Las heridas que no se ven

Capítulo 2: No saber cómo quedarse

Cuando escuché los pasos acercándose por el pasillo, supe que era ella.

No porque haya aprendido a distinguirla, sino porque… cuando se acerca, algo dentro de mí cambia.

Como una presión suave en el pecho.

Como si mi cuerpo se anticipara a lo que mi mente aún no quiere procesar.

Ara.

Golpeó la puerta con delicadeza.

Ni una sola vez más de las necesarias.

Esperó.

Y solo cuando respondí con un tímido “adelante”, entró.

—Hola.

Tenía la voz baja, como siempre que no está segura de si está invadiendo o salvando.

Llevaba una sudadera demasiado grande, el pelo mojado y esa mirada suya que no aparta los ojos, ni siquiera cuando me ve hecha polvo.

—Hola —contesté, más fuerte de lo que pretendía.

Se acercó despacio, como si cada paso pudiera romperme.

Y por un segundo, pensé que iba a abrazarme.

Pero no lo hizo.

Se sentó.

Y esperó.

Nos quedamos así un rato.

Ella en la silla junto a mi cama, yo semisentada entre las sábanas blancas que empiezan a saber demasiado a mí.

Me miró como si no supiera por dónde empezar.

Y eso me dolió más que si hubiese llorado.

—Estás mejor —dijo, casi como una pregunta.

—Estoy… viva —respondí.

No era una broma.

Tampoco un chiste.

Era lo único que podía decir con certeza.

---

No hablamos mucho.

Nunca lo hacemos.

Pero el silencio con Ara es distinto.

No es incómodo.

No es un espacio vacío que hay que rellenar.

Es… seguro.

Y eso me asusta.

Porque con ella no tengo que fingir.

Porque con ella puedo estar rota, y no siento que va a salir corriendo.

Y lo sé.

Sé que siente algo más.

Aunque no lo haya dicho.

Aunque no me haya tocado más allá de una mano fugaz o una mirada que se le escapa cuando cree que no la veo.

Y lo peor es que yo también lo siento.

Pero no estoy lista.

No sé si alguna vez lo estaré.

No sé amar sin hacerme daño.

Y no quiero convertirla en otra cicatriz.

---

Me preguntó si quería que me leyera algo.

Le dije que sí, aunque no tenía ni idea de qué libro traía.

Ella sacó uno del bolso. Uno de poemas.

Leyó en voz alta, suave.

Y yo cerré los ojos.

No por sueño.

Sino porque quería recordar esa voz, esa forma suya de pronunciar las palabras como si le pertenecieran.

Y pensé:

"Qué injusto sería dejarla entrar… para luego empujarla fuera."

Pero también pensé:

"Qué cruel sería no dejarla,

cuando es lo único que me hace sentir algo real."

---

Cuando se levantó para irse, no dije “no te vayas”.

Quise hacerlo.

Lo juro.

Pero el miedo aún es más fuerte que el deseo.

Me miró.

Y se acercó.

Esta vez sí, me rozó la mano.

Un gesto mínimo.

Pero que me dejó tiritando por dentro.

—Vuelvo mañana —dijo.

Y salió.

Y yo me quedé, mirándome los dedos como si ella hubiera encendido algo ahí.

Todavía no sé si puedo llamarlo amor.

Pero sé que cuando ella se va, el silencio pesa más.

—-

Esta mañana en el desayuno he conseguido comer una tostada.

Solo una.

Y me ha llevado casi veinte minutos.

El pan estaba blando, sin sabor, pero al tragarlo me ha ardido la garganta como si cada miga fuera un juicio.

La enfermera me ha sonreído.

"Eso es un avance, Mía", me ha dicho.

Yo he sonreído también.

Pero no sé si por agradecimiento o por costumbre.

No es la comida.

Es lo que significa.

Es lo que carga.

Y nadie lo sabe, pero cada vez que me llevo algo a la boca, lo hago con la voz de una niña de doce años retumbando en mi cabeza:

"Mía come como un chico.

Por eso está así de gorda."

---

Fue en sexto de primaria.

O eso creo.

La primera vez que alguien me llamó “ballena” fue en el patio del colegio.

No lo dijo en broma.

Ni siquiera lo gritó.

Lo susurró, con una risa en la boca y el dedo señalando mi tripa.

Yo llevaba una camiseta rosa, apretada.

Me la había puesto porque me gustaba.

Porque pensaba que ese día podía parecerme a las chicas populares.

Desde entonces nunca más me vestí con algo que marcara mi cuerpo.

Desde entonces dejé de mirarme al espejo de frente.

Y poco después, dejé de comer.

---

Al principio fue sencillo.

Saltarme el desayuno.

Pedir menos en la comida.

Deshacerme de la cena cuando nadie miraba.

Pero no bastaba.

Porque a veces me vencía el hambre.

Y comía.

Y luego me odiaba tanto que me metía los dedos en la garganta hasta vomitar.

La primera vez me sangró la nariz.

Y me dio tanto miedo que juré no volver a hacerlo.

Duré tres días.

A nadie le importaba porque nadie lo notaba.

Mi madre decía que estaba “más delgadita”.

Mi padre simplemente no lo veía.

Los profes solo me felicitaban por mi “autoexigencia”.

Y mis amigas…

bueno, ya ni sé si las tenía.

Durante años, mi cuerpo fue mi castigo.

Mi campo de batalla.

Mi forma de gritar sin hacer ruido.

Y cuanto más daño me hacía, más creía que lo merecía.

---

Hoy, en el hospital, he vuelto a mirar mi reflejo en el espejo del baño.

No me gusto.

Aún no.

Pero ya no siento odio.

Solo cansancio.

Como si estuviera harta de pelearme conmigo misma.

Y eso, aunque duela, es un principio.

Ara ha vuelto a venir esta tarde.

Me ha traído una flor prensada dentro de un libro y me ha dicho que era "para darle color al silencio".

No le he dicho nada.

Pero la he puesto al lado de mi cama.

Porque aunque no lo diga,

aunque aún no esté lista,

yo también quiero color.

Y menos silencio.

Y menos guerra con mi cuerpo.

Quiero ser capaz, algún día,



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En el texto hay: historia amor, hospital, salud mental

Editado: 31.08.2026

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