Las Habitaciones que el Silencio dejo Encendidas

CAPÍTULO 1 - Antes de que el mundo cambiará

Elio despertó porque el sol decidió darle directamente en la cara.

No fue el despertador de su madre, que llevaba sonando desde hacía quién sabía cuánto sobre la mesa de noche. Tampoco fueron los coches que pasaban por la avenida unas calles más abajo ni la tubería del departamento de arriba, que cada mañana se quejaba con un golpe seco antes de dejar correr el agua. Fue una línea de luz que encontró exactamente el espacio que Clara había dejado entre las cortinas y atravesó la habitación hasta caer sobre sus ojos.

Elio se cubrió la cara con la sábana y se hundió un poco más en la almohada, convencido de que si ignoraba la mañana el tiempo tendría la decencia de hacer lo mismo.

—Elio.

No respondió.

Desde la cocina llegó el golpe de una cuchara contra una taza, seguido del siseo de la cafetera.

—Elio.

Se acomodó de lado.

—Estoy despierto.

—Qué impresionante.

—Sí.

—Sobre todo porque llevas cinco minutos contestándome dormido.

Abrió un ojo. La habitación estaba demasiado iluminada para ser una hora razonable.

—¿Qué hora es?

Clara apareció en el marco de la puerta con una taza entre las manos. Llevaba el cabello recogido de cualquier manera y algunos mechones castaños se habían escapado alrededor de su cara. Todavía tenía marcada en una mejilla una línea de la almohada y vestía una camiseta vieja que Elio estaba bastante seguro de que alguna vez había sido negra, aunque después de tantos lavados había adquirido un color difícil de defender.

Tomó un sorbo antes de responder.

—La hora a la que los niños responsables ya están desayunando.

Elio volvió a cerrar el ojo.

—Entonces todavía tengo tiempo.

—Tienes doce minutos.

Los abrió los dos.

Clara sonrió detrás de la taza.

—Once.

Elio salió de la cama tan rápido que una de sus piernas quedó atrapada entre las sábanas. Alcanzó a sostenerse del escritorio, pero en el intento golpeó la silla con la rodilla y esta rechinó contra el suelo.

La primera risa de Clara fue pequeña. La segunda ya no pudo esconderla detrás de la taza.

—No es gracioso.

—No —consiguió decir ella, asintiendo muy seria—. Para nada.

Elio se frotó la rodilla.

—Casi me mato.

Eso terminó de arruinarla.

Clara se rio con la taza todavía cerca de la boca y tuvo que apartarla para no derramar el café. Elio intentó mantener el ceño fruncido, pero verla reír siempre tenía algo de contagioso. No era una risa especialmente delicada. Cuando algo le hacía verdadera gracia, cerraba un poco los ojos y perdía cualquier intento de parecer seria.

—Dramático —dijo cuando pudo volver a hablar.

—¿Y si me hubiera roto una pierna?

—Te habría llevado a la escuela cargando.

—No puedes cargarme.

Clara lo miró de arriba abajo, fingiendo calcularlo.

—Tienes razón. Te habría arrastrado.

A Elio se le escapó una sonrisa.

—Qué buena madre.

—Gracias. Me esfuerzo muchísimo.

Todavía sonriendo, buscó el uniforme entre la ropa que había dejado sobre la silla la noche anterior. La camisa apareció debajo de un pantalón y, cuando la levantó por los hombros, descubrió una cantidad de arrugas que probablemente ya contaban como textura.

—Mamá.

Clara ya se alejaba por el pasillo.

—No.

—Ni siquiera te he preguntado.

—Vas a preguntarme dónde está tu otra camisa.

Elio salió detrás de ella.

—¿Dónde está mi otra camisa?

—En el tendedero.

—Está mojada.

—Exactamente.

La cocina era pequeña, pero por las mañanas parecía encogerse todavía más. El vapor había empañado una esquina de la ventana y el olor a café se mezclaba con el del pan calentándose en la sartén. La cafetera seguía soltando pequeños resoplidos sobre la barra y algo chisporroteaba en la estufa. Elio pasó demasiado cerca de una hornilla y sintió el golpe de calor contra el antebrazo antes de apartarse.

Sobre la mesa había un plato con dos huevos, una rebanada de pan y algunas rodajas de fruta.

Solo un plato.

—¿Y tú?

Clara abrió el refrigerador.

—Ya comí.

El aire frío salió durante un segundo y le movió uno de los mechones que tenía junto a la cara. Elio la observó sacar un recipiente, mirarlo como si esperara que hubiera aparecido comida nueva desde la última vez que lo abrió y volver a guardarlo.



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Editado: 06.10.2026

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