No sé cuántos días llevo aquí.
Las ventanas no se abren del todo y el reloj de la pared parece girar más lento que el mundo real.
Las horas pasan en silencio, entre pastillas, charlas breves con enfermeros, y ese zumbido en la cabeza que nunca se va del todo.
Pero lo más difícil no es el encierro.
Es pensar.
Recordar.
Tener que volver.
Hoy me han preguntado cuándo fue la primera vez que sentí que algo no iba bien.
Y he dicho: “No sé.”
Mentira.
Sí sé.
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Tenía siete años.
Estaba en mi cuarto, con la lámpara del techo encendida y la puerta medio abierta.
Mi padre gritaba en el salón.
Mi madre lloraba sin hacer ruido, como hacía siempre.
Y yo…
yo me tapaba los oídos con las manos, como si eso pudiera detenerlo.
Recuerdo pensar:
"Si no escucho, no está pasando."
Pero sí estaba.
Todos los días.
A todas horas.
Mi casa nunca fue un hogar.
Era un lugar donde aprendí a callarme.
A no pedir.
A ser invisible.
Una vez, dejé de hablar durante una semana entera.
No porque me lo propusiera, sino porque nadie me hizo una sola pregunta.
Ni una.
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Aquí, en el hospital, hay una terapeuta que me hace escribir cartas que nunca voy a enviar.
Una para mis padres.
Otra para mí misma de niña.
Y una para esa versión adolescente que ya no creía en nada.
Hoy, mientras las escribía, pensé:
"¿Cómo se explica lo que duele cuando no se puede ni nombrar?"
Las heridas no siempre sangran.
A veces se arrastran por dentro.
Y nadie las ve.
Cuando era pequeña, creía que todo el mundo vivía así.
Con miedo.
Con frío dentro.
Con ese deseo constante de desaparecer sin hacer escándalo.
Y luego crecí.
Y descubrí que no, que no todo el mundo lo vivía así.
Que algunas personas se sentían seguras en su casa.
Queridas.
Miradas.
Y me dio vergüenza.
Y rabia.
Y luego tristeza.
Porque yo también quise eso.
Solo que no supe cómo pedirlo.
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La enfermera ha pasado hace un rato y me ha dejado una nota en la mesa.
> “Ara ha venido. Está en la sala común.”
No sé si estoy lista para verla.
Pero igual voy.
Solo a mirar.
A ver si ese dolor se calma un poco cuando ella está cerca.
A veces… solo a veces… siento que si ella me mira durante suficiente tiempo, puedo volver a sentirme real.
Aunque sea por un ratito.
No he ido a la sala común.
Todavía no.
No quiero que Ara me vea con esta cara.
Ni con esta tristeza que parece que no me abandona, por más horas que pasen.
A veces me miro en el espejo del baño y no me reconozco.
Y no porque haya cambiado tanto… sino porque creo que nunca llegué a conocerme de verdad.
Siempre he sido lo que los demás esperaban.
La graciosa.
La que no se calla.
La que se burla de todo.
La que se encoge cuando nadie la mira.
Y eso empezó mucho antes de que pudiera siquiera entenderlo.
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Tenía nueve años la primera vez que mi madre me dijo "No hagas ruido, por favor."
Era domingo, y él —mi padre— estaba durmiendo después de haberse bebido media botella de whisky barato.
Yo solo estaba jugando con unos lápices en el suelo.
Dibujando una casa.
Una grande.
Con ventanas abiertas.
Y un sofá donde cabía toda una familia sin tener que pelearse por el espacio.
Ella me miró desde la puerta, con los ojos rojos, y bajó la voz como si fuera un secreto sucio:
—Si se despierta… se enfada.
Y si se enfada, ya sabes lo que pasa.
Sí.
Lo sabía.
Lo sabía desde hacía tiempo.
Sabía que si se enfadaba, los platos volaban.
Que las puertas se azotaban.
Que a veces no gritaba… pero lo que más dolía era cuando no decía nada,
cuando desaparecía durante días
y volvía como si nadie más importara.
Sabía que mamá le tenía miedo.
Y que yo también.
Pero de otro tipo.
Yo tenía miedo de que me dejara de querer por cualquier cosa.
Por llorar.
Por sacar un 8,5 en lugar de un 10.
Por pedirle que me abrazara.
Así que no pedí nada.
Aprendí que el cariño se mendiga en silencio.
Que las casas pueden tener paredes limpias y corazones llenos de mugre.
Y que nadie iba a venir a salvarme.
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En el hospital, el silencio también pesa.
Pero aquí, al menos, no duele.
Aquí, el silencio es descanso.
Una pausa.
Un lugar donde no tengo que demostrar nada.
No tengo que ser brillante.
Ni divertida.
Ni fuerte.
Puedo estar rota y aún así ser escuchada.
A veces, eso me da más miedo que la tristeza.
Porque una parte de mí todavía piensa que no merezco este cuidado.
Como si no hubiera sufrido lo suficiente para estar aquí.
Como si tuviera que justificar, incluso ahora, que me duele.
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No he ido a la sala común.
Pero he leído la nota unas cinco veces.
“Ara ha venido.”
Ella siempre viene.
Y casi nunca dice nada.
Solo me mira, se sienta cerca, y espera.
Como si supiera que cuando yo esté lista… hablaré.
Y tal vez eso es lo que más me desarma de ella:
su paciencia.
Su forma de quedarse,
sin pedir,
sin juzgar,
sin ruido.
Hoy no tengo palabras.
Pero quizás mañana.
Quizás entonces pueda contarle que antes de querer morirme…
ya llevaba años intentando no sentirme viva.