El esplendor de la luna bañaba el bosque con un fulgor plateado, tiñendo cada rincón con un suave manto grisáceo. Las ramas se mecían al compás del viento nocturno, dejando escapar un murmullo tenue que se desvanecía entre los árboles como un suspiro perdido en la inmensidad del bosque. En lo alto, miles de estrellas se extendían sobre el cielo nocturno, dispersas como polvo estelar sobre un inmenso lienzo. Su silencioso resplandor envolvía el paisaje en una calma casi irreal, una de esas noches capaces de hechizar a cualquiera que se detuviera a contemplarlas.
No muy lejos de allí, un joven de cabello azul avanzaba sin rumbo entre la espesura, cojeando con dificultad mientras arrastraba los pies sobre la tierra húmeda. Sus movimientos eran pesados e irregulares, como si cada paso exigiera un esfuerzo mayor que el anterior. La confusión seguía apoderándose de su mente y el peso de todo lo ocurrido hacía que le resultara imposible pensar con claridad.
Sin detenerse a pensar, comenzó a descender por las pequeñas colinas a toda prisa. Más de una vez perdió el equilibrio y terminó resbalando cuesta abajo, deslizándose entre la tierra húmeda mientras los arbustos le arañaban los brazos y las ramas golpeaban su rostro. En otras ocasiones chocaba de lleno contra los árboles que se interponían en su camino, apenas amortiguando el impacto antes de volver a levantarse y continuar.
Takenichi no detenía su avanzar, necesitando encontrar a Shonen cuanto antes y marcharse con ella de aquel lugar. Después de todo, los dos ya habían sido desterrados. Ya no existía un hogar al que volver ni un motivo para permanecer allí. Si conseguía reunirse con su amiga, abandonarían aquel pueblo para siempre y pondría la mayor distancia posible entre ellos y esa maldita caverna donde no pudo salvar a Yusu. Pero esta vez, no pensaba fallar.
—Maldición... —tosió un par de veces, llevándose una mano al pecho mientras el dolor acumulado le dificultaba incluso respirar—. Solo un poco más... solo un poco...
En medio de la oscuridad, su cuerpo se estrelló de lleno contra una enorme roca, interrumpido su hablar; El impacto le dio directamente en el rostro, arrancándole un gemido ahogado y haciendo que un hilo de sangre escapara de su nariz y de la comisura de sus labios. El golpe lo hizo caer al suelo, revolcándose de un lado a otro entre la hierba y las hojas secas.
—¡Puta madre! ¿¡Por qué me pasa esto a mí!? —protestó con la voz quebrada.
Un fino río de sangre brotó de sus fosas nasales, deslizándose lentamente hasta su mentón y manchando sus labios. Intentó limpiarse una y otra vez con la manga de su camisa, pero fue un intento inútil porque apenas terminaba de retirar el trapo manchado, la sangre nuevamente comenzaba a correr, tiñendo la tela de un rojo cada vez más intenso.
Frunció el ceño con frustración y gritó desde lo más profundo de su pecho, volviendo a restregarse su manga con fuerza. Aunque por más que insistida, el sangrado parecía no tener intención de detenerse.
«¡Tengo que darme prisa o ese loco terminará alcanzándome!», pensó mientras apretaba los dientes y obligaba a sus piernas a incorporarse una vez más.
Aceleró el paso entre los árboles, ignorando el dolor de sus piernas y los constantes tropiezos provocados por las raíces que sobresalían del suelo. Las ramas golpeaban su rostro y los arbustos arañaban sus brazos al abrirse paso entre la vegetación, apenas consciente de ello. Su mano descendió casi por instinto hasta el bolsillo donde había guardado la gema, comprobando que seguía allí por seguridad. Al darse cuenta de que aún estaba junto a él por más que había tropezado, la apretó con fuerza y la encerró en su puño.
«¡Encontraré la forma de devolverte a la normalidad, Yusu!», juró para sus adentros. «No me importa cuánto tiempo me lleve ni las cosas que tenga que enfrentar. Si para salvarte debo recorrer este mundo de punta a punta y hacerme más fuerte para enfrentarme a ese demonio... lo haré. Aunque tenga que adentrarme en los rincones más oscuros de este mundo y descubrir que es esta gema de mierda... te traeré de vuelta. Te lo prometo.»
Pero de pronto, un repentino fulgor apareció no muy lejos de donde se encontraba, obligándolo a detenerse en seco.
La luz se filtraba entre los árboles, bañando su piel con un resplandor anaranjado que se agitaba sin descanso y se ondulaba de un lado a otro, deformando las sombras de los troncos con cada movimiento. Takenichi permaneció inmóvil, incapaz de apartar la mirada de aquel extraño espectáculo que rompía por completo la calma del bosque. Hipnotizado por lo maravillosamente incomodo por esa extraña familiaridad que no conseguía explicar y que, por alguna razón, le oprimía el pecho con cada segundo que pasaba.
—¿Por qué siento que esto ya lo he vivido...? —murmuró casi sin darse cuenta, mientras las lágrimas comenzaban a deslizarse por sus mejillas sin que entendiera el motivo—. Qué extraño... Es como aquel...
Su respiración perdió el ritmo sin que él mismo lo advirtiera. El aire entraba con dificultad en sus pulmones y salía en exhalaciones cada vez más cortas, mientras el corazón golpeaba con tanta fuerza que el pulso parecía retumbarle en los oídos. Sus dedos comenzaron a crisparse de forma involuntaria y un leve temblor recorrió sus brazos antes de extenderse lentamente por el resto del cuerpo.
—No me digas que... —tragó saliva con dificultad mientras obligaba a sus piernas a seguir avanzando—. ¡Por favor... que no sea verdad...!
Las ramas se enredaban en su ropa, arañándole los brazos y rasguñándole el rostro cada vez que apartaba una con el hombro, pero apenas era consciente de ello. Toda su atención permanecía fija en aquella luz que continuaba filtrándose entre la espesura del bosque, creciendo con cada metro que recorría y alimentando una inquietud que ya no podía seguir ignorando. Cuanto más se acercaba, más intensa se volvía, hasta teñir de naranja los árboles que tenía delante y cubrir el sendero con un brillo irregular que no dejaba de oscilar.