Las gemas malditas - Volúmen 1

Capitulo 10: Las llamas carmesíes

El esplendor de la luna bañaba el bosque con un fulgor plateado, tiñendo cada rincón con un suave manto grisáceo. Las ramas se mecían al compás del viento, dejando escapar un murmullo tenue que se desvanecía entre los árboles. En lo alto, miles de estrellas se extendían sobre el cielo nocturno, dispersas como polvo estelar sobre un inmenso lienzo. Su silencioso resplandor envolvía el paisaje en una calma casi irreal, una de esas noches capaces de hechizar a cualquiera que se detuviera a contemplarlas.

No muy lejos de allí, un joven de cabello azul avanzaba sin rumbo entre la espesura, cojeando con dificultad mientras arrastraba los pies sobre la tierra húmeda. Sus movimientos eran pesados e irregulares, como si cada paso exigiera un esfuerzo mayor que el anterior. La confusión seguía apoderándose de su mente y el peso de todo lo ocurrido hacía que le resultara imposible pensar con claridad.

Sin detenerse a pensar, comenzó a descender por las pequeñas colinas a toda prisa. Más de una vez perdió el equilibrio y terminó resbalando cuesta abajo, golpeándose contra la tierra y los arbustos antes de levantarse para continuar. Las ramas le arañaban los brazos y el rostro, pero apenas prestaba atención a las molestias.

Takenichi necesitaba encontrar a Shonen cuanto antes y marcharse con ella de aquel lugar. Después de todo, ambos habían sido desterrados. Ya no existía un hogar al que volver ni un motivo para permanecer allí. Si conseguía reunirse con su amiga, abandonarían aquel pueblo para siempre y pondría la mayor distancia posible entre ellos y esa maldita caverna donde no había podido salvar a Yusu.

Pero esta vez no pensaba fallar.

—Maldición... —tosió un par de veces, llevándose una mano al pecho mientras el dolor acumulado le dificultaba incluso respirar—. Solo un poco más... Solo un poco...

En medio de la oscuridad, su cuerpo se estrelló de lleno contra una enorme roca. El impacto le dio directamente en el rostro, arrancándole un gemido ahogado y haciéndolo caer sobre la hierba. Permaneció unos segundos en el suelo, aturdido, antes de llevarse una mano a la nariz.

—¡Puta madre! ¿¡Por qué me pasa esto a mí!? —protestó con la voz quebrada.

Un hilo de sangre descendía desde sus fosas nasales hasta la comisura de sus labios. Intentó limpiárselo con la manga, pero el sangrado continuó, manchando la tela de rojo. Frunció el ceño con frustración y volvió a restregarse el rostro, aunque aquello no sirvió de mucho.

«¡Tengo que darme prisa o ese loco terminará alcanzándome!», pensó mientras apretaba los dientes y obligaba a sus piernas a incorporarse una vez más.

Aceleró el paso entre los árboles, ignorando el dolor de sus piernas y los constantes tropiezos provocados por las raíces que sobresalían del suelo. Su mano descendió casi por instinto hasta el bolsillo donde había guardado la gema, comprobando que seguía allí. Al sentirla entre sus dedos, la apretó con fuerza y la encerró en su puño.

«¡Encontraré la forma de devolverte a la normalidad, Yusu!», juró para sus adentros. «No me importa cuánto tiempo me lleve ni las cosas que tenga que enfrentar. Si para salvarte debo recorrer este mundo de punta a punta y hacerme más fuerte para enfrentarme a ese demonio... lo haré. Aunque tenga que adentrarme en los rincones más oscuros de este mundo y descubrir qué es esta gema de mierda... te traeré de vuelta. Te lo prometo».

Pero, de pronto, un repentino fulgor apareció entre los árboles, obligándolo a detenerse en seco.

La luz se filtraba entre la espesura, bañando su piel con un resplandor anaranjado que se agitaba sin descanso. Takenichi permaneció inmóvil, incapaz de apartar la mirada de aquel extraño espectáculo que rompía por completo la calma del bosque. Una familiaridad inexplicable le oprimió el pecho, despertando en él una inquietud que no conseguía comprender.

—¿Por qué siento que esto ya lo he vivido...? —murmuró casi sin darse cuenta, mientras las lágrimas comenzaban a deslizarse por sus mejillas—. Qué extraño... Es como aquel...

Su respiración perdió el ritmo. El aire entraba con dificultad en sus pulmones y salía en exhalaciones cada vez más cortas, mientras el corazón golpeaba con tanta fuerza que el pulso parecía retumbarle en los oídos. Un leve temblor recorrió sus brazos y se extendió lentamente por el resto de su cuerpo.

—No me digas que... —tragó saliva con dificultad mientras obligaba a sus piernas a seguir avanzando—. ¡Por favor... que no sea verdad!

Las ramas se enredaban en su ropa y le arañaban el rostro cada vez que apartaba alguna con el hombro, pero apenas era consciente de ello. Toda su atención permanecía fija en aquella luz, que se hacía más intensa con cada metro recorrido, hasta teñir de naranja los árboles y cubrir el sendero con un brillo irregular.

Cuando finalmente cruzó la última hilera de árboles, su cuerpo entero se tensó. Sus ojos se abrieron poco a poco, incapaces de apartarse de la escena que tenía delante, mientras el temblor de sus extremidades se hacía cada vez más evidente.

El lugar donde había crecido, el pueblo que, aun después de expulsarlo, seguía guardando los recuerdos de tantos años junto a sus amigos...

...Estaba siendo consumido por las llamas.

El fuego devoraba las viviendas, trepando por las paredes, rompiendo ventanas y tragándose los techos. El humo se elevaba sobre las calles, cubriendo el cielo con una masa oscura y sofocante. Algunas estructuras crujían bajo el calor, mientras otras cedían lentamente, soltando fragmentos que se precipitaban sobre los caminos.



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En el texto hay: psicologico, fantasiosa y aventura, acción / suspenso

Editado: 27.09.2026

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