El tiempo pasó volando. El cielo azul de la mañana había cedido su lugar a un radiante atardecer que bañaba el pueblo con un calor mucho más suave. Poco a poco, los comerciantes comenzaron a desmontar sus puestos y los habitantes regresaban a sus hogares después de una larga jornada de trabajo. Sin embargo, a un costado del mercado, dos jóvenes todavía pagaban las consecuencias del desastre que habían provocado horas atrás.
Rodeados de astillas, ruedas rotas y tablones despedazados, Takenichi y Yusu continuaban recogiendo los restos de la vieja carreta. El peliazul trabajaba con evidente fastidio, pateando de vez en cuando alguna astilla mientras apretaba los puños, incapaz de sacudirse la frustración que llevaba acumulada desde su discusión anterior. Yusu, en cambio, recogía en silencio las tablas que aún podían aprovecharse y las apartaba cuidadosamente para reutilizarlas.
Al cabo de un rato, dejó escapar un suspiro y apoyó la escoba a su lado.
—¿Vas a seguir molesto por lo que te dije antes? —preguntó, llevándose una mano a la cintura—. Por Dios... olvídate de esa mierda de una vez y descansa un poco.
Takenichi se volvió hacia él, intentando disimular el cansancio que le pesaba en los brazos y las piernas. El sudor empapaba su ropa y su respiración entrecortada delataba el esfuerzo que había hecho durante toda la tarde, pero su orgullo no le permitía admitirlo.
—¡¿Descansar?! ¡Olvídalo! —respondió con una sonrisa desafiante—. ¡Todavía tengo energía de sobra para seguir adelante!
Yusu lo observó durante unos segundos antes de negar con la cabeza.
—¿Acaso eres idiota? No tienes buena resistencia física y jamás entrenas tu cuerpo para este tipo de trabajos. Recuerda que nunca has conseguido ganarme en un combate cuerpo a cuerpo. Por más que me desafíes, el resultado siempre termina siendo el mismo. No porque seas torpe, sino porque nunca haces nada para superarte. Debes admitirlo.
No pretendía sonar arrogante ni herirlo. Simplemente estaba diciendo algo que, desde su punto de vista, resultaba imposible negar. Takenichi siempre encontraba alguna excusa para evitar los trabajos pesados y rara vez hacía algo por fortalecer su cuerpo. Prefería divertirse antes que esforzarse por mejorar.
Sin embargo, aquellas palabras terminaron golpeándolo justo donde más le dolía.
—...Eres un imbécil si de verdad piensas eso —murmuró, cerrando los puños—. ¡No soy alguien débil! ¡Y puedo valerme perfectamente por mí mismo! ¡Solo me estás subestimando porque no quieres aceptar la forma en la que decido vivir!
El silencio cayó sobre ambos. Yusu abrió la boca, dispuesto a cambiar de tema antes de que la discusión creciera todavía más, pero Takenichi se le adelantó.
—Es solo que... ¡Que yo estoy...!
—¿Qué están haciendo?
La voz los interrumpió.
Yusu se incorporó de inmediato, sacudiéndose la ropa, mientras Takenichi giraba sobre sus talones. Frente a ellos se encontraba Shonen, sosteniendo un pequeño canasto de mimbre con varios frascos de agua, trozos de pan recién horneado y un viejo libro que sobresalía entre la comida.
—¡No estamos haciendo nada malo, lo juro! —se apresuró a responder Takenichi, señalando torpemente a Yusu—. Solo... solo le estaba contando algo personal.
Shonen entrecerró los ojos.
—Mmm, ya veo... ¿Y ya terminaron de arreglar el desastre que provocaron?
Takenichi sonrió y se hizo a un lado, mostrándole orgullosamente el lugar. Shonen recorrió el mercado con la mirada. Las tablas rotas habían desaparecido y el camino ya no estaba cubierto de polvo. Aunque todavía quedaban algunos restos de la carreta, el desastre había sido recogido y el lugar volvía a lucir ordenado.
La expresión de la muchacha se suavizó hasta convertirse en una sonrisa sincera.
—Vaya... en verdad lo hicieron...
Se acercó a Takenichi y levantó una mano. Él retrocedió instintivamente, cerrando los ojos y preparándose para recibir otro golpe. Pero, en lugar de un regaño, sintió los dedos de Shonen acariciándole suavemente el cabello.
Desconcertado, abrió los ojos. La joven sonreía con una calidez poco habitual, y sus mejillas se habían teñido de un tenue color rosado bajo la luz anaranjada del atardecer. Durante un instante, Takenichi se quedó inmóvil, incapaz de apartar la vista de aquella expresión.
Shonen retiró la mano y tomó uno de los frascos de agua junto con un trozo de pan para ofrecérselos.
—Ten, te lo ganaste por todo tu esfuerzo —dijo, sacándole la lengua juguetonamente—. ¡Hicieron un buen trabajo, los felicito a ambos!
—Ah... G-gracias... —susurró Takenichi, sorprendido.
La garganta le ardía después de pasar toda la tarde cargando tablones bajo el calor, así que aceptó el frasco y bebió con tanta desesperación que parte del agua terminó resbalándole por la barbilla. Shonen soltó una risa al verlo y después se acercó a Yusu, ofreciéndole el segundo recipiente.
—Ten, tú también deberías refrescarte un poco. De lo contrario, podrías desmayarte.
—Te lo agradezco... La verdad, lo necesitaba.