Mientras avanzaban por las bulliciosas calles del pueblo, ninguno de los dos fue capaz de pronunciar una sola palabra. El silencio entre ambos no tardó en volverse incómodo, denso, como si cada intento de conversación quedara atrapado antes siquiera de nacer. Takenichi mantenía la mirada baja, buscando algo —cualquier cosa— que pudiera romper aquella tensión, pero todo parecía insistir en mantenerse igual.
Hasta que algo llamó su atención.
Bajo la manta que cubría el canasto de la muchacha, asomaba un viejo libro deteriorado. Apenas un borde visible, gastado por el tiempo, pero suficiente para destacar entre todo lo demás. Las páginas, maltratadas y amarillentas, se insinuaban como si hubieran sobrevivido a demasiadas manos y demasiados años.
Fue entonces cuando Take bajó la vista con más interés.
Por fin, algo de qué hablar.
—Oye, Shonen —comenzó, rompiendo el silencio con una sonrisa ligera, como si nada hubiera pasado—. ¿Puedo preguntarte algo personal?
La joven no respondió de inmediato. Seguía absorta en sus pensamientos, aunque no lo suficiente como para ignorarlo por completo. Solo después de un breve instante giró ligeramente la cabeza, dejándole ver el rabillo de su ojo entre los mechones de su cabello ondulado, y asintió con una duda silenciosa.
—¿Qué ocurre?
—¿Qué es ese misterioso librito que llevas ahí? —preguntó, inclinándose apenas hacia el canasto y chocando su hombro con el de ella en un gesto ligero, casi despreocupado.
Shonen se detuvo.
No de forma brusca, pero sí lo suficiente como para dejar claro que la pregunta la había tomado completamente por sorpresa. Durante unos segundos lo observó en silencio, como si intentara confirmar que realmente había sido él quien habló.
En todos los años que lo conocía, aquella curiosidad era casi irreconocible.
—¿Acabas de preguntar por mi libro? —murmuró, incrédula, casi como si necesitara escucharlo otra vez para creérselo.
—¿Acaso no puedo hacerlo? —respondió Take con una pequeña risa, sacándole la lengua en tono burlón.
La expresión de Shonen no cambió demasiado, pero algo en su mirada se suavizó apenas. Terminó suspirando, resignada, y con extremo cuidado comenzó a retirar la manta que cubría el canasto.
El libro apareció por completo.
Su encuadernación estaba desgastada, con bordes agrietados y manchas oscuras que delataban el paso del tiempo. Algunas partes parecían haber sido quemadas, otras arrancadas, y las páginas restantes apenas se sostenían unas a otras como si cualquier movimiento pudiera deshacerlas.
Aun así, se lo extendió.
—Ten cuidado —advirtió en voz baja.
Take lo tomó con una mezcla de curiosidad y entusiasmo, como si realmente estuviera a punto de descubrir algo importante. Abrió la tapa con lentitud, pasando los dedos por las hojas con una delicadeza inusual en él.
Pero la emoción no tardó en apagarse.
Las páginas estaban deformadas, algunas ilegibles, otras cubiertas por símbolos extraños que no parecían pertenecer a ningún idioma conocido. La tinta estaba seca, extendida, como si el texto hubiera intentado resistir su propia desaparición. Leerlo era casi una tortura visual.
Aun así, pasó de página en página.
Una tras otra, intentando encontrar sentido entre el caos.
Lo poco que lograba entender hablaba de un sistema interno del ser humano. De un poder oculto que habitaba en todos desde el nacimiento. Según el texto, aquel conocimiento provenía de antiguos monjes del Reino de Kazena, una tierra lejana más allá del océano, prácticamente una leyenda para la mayoría del pueblo.
Take alzó una ceja mientras cerraba el libro.
—Entonces… ¿estás diciendo que todos tenemos ese poder? —lo devolvió con calma—. “Energía espiritual”, así se llama, ¿no?
Shonen volvió a guardar el volumen con el mismo cuidado de antes, asegurándose de cubrirlo bien con la manta antes de seguir caminando. Sus dedos permanecieron un segundo más sobre la tela, como si no quisiera soltarlo del todo.
—Eso es lo que he podido deducir —respondió tras un breve silencio—. Según el libro, la energía espiritual es una fuerza vital que nace con cada persona. Sería una manifestación del alma… y no hay dos iguales. Varía dependiendo de quien la posee, de su naturaleza, y eso influye directamente en su potencial.
Hizo una pausa breve, acomodando mejor el canasto entre sus brazos.
—Pero lo más extraño es la parte final. El texto dice que este poder no era solo algo interno… sino una herramienta creada para enfrentar a criaturas de oscuridad que, en el pasado, estuvieron a punto de extinguir a la humanidad en su búsqueda de poder absoluto.
El sonido de la calle continuó a su alrededor, pero entre ambos, la conversación parecía haber dejado una pequeña sombra suspendida en el aire. Seres de oscuridad, sistema de poder y una historia sin sentido… Incluso el peliazul no podía tomárselo en serio si su contenido de verdad trataba sobre todo eso… ¡Porque estaba completamente seguro de que era un libro de fantasía cliché escrito por algún autor mediocre!