Las Gradas No Olvidan

Las gradas no olvidan

veces, crecer no es amar más…
sino aprender a no rogar.

Nunca pensé que una historia importante pudiera empezar en un acto cívico.
De esos eternos.
De esos donde el sol pega fuerte, los discursos se alargan sin piedad y uno solo piensa en cuándo va a sonar el timbre.

Yo estaba sentada con Mauricio, hablando de cualquier cosa para sobrevivir al aburrimiento, cuando de pronto bajó la voz y se acercó como si fuera a contarme el secreto más grave del universo.

—Mi primo está soltero —dijo, con una sonrisa sospechosa.

Le levanté una ceja.
Eso nunca termina bien, pensé.

—¿Y eso qué tiene que ver conmigo? —pregunté.

Mauricio suspiró dramáticamente, como si acabara de recordar una tragedia digna de telenovela.

—Una chica lo usó. Le sacaba dinero, comida… todo lo que quiso. Y luego lo desechó.

Hice una mueca de pena genuina.

—Ay… pobrecito —dije, porque sí, porque nadie merece algo así.

Mauricio sonrió triunfante, como si esa frase fuera exactamente lo que estaba esperando.

—Mirá, ahí está.

Señaló hacia las gradas de enfrente.
Seguí la dirección de su dedo…
y mi corazón dio un pequeño salto incómodo, mezclado con pena.
El chico estaba de pie, tranquilo, hablando con sus amigos. Era alto, de cabello lacio color oro y ojos color miel. Tenía una contextura robusta, mejillas llenas y pecas repartidas por el rostro. Su expresión era risueña, con una vibra tan buena que se sentía incluso a la distancia.
Y en ese preciso instante…
se dio cuenta de que lo estaban señalando.
Nuestras miradas se cruzaron.
Yo reí.
Él se sonrojó.
No fue una risa burlona, fue nerviosa, automática, de esas que salen cuando no sabes qué hacer y tu cuerpo decide por ti. Él bajó un poco la mirada, claramente apenado, y yo pensé:
Genial, Elizabeth. Primer contacto visual y ya pareces una loca.
El acto cívico continuó. Nos sentamos en nuestros lugares…
y ahí terminó todo.
O eso creí.
Porque a veces la vida es muy insistente.
Durante los días siguientes, Mauricio no se rindió.
Que le diera una oportunidad.
Que su primo era buena persona.
Que no todos los chicos eran iguales.
Yo siempre respondía lo mismo:
—No. Apenas salí de una relación. Quiero tiempo para mí.
Y era verdad. No quería promesas, ni ilusiones nuevas, ni corazones en juego… especialmente el mío.
Con el tiempo, Mauricio dejó de insistir.
O al menos, lo hizo menos.
Pasó ese año.
Y pensé que ese chico de las gradas quedaría solo como una anécdota incómoda.
Spoiler: la vida se rió en mi cara.
Porque al año siguiente, por esas ironías que solo el colegio sabe crear, terminamos en la misma clase.
Y ahí, sentado a pocos puestos de distancia, estaba él.
Albán.
Todavía no lo sabía, pero ese nombre iba a quedarse conmigo mucho más tiempo del que imaginaba.
Y así, sin advertencias ni preparativos…
empezó todo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.