Las gemas malditas

Capitulo 3: Madurar no es siempre olvidar

El pequeño pueblo resplandecía bajo el abrasador calor del sol matutino, extendiéndose en una forma casi circular a través de calles estrechas que serpenteaban entre las viviendas. Carecía de cualquier grandeza; la basura se acumulaba en los rincones, la humedad permanecía estancada entre las piedras y las ratas correteaban por los tejados mientras sus chillidos rompían el murmullo cotidiano del lugar. Las casas, levantadas sobre caminos de roca tallada de formas irregulares, estaban construidas con gruesas tablas de roble recubiertas de barro, una combinación sencilla pero resistente, capaz de conservar el calor durante el invierno y soportar las inclemencias del clima año tras año.

Sin embargo, aquella pobreza no era suficiente para apagar la vida que recorría cada rincón del pueblo.

Las calles rebosaban de risas infantiles. Los niños corrían de un extremo a otro con la respiración agitada, persiguiéndose entre sí mientras empuñaban espadas de madera talladas a mano, cada una distinta de la anterior, como si realmente fueran caballeros protegidos por resplandecientes armaduras. A pocos metros, las niñas se dejaban caer con exageración sobre el suelo o los escalones de las casas, fingiendo ser damiselas en peligro mientras esperaban, entre carcajadas, a que alguno de aquellos improvisados héroes acudiera a rescatarlas.

Más apartadas del bullicio, las mujeres permanecían dedicadas a los quehaceres del día a día. Unas lavaban la ropa y la tendían al sol; otras preparaban el almuerzo mientras sostenían entre sus brazos a los recién nacidos, meciéndolos con una paciencia que parecía no agotarse nunca. Las muchachas más jóvenes recorrían las calles tomadas de la mano de sus parejas, compartiendo una taza de té frente a sus hogares e intentando no interrumpir las conversaciones de los hombres cuyas voces se alzaban desde distintos puntos del pueblo.

Ellos, por su parte, dedicaban la jornada a los trabajos más pesados. Algunos cultivaban los huertos o cuidaban las ovejas y los cerdos que más tarde servirían de alimento; otros levantaban nuevas viviendas o reforzaban las ya existentes para que resistieran mejor el paso del tiempo y los cambios del clima. También estaban quienes trabajaban en las pequeñas zonas comerciales, soportando durante horas el peso del sol sobre sus espaldas mientras el sudor les recorría el rostro.

Pero no todos seguían ese mismo camino porque por más que hacían la vista gorda, existía una minoría que desaparecía entre las calles más sombrías del pueblo, allí donde el alcohol pasaba de mano en mano, las apuestas clandestinas nunca se detenían y muchas mujeres, empujadas por la pobreza y la falta de recursos, se veían obligadas a vender sus cuerpos por unas pocas monedas que apenas les alcanzaban para sobrevivir.

Pero, si uno dejaba atrás el bullicio del centro y caminaba hacia las afueras del pueblo, allí donde los comerciantes apenas comenzaban a levantar sus puestos para recibir a los primeros clientes del día, podía encontrarse a una joven luchando, no sin dificultades, contra una sencilla sábana que se negaba a permanecer sobre el techo de un pequeño local improvisado. Aquella tela era lo único que impediría que el sol de la mañana cayera de lleno sobre el puesto durante el resto de la jornada, pero colocarla resultaba una tarea mucho más complicada de lo que parecía.

La muchacha era de baja estatura y de una complexión tan delgada que daba la impresión de que una fuerte ráfaga de viento podría llevársela por delante. Su largo cabello dorado descendía por los hombros formando suaves ondas que se balanceaban con delicadeza cada vez que la brisa matutina acariciaba el mercado. Su rostro era fino, de mandíbula delicada y mentón recto, acompañado por unas mejillas ligeramente redondeadas que conservaban un tenue rubor natural. Sus grandes ojos verdes, brillantes como dos esmeraldas bajo la luz del sol, contrastaban con unos labios rojizos que resaltaban sobre la claridad de su piel. Una pequeña nariz y unas discretas orejas terminaban de darle una apariencia tan dulce como difícil de ignorar. Vestía un sencillo vestido blanco que se ajustaba con naturalidad a su figura, cubierto por un delantal azul anudado firmemente a la cintura. En el dedo medio de la mano izquierda llevaba un delicado anillo de plata adornado con pequeños pétalos que rodeaban un diminuto cristal verde, cuyo brillo parecía intensificarse cada vez que la luz lo alcanzaba.

—Maldita sea... Aunque me estire todo lo que puedo, mis brazos siguen sin alcanzar... —refunfuñó mientras inflaba las mejillas en un berrinche infantil—. ¡Puta madre! ¿Por qué mierda tuve que nacer con esta estatura?

Probó una vez más. Se puso de puntillas, dio un pequeño salto e intentó lanzar la sábana hacia arriba con la esperanza de que cayera justo donde debía, pero el resultado fue exactamente el mismo. La tela volvió a resbalar y terminó doblándose sobre sí misma, dejando la improvisada carpa tan incompleta como antes.

Resopló con frustración.

Cuando ya estaba a punto de rendirse y arrojar la sábana lejos de allí, sintió que unos dedos envolvían con suavidad su muñeca. No era un agarre brusco ni autoritario; apenas la fuerza suficiente para detenerla antes de que descargara toda su rabia sobre la pobre tela.

—Señorita Miyake, disculpe mi intromisión, pero creo que podría echarle una mano.

La voz surgió justo detrás de ella. Grave, pausada y amable. No había arrogancia ni confianza excesiva en aquel tono; solo una cortesía sincera que transmitía tranquilidad con cada palabra.



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En el texto hay: psicologico, fantasiosa y aventura, acción / suspenso

Editado: 01.08.2026

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