El tiempo pasó volando en un abrir y cerrar de ojos. El cielo azul de la mañana había cedido lentamente su lugar a un radiante atardecer que bañaba el pueblo con un calor mucho más suave y agradable. Poco a poco, los comerciantes comenzaron a desmontar sus puestos, mientras los habitantes regresaban a sus hogares con los bolsillos llenos después de una larga jornada de trabajo. Algunos apresuraban el paso con la ilusión de volver a ver a sus familias; otros, en cambio, ya pensaban en perderse entre las tabernas para beber hasta caer rendidos sobre el suelo.
Sin embargo, no todos podían darse ese lujo.
A un costado del mercado, dos jóvenes de rostros largos continuaban pagando las consecuencias del desastre que habían provocado horas atrás. Rodeados de astillas, ruedas rotas y montones de madera despedazada, recogían los restos de la vieja carreta bajo la luz anaranjada del atardecer. Las escobas, viejas y desgastadas por el uso, apenas soportaban el contacto contra las piedras del camino, doblándose a cada movimiento mientras levantaban pequeñas nubes de polvo que el viento se encargaba de dispersar unos metros más allá.
Takenichi no parecía demasiado concentrado en la limpieza.
Con evidente fastidio, pateaba una y otra vez los restos de las ruedas y las astillas esparcidas por el suelo, descargando en cada golpe la rabia que todavía llevaba acumulada. Sus puños permanecían tan apretados que los nudillos habían perdido el color, volviéndose completamente blancos por la presión.
Yusu, por el contrario, trabajaba en silencio.
Se agachaba una y otra vez para recoger las tablas que todavía podían aprovecharse, dejándolas cuidadosamente a un lado con la intención de reutilizarlas más adelante. Cuando terminó de formar un pequeño montón de madera rescatable, tomó nuevamente la vieja escoba y comenzó a barrer entre largos suspiros, lanzando de vez en cuando alguna mirada de reojo hacia su compañero, que seguía encerrado en su mal humor.
Al final terminó soltando el aire con resignación.
—¿Vas a seguir molesto por lo que te dije antes? —reclamó, dejando caer la escoba a sus pies mientras se llevaba una mano a la cintura, agotado tanto por el trabajo como por aquella actitud tan infantil—. Por Dios... olvídate de esa mierda de una vez y descansa un poco.
Takenichi dio media vuelta con un resoplido y elevó ligeramente la barbilla, intentando aparentar una seguridad que su propio cuerpo ya no era capaz de sostener.
El sudor empapaba por completo su ropa, sus brazos colgaban pesadamente por los continuos calambres y sus piernas temblaban después de haber pasado toda la tarde cargando y transportando los restos de la carreta de un lado a otro. Bastaba con verlo un instante para darse cuenta de que estaba al límite de sus fuerzas y que, probablemente, un paso más bastaría para hacerlo caer de rodillas.
Pero su orgullo seguía siendo mucho más fuerte que el cansancio.
—¡¿Descansar?! ¡Olvídalo! —respondió con una sonrisa desafiante, aunque su respiración salía entrecortada mientras intentaba recuperar el aire—. ¡Todavía tengo energía de sobra para seguir adelante!
Yusu lo observó unos segundos antes de negar lentamente con la cabeza.
—¿Acaso eres idiota?
Sin esperar respuesta, dejó caer el cuerpo sobre el suelo y apoyó ambas manos detrás de la cabeza, contemplando el cielo anaranjado que comenzaba a cubrirse de los primeros tonos rojizos del atardecer.
—No tienes buena resistencia física, además de que jamás entrenas tu cuerpo para este tipo de trabajos. Eres tan delgado que el viento casi podría llevarte volando si soplara un poco más fuerte.
Una risa corta escapó de sus labios mientras limpiaba el sudor que resbalaba por su frente.
—Recuerda que nunca has conseguido ganarme en un combate cuerpo a cuerpo —continuó con tranquilidad, cerrando los ojos por un instante—. Por más que me desafíes una y otra vez, el resultado siempre termina siendo el mismo. No porque seas torpe... sino porque nunca haces nada para superarte. Debes admitirlo.
No pretendía sonar arrogante y mucho menos tenía la intención de herirlo. Simplemente estaba diciendo algo que, desde su punto de vista, era imposible negar.
Takenichi jamás había intentado sobrepasar sus propios límites. Nunca entrenaba, nunca fortalecía su cuerpo y siempre encontraba cualquier excusa para dejar los trabajos pesados en manos de Yusu y Shonen mientras él buscaba alguna forma de divertirse.
Las palabras, aunque dichas con calma, terminaron golpeándolo donde más le dolía.
—...Eres un imbécil si de verdad piensas eso... —murmuró mientras volvía a cerrar los puños—. ¡No soy alguien débil! ¡Y puedo valerme perfectamente por mí mismo! ¡Solo me estás subestimando porque no quieres aceptar la forma en la que decido vivir!
Después de aquello, el silencio cayó sobre ambos con una pesadez difícil de ignorar.
El sonido de las escobas desapareció.
El viento volvió a convertirse en el único ruido que recorría las calles.
Ninguno de los dos se atrevía a mirar al otro. Permanecían inmóviles, atrapados en un orgullo que ninguno quería dejar de lado, mientras las palabras que aún quedaban por decir parecían atorarse una tras otra en sus gargantas.