Las gemas malditas

Capítulo 6: Desprecio sanguíneo

Al parecer, la mayoría de los pasillos de la alcaldía eran prácticamente iguales. Caminos interconectados por largos corredores que parecían extenderse hasta el infinito, capaces de marear a cualquiera con solo recorrerlos. Colgados sobre las paredes amarillentas por el paso del tiempo, descansaban distintos cuadros que retrataban importantes reuniones entre caballeros vestidos con costosos trajes y expresiones solemnes. También había fotografías de varias mujeres y niñas sentadas junto a sus padres o maridos, impecablemente arregladas, luciendo largos vestidos de terciopelo adornados con relucientes cadenas de oro y plata que brillaban bajo la tenue luz del edificio.

Todo aquel lugar resultaba tan monótono y carente de vida que hacía retumbar la cabeza de Shonen. Sin darse cuenta, terminó aferrándose con delicadeza a la cálida mano de su compañero. Sentía que, si se separaba de él aunque solo fuera por un segundo, acabaría echando a correr despavorida por aquellos interminables pasillos. Pero, al menos, Takenichi seguía a su lado, manteniéndola firme y evitando que el miedo terminara por dominarla.

Mientras avanzaban, Shonen dirigió la mirada a su alrededor. Varias sirvientas recorrían los corredores con movimientos suaves y silenciosos, caminando con tanta delicadeza que daba la impresión de que flotaban sobre el suelo. Una de las criadas, que fregaba los tablones de madera con un trapo ya desgastado y un cubo de agua oscurecida por la suciedad, levantó la cabeza de golpe al escuchar sus pasos.

Era una muchacha de una edad muy similar a la de Shonen. Llevaba un suave cabello marrón recogido en una coleta y unos grandes ojos color avellana que recorrieron a ambos visitantes de pies a cabeza. Sus labios carnosos se apretaron con evidente nerviosismo, sin saber muy bien cómo debía reaccionar ante aquellos inesperados visitantes.

Sin embargo, cuando sus ojos se posaron sobre la joven de mirada esmeralda que avanzaba con evidente cautela, volvió a sobresaltarse.

La había reconocido.

O, al menos, reconocía el parecido que compartía con cierto hombre.

—¡E-es un placer conocerla, señorita Miyake! —saludó, inclinándose de inmediato mientras tragaba saliva por la presión que sentía—. D-disculpe mi intromisión, pero... ¿a qué se debe su presencia?

Shonen se detuvo frente a ella, ligeramente sorprendida por el tono rígido de su voz y la excesiva formalidad con la que la trataba. No era algo que le desagradara por completo, pero siempre había sentido cierto rechazo hacia quienes se dirigían a ella con semejante respeto únicamente por ser la hija de un alcalde de pacotilla.

Con un pequeño movimiento de muñeca le indicó que se incorporara.

No había necesidad de formalidades. De todas formas, ella ya no vivía en aquel lugar, por lo que ya no debería ser considerada por ese apellido.

La criada obedeció de inmediato, aunque su postura continuó siendo tan recta como antes.

—Estoy buscando a... mi padre —murmuró las últimas palabras con evidente dificultad, sintiendo casi ganas de vomitar al pronunciarlas—. ¿Sabes si está en su oficina?

La muchacha guardó silencio durante unos instantes mientras alzaba la vista hacia el techo, intentando recordar si el alcalde había pasado por allí hacía poco. Sin embargo, tras pensarlo unos segundos, terminó negando con cierta inseguridad.

—Lo lamento, señorita, pero no puedo darle una respuesta concreta —respondió mientras señalaba el cubo de agua sucia y el trapo que aún sostenía entre las manos—. Como puede ver, llevo bastante tiempo limpiando los pisos de este lugar. Apenas he tenido oportunidad de levantar la cabeza, así que no sabría decirle si el señor alcalde se encuentra en su oficina o si aún sigue fuera.

La joven rubia dejó escapar un imperceptible bufido.

Su pierna izquierda comenzó a subir y bajar con rapidez, golpeando rítmicamente una de las tablas del suelo que, con cada impacto, dejaba escapar un leve crujido.

—Sí... creo que lo entiendo —balbuceó sin conseguir que aquellas palabras sonaran del todo naturales—. Disculpa por haberte interrumpido mientras trabajabas. Por favor, continúa con tus quehaceres.

Acto seguido, dio un suave, pero firme golpe sobre el hombro del peliazul, intentando hacerle entender, sin necesidad de palabras, que lo mejor sería marcharse cuanto antes.

Takenichi captó el gesto al instante.

Al bajar la mirada hacia ella, advirtió el constante temblor que recorría sus hombros. Sus ojos comenzaban a humedecerse y el color de su rostro desaparecía poco a poco, como si toda la sangre hubiera abandonado su cuerpo. Incluso parecía estar conteniendo las ganas de vomitar. Bastó con que pronunciara la palabra "padre" para que todo el miedo que intentaba ocultar volviera a aflorar de golpe.

Dentro de su cabeza, una única idea se repetía una y otra vez con desesperación.

«Me quiero ir... Me quiero ir... Me quiero ir... Me quiero ir...»

No dejaba de repetírselo, intentando convencerse de que todavía estaba a tiempo de abandonar aquel lugar y olvidar por completo aquella absurda idea. Cada segundo que permanecía allí hacía más pesado el nudo que sentía en el pecho, y una parte de ella rogaba por darse media vuelta y salir corriendo antes de tener que volver a ver el rostro de ese hombre.



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En el texto hay: psicologico, fantasiosa y aventura, acción / suspenso

Editado: 22.08.2026

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