Las grietas que dejó el silencio

Capítulo 8: El invierno del silencio

Valeria apresuró el paso por el pasillo, pero la distancia pareció jugar en su contra a cada segundo. Antes de que lograra alcanzarlo, Isabella se interpuso en el camino, se acercó a Santiago y emprendió la marcha a su lado, atrapándolo en una conversación ajena. Él continuó avanzando sin voltear, empeñado en ignorar la presencia que tanto intentaba evadir.

Pero ella ya no tenía paciencia para la indiferencia. Sintiendo que el pecho le estallaba, casi corrió hacia él, ignorando las miradas de los demás estudiantes. Isabella la miró sorprendida, pero Valeria no se detuvo; continuó caminando de prisa al lado de Santiago, obligándolo a escucharla mientras seguían su trayecto hacia la salida de la facultad.

—Santiago, no puedes seguir tratandome como a una desconocida —le soltó Valeria con la voz rota por la frustración, manteniendo el ritmo de la caminata—. ¿Tanto te pesa mi amistad?

Santiago se detuvo. Aunque intentó mantener su desinterés, no pudo contener las ganas de mirarla.

—Yo no quiero problemas, Valeria, por eso me he alejado —soltó en un susurro—. Soy un muchacho tranquilo, pero si Ricardo quiere problemas conmigo, los tendrá, porque yo también me sé defender.

A Valeria no le dio tiempo de responder. En ese preciso instante, el carro de su suegro se estacionó frente a la acera de la entrada. Al volante estaba Ricardo, quien de inmediato clavó los ojos en Santiago mientras le hacía señas a Valeria para que subiera al vehículo.

Santiago no bajó la cabeza. Le sostuvo la mirada a través del parabrisas, con ganas de enfrentarlo. No hizo un solo movimiento de retirada.

Desde el asiento del conductor, Ricardo apretó el volante con una sonrisa retadora. Valeria, atrapada en medio de aquella guerra muda, caminó a toda prisa con la cabeza baja, abrió la puerta y se ubicó en el puesto del copiloto. Ricardo aceleró de golpe; no hubo suavidad en su partida. El auto salió disparado hacia adelante, dejando atrás una densa nube de humo blanco y el fuerte olor a caucho quemado. Valeria miró por el espejo lateral y vio a Santiago, quien movía la cabeza con un gesto de total desaprobación.

Ese momento sepultó la amistad entre ambos; dolió más que cualquier materia aplazada en toda la carrera. Con el inicio del sexto semestre, entrar al aula se convirtió en una tortura diaria. La ausencia de su amigo no era solo un asunto de calificaciones o de entregas de proyectos; era un vacío físico que sentía en el pecho apenas cruzaba la puerta de la facultad. Durante años se había acostumbrado a buscarlo, a compartir apuntes, a quejarse de los profesores, a exprimir cada momento libre entre asignaturas y hasta a celebrar sus cumpleaños. Ver el pupitre contiguo desierto todos los días la desarmaba.

Ahora, Valeria se sentaba en las filas delanteras con un nuevo grupo de estudio. Isabella y Viki eran amables, la integraban en los debates y cumplían a la perfección con las tareas, pero el trato seguía siendo ajeno, formal y puramente académico. Desde su esquina, ella no podía evitar mirar de reojo hacia el fondo del aula, donde Santiago pasaba las horas bromeando con sus nuevos compañeros de equipo o concentrado en sus cuadernos, como si el resto del mundo no existiera.

Las semanas corrieron con una monotonía desgastante. Santiago, fiel a su doloroso pacto de protección, dejó de esperarla en los pasillos. Ya no caminaban juntos bajo el sol de la tarde hacia la parada de autobús, comentando lo pesado del semestre. Cada vez que el espacio entre ellos se reducía, él se apartaba, abriendo un profundo dolor en Valeria. La rutina que con tanto esmero habían construido desapareció; pero lo que más le dolía no era la temperatura de aquel salón de ingeniería, sino el desamparo que él dejó al alejarse.

Meses atrás, en un gesto que todavía le encendía las mejillas al recordarlo, Santiago se quitaba su chaqueta para ponérsela a ella en los hombros. Ese abrigo de tela gruesa, que siempre olía a su perfume limpio, fue su escudo contra los insultos de Ricardo y las malas caras de sus suegros. Ahora la realidad era otra. Ver esa misma prenda colgada de manera descuidada en el respaldo de su silla, mientras ella se cruzaba de brazos, temblando sin descanso por el potente aire acondicionado del aula, se sentía como un golpe bajo. Valeria lo entendió: había perdido al único hombre que sabía cómo cuidarla sin pedir nada a cambio.

Cuando la tensión de la clase se volvía insoportable, él prefería quedarse con el abrigo puesto y la mirada clavada en la pizarra, obligado a sostener el muro impuesto. Valeria lo observaba de lejos e intuía, por la rigidez de sus hombros, que su amigo también libraba su propia batalla. El cruce de sus miradas duraba un segundo, pero bastaba para que los ojos de ella delataran su tristeza.

—¿Te sientes bien, Valeria? Estás helada —le preguntó Diego al tocarla en el brazo, interrumpiendo sus pensamientos.

—Sí, no te preocupes. Es que hoy el aire acondicionado está más fuerte que de costumbre —mintió, forzando una sonrisa.

Diego la miró de reojo, midiendo el rastro de nostalgia en sus ojos, y bajó la voz para que nadie más escuchara.

—Vale, pero pídele la chaqueta a Santiago.

—Diego, ¿es una broma? —preguntó ella con sarcasmo.

—Extrañas su abrigo, ¿verdad? Eso se nota, Vale. He observado cómo él te mira desde el fondo, como si le costara tenerla puesta.

—Con toda honestidad, amigo, este silencio me está asfixiando —respondió Valeria con un nudo en la garganta—. Pero fue su decisión alejarse y tengo que respetarla.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.