Desde la estrecha apertura de la gran puerta, varios ojos amarillentos comenzaron a hacerse visibles entre la oscuridad. Permanecían inmóviles, hundidos en una negrura tan profunda que resultaba imposible distinguir a quién pertenecían. Lo único que Takenichi alcanzaba a ver eran aquellas miradas penetrantes y los largos brazos que empezaban a extenderse lentamente desde el interior, deslizándose hacia él como si intentaran alcanzarlo.
El peliazul no podía apartar la vista. Sus pupilas permanecían fijas, rígidas, como si el simple acto de parpadear pudiera hacer que aquellas criaturas avanzaran todavía más rápido. El aire se le quedó atrapado en la garganta, sin decidirse entre salir o permanecer allí, mientras una tensión helada le recorría el pecho.
Por más que intentaba comprender lo que tenía delante, su cerebro era incapaz de procesarlo. Aquello desafiaba cualquier explicación que pudiera encontrar. No había forma de encajarlo en algo lógico, ni siquiera en algo remotamente conocido. Su respiración se volvió errática y una única idea comenzó a repetirse una y otra vez dentro de su cabeza: «Esto no podía ser real...»
Quería convencerse de que todo era una pesadilla, una más de las tantas que lo hacían despertar sobresaltado en mitad de la noche, cubierto de sudor y con el corazón desbocado. Deseaba abrir los ojos de un momento a otro y descubrir que seguía acostado en la cama de su habitación, riéndose de lo ridículo que había sido aquel sueño.
Pero, por más que lo esperaba, nada ocurrió. La puerta y los miles de ojos continuaban allí, al igual que su más preciado amigo.
El aire de la caverna parecía haberse vuelto más denso, como si incluso el silencio hubiera adquirido peso. El sonido de las gotas cayendo en algún punto lejano ya no tranquilizaba; ahora solo servía para acentuar la sensación de que algo los observaba desde todos los ángulos posibles.
A pocos metros de distancia, «Yusu» soltó una sonora carcajada. Su risa retumbó por toda la caverna, mezclándose con el estruendo de la montaña y el eco que devolvían las paredes de roca. Levantó ambos brazos con una euforia desbordante, como si estuviera presenciando el acontecimiento más esperado de su existencia o como si, finalmente, algo hubiera encajado dentro de su mente de una forma perfecta y terrible a la vez.
—¡El día de nuestra libertad por fin llegó, amigos míos! —gritó a todo pulmón, alzando la voz hacia las criaturas ocultas tras la puerta—. ¡El día en el que este decrépito mundo llega a su inevitable destrucción está aquí! ¡Y esta vez nadie podrá evitarlo!
Las retorcidas ideas que había resguardado durante incontables años comenzaron a aflorar sin el menor intento de contenerlas. Cada pensamiento se mezclaba con el siguiente hasta formar una única imagen: un mundo consumido por el caos, ciudades reducidas a escombros y ríos de sangre extendiéndose bajo un cielo cubierto de oscuridad. En su mente, los gritos de desesperación se confundían con súplicas de auxilio, mientras los rostros deformados por el horror de quienes algún día caerían ante él alimentaban una satisfacción imposible de ocultar. Aquella sola idea bastaba para hacer que una sonrisa se dibujara lentamente en su rostro.
Dejó caer los brazos a los costados con una tranquilidad inquietante y exhaló lentamente, disfrutando de cada segundo como si estuviera saboreando una victoria largamente esperada.
—Oye, niño, gracias por hacer esto posible. —Se volvió hacia el peliazul y sus labios se estiraron en una extraña sonrisa, serena y delicada, que contrastaba por completo con las palabras que acababa de pronunciar—. Con el pasar de los años, mis poderes se fueron debilitando y la frontera no hizo más que fortalecerse. Incluso llegué a creer que este plan sin sentido terminaría por fracasar... ¡Pero el resultado terminó siendo todo lo contrario!
Una risa escapó de entre sus labios. Sus dedos no dejaban de moverse, sacudiéndose de un lado a otro con una impaciencia difícil de contener, mientras sus pies daban pequeños brinquitos sobre la piedra. Aquella emoción desbordaba cada uno de sus gestos; después de tanto tiempo esperando, de tantos años viendo cómo sus posibilidades se desvanecían poco a poco, por fin tenía frente a él la prueba de que todo había valido la pena.
—Mi plan consistía en extender mis poderes dentro de un rango tan reducido que ni siquiera la frontera pudiera detectarme y, con toda la paciencia del universo, esperar un laaargo tiempo hasta que algún humano lo bastante desafortunado se atreviera a poner un pie en este lugar —explicó mientras giraba sobre sí mismo con la despreocupación de un niño que acaba de presumir su mayor logro—. Claro, era un plan ridículo. Ninguno de mis compañeros creyó que fuera a funcionar... ¡Pero miren quién es el que se ríe ahora, estúpidos!
Su carcajada volvió a retumbar por toda la caverna.
Takenichi permanecía inmóvil, incapaz de ordenar sus pensamientos. Sentía la garganta seca, cerrada por la tensión, como si las palabras se negaran a salir de su boca. Intentaba comprender todo lo que acababa de escuchar, pero ninguna explicación parecía tener sentido. Quería levantarse y correr sin mirar atrás, abandonar aquella caverna para no volver jamás, pero sus piernas no respondían. El temblor que recorría su cuerpo era tan intenso que apenas conseguía mantenerse en pie, aferrándose con desesperación al suelo. Sus uñas, rotas por el esfuerzo, se clavaban entre las grietas de la roca como si soltarse significara caer en un vacío del que nunca podría regresar.