Las gemas malditas

Capitulo 7: El descenso a lo desconocido

Cuando la luna comenzaba a sobresalir entre la arboleda del extenso bosque, el sutil pero hipnotizante resplandor rojizo fue cediendo su lugar al brillo sereno de las estrellas y el manto de la profunda oscuridad. Los grillos del entorno saltaban de hoja en hoja entonando su característica melodía con fervor. Los únicos bichos que se atrevían a romper la atmosfera cargada de silencio. Las hojas más finas de los árboles se mecían suavemente, agitadas por una corriente de aire helada que anunciaba la llegada de la noche.

Los árboles se estremecían suavemente, agitadas por la juguetona brisa que anunciaba la llegada del invierno; en la lejanía del bosque, más allá del pueblo, se podía visualizar a un joven delgado y de cabello negro reposando bajo la copa de un coloso de, por lo menos, 100 metros de altura y 30 metros de grosor. Su espalda se apoyaba en contra de la rugosidad del tronco, su pecho subiendo y bajando con suavidad mientras dormía plácidamente. Sus manos entrelazadas bajo su nuca y sus piernas extendidas lo más posible, sintiendo en sus dedos del pie la humedad del césped. La tranquilidad del ambiente lo inducía a regular sus instintos, relajando sus músculos adoloridos.

Pero sus finos y sensibles oídos lograron captar justo a tiempo el estremecimiento de los arbustos a su lado. Se agitaban de un lado otro, soltando leves chillidos que de alguna manera simulaban a los gruñidos de una bestia salvaje a punto de atacar a su presa. Yusu, quien antes dormía plácidamente abrió sus parpados sobresaltado por el constante zumbido de los animales.

Su mano tembló al sostener una rama caída de su costado, apretando sus dedos sobre esta con insistencia. No sabía que era lo que se ocultaba, cada segundo impulsaba su corazón a acelerarse por este encuentro. El ambiente se volvió más tenso, el arbusto se agitó más rápido. ¡Y en ese instante, la criatura saltó en su contra, levantando sus afiladas garras y grandes dientes...!

Pero solamente era un tierno y gordo conejo de las nieves. Más bien era una manada de conejos. Una familia conformada entre la madre y sus crías que la perseguían tontamente.

Esta revelación dejó al pobre pelinegro desconcertado, sintiéndose un idiota por haber creído que era algo mucho más peligroso. Aunque tampoco se iba a negar que le parecía entrañable que algo tan pequeño y adorable pudiera hacerle daño. Extiende su mano, queriendo acariciar sus pequeñas cabezas.

—Me dieron un gran susto pequeños —suelta una leve risa, masajeando las orejas de la criatura con la yema de sus dedos—. Lamento el haberlos casi atacado con la rama, pero es que en verdad creí que eran algo mucho más peligroso.

Los conejos correteaban a su alrededor, saltando y olfateando sus bolsillos. Metían sus quisquillosas narices bajo el abrigo del pelinegro, intentando sacar algo que escondía; Yusu se dio cuenta de esta extraña actitud y, con suaves movimientos, sacó el pedazo de pan a medio morder. Lo sostuvo entre los dedos por un momento, dándose cuenta de que las pequeñas criaturas lo seguían con la mirada, agitando sus patitas al aire y bigotes en modo de súplica.

—¡Acaso me lo están pidiendo? —se preguntó tontamente, extendiendo el pedazo de pan. Aunque los conejos se lo arrebataron de un salto.

Yusu quedó perplejo por la rapidez de las criaturitas. Pero no se negó en absoluto; se acomoda bajo el tronco, alisando su ropaje doblado. Sus rodillas se apegan a su pecho, abrazando y apoyando su mentón con pesadez. Observó la escena de la familia devorando el pan, manteniendo sus labios cerrados. Sus ojos seguían atentamente el movimiento de los dientes laterales de los conejos, tarareando una melodía lenta y casi melancólica, resguardada en sus borrosos recuerdos. Incluso el presenciar a la madre lamer a sus crías en formas de besos, le producía un apretón en su pecho.

—“Si que me dan envidia... Verlos así, tan unidos me hace estremecer de envidia” —Los pensamientos de Yusu se hacían más borrosos, como si estuviera por desmayarse—. “Si tan solo pudiera recordar... Si tan solo yo...”

Su voz se fue apagando, deseando con toda su alma poder recuperar los recuerdos que alguna vez perdió... Si, Yusu tiene una fuerte crisis de pérdida de memoria desde que era un simple niño. De hecho, fue encontrado por Take a sus 8 años, merodeando por el bosque en soledad y sin una conciencia propia.

No recuerda quien es o de donde viene, no sabe cómo llegó a vagar por los alrededores y tampoco podía recordar a sus padres y amigos. No recuerda nada, ni siquiera si alguna vez tuvo un nombre propio. Suelta un resoplido, golpeando repetidamente su nuca en contra de la rugosa madera del árbol, esperando recuperar, aunque sea un rostro conocido. Pero como todas las noches, nunca ocurre.

—Me gustaría tan recordar quienes fueron o de donde provine —susurró en melancolía—. Pero supongo que eso nunca sucederá. Porque por más que les ruegue a las estrellas, nunca me lo concederán.

La brisa nocturna se volvió más gélida, arrastrando consigo un silencio antinatural y casi muerto. Fue tanta la presión que los grillos dejaron de cantar y el viento cesó su retorcimiento.

Pero, antes de darse cuenta, ¡alguien apareció de entre los arbustos y era...!

Takenichi. Nada más y nadie menos que él.

—¡Puta madre, maldito bosque de mierda! —expresó con... ¿supongo que calma? —. ¡Ya te he dicho mil veces que odio cuando vienes tú solo a este maldito bosque! ¡Sobre todo por todos estos babosos obstáculos en el camino!



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En el texto hay: psicologico, fantasiosa y aventura, acción / suspenso

Editado: 22.08.2026

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