todos sus crímenes —sollozó una joven de cabello castaño, manteniendo las manos entrelazadas en un silencioso acto de oración—. Deseo con toda mi alma que arda en las llamas del infierno.

—Todo esto fue posible gracias a las personas enviadas por Dios —añadió un muchacho pelirrojo con una sonrisa extrañamente torcida, incapaz de contener la emoción que se filtraba en su voz—... Ellos nos salvaron de seguir viviendo en la desesperación.

Las palabras comenzaron a propagarse entre la multitud como un rumor imposible de detener.

—¡Larga vida a los salvadores!

La consigna pasó de una persona a otra, repitiéndose una y otra vez por las calles del pueblo. Poco a poco, más voces se unieron al coro hasta que terminó envolviendo cada rincón del lugar, mezclándose con el crepitar de las antorchas y el eco de los pasos de la multitud, que avanzaba al unísono mientras aquella misma frase era proclamada con una convicción casi fanática.

En uno de los estrechos y sombríos callejones por donde las ratas correteaban entre los desperdicios, una mujer permanecía arrodillada en un rincón, envuelta por un largo abrigo que ocultaba por completo su figura y dejaba su rostro sumido en las sombras. Su cuerpo temblaba levemente con cada respiración entrecortada, incapaz de contener el incesante mar de lágrimas que descendía por sus mejillas y se perdía entre la tela desgastada que la cubría.

Sus manos, marcadas por cortes, rasguños y viejas heridas, se aferraban con desesperación a un pequeño collar que mantenía presionado contra su pecho, como si el simple hecho de soltarlo significara perder lo único que aún le quedaba. En el centro de la cadena descansaba una piedra de tonalidad morada, tallada con una forma tan extraña como difícil de describir, una silueta peculiar que llamaba la atención de cualquiera que posara la vista sobre ella.

—¡Malditos humanos...! —su voz estaba agitada, como si tuviera un nudo en la garganta—, ¡¿Por qué tenemos que recibir nosotros las consecuencias de sus atrocidades si los verdaderos culpables son ellos y solamente ellos?!

Sus ojos violáceos temblaban bajo la humedad que se acumulaba en ellos, mientras el viento nocturno se colaba entre las mangas del abrigo y acariciaba sus finos y delgados dedos. Permaneció inmóvil, abrazando el collar contra su pecho como si intentara protegerlo del mundo. Por más que deseara ponerse de pie y enfrentarlos, su cuerpo apenas era capaz de sostenerse. Las heridas, el agotamiento y el peso de todo lo ocurrido habían reducido aquella posibilidad a un deseo irrealizable.

Aunque... ¿qué pasaría si todo no estuviera tan perdido como ella creía? ¿Y si aún quedaba una chispa de esperanza?

Con una lentitud casi temerosa, separó el collar de su pecho y elevó ambas manos hasta la altura de su rostro. La pequeña gema púrpura descansaba sobre sus palmas, reflejando tenuemente la escasa luz que conseguía filtrarse hasta el callejón. Sus ojos permanecieron fijos en ella durante largos segundos.



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En el texto hay: psicologico, fantasiosa y aventura, acción / suspenso

Editado: 04.07.2026

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